Número 17                                         Época IV                               Marzo 2010


3.4 1988-2000: De oposición a la concertacesión

En medio de un fuerte cuestionamiento popular, generado por un supuesto fraude electoral cometido en contra del candidato presidencial del FDN, el 1 de diciembre de 1988 Carlos Salinas de Gortari, quien en la búsqueda de credibilidad y legitimidad perdidas durante el proceso electoral del verano de ese año y quizás para atemperar a la activa oposición a su elección, planteó llevar a cabo los siguientes tres objetivos: a) Ampliación de la vida democrática, b) búsqueda del crecimiento económico y c) el combate a la pobreza.

Ante tal iniciativa, casi de inmediato el PAN aceptó estos planteamientos. Fue así como después de casi medio siglo de haber mantenido una respetable y activa oposición al régimen y su partido, así como haberse negado a reconocer inicialmente el triunfo de Salinas de Gortari, supuestamente logrado en las urnas el 6 de julio de 1988, a finales de ese mismo año el PAN dio un vuelco de ciento ochenta grados, sorprendiendo a propios y extraños, al establecer una serie de acuerdos con el que se suponía era un gobierno ilegítimo, por no decir usurpador, resultado de un fraude electoral, tras la célebre caída del sistema de cómputo de los votos, la noche de la multicitada fecha.
Con los acuerdos establecidos entre Salinas y el PAN, inconciliables hasta esos momentos, a partir de ahí ambos se vieron mutuamente beneficiados. Así, por un lado, el régimen salinista, hizo suyas e instrumentó algunas de las históricas demandas del panismo; en tanto que este último, gradualmente fue reconociendo la cuestionada legitimidad del primero.

Tal panorama se iba dando en la misma medida en que el salinismo fue materializando al que pomposamente denominó “proyecto modernizador” del país, que no fue otra cosa sino la profundización del modelo neoliberal que se había venido imponiendo en México desde 1982.

De esa manera, y en un afán a todas luces concertacesionista, entre el nuevo gobierno y la derecha, el PAN comenzó a tener una participación cada vez más activa y privilegiada en la consolidación de varias reformas electorales que se aprobaron durante el salinismo. Asimismo, y por primera vez en su historia, al PAN le fue reconocido, sin mediar ninguna presión y menos movilización de por medio, el triunfo electoral del candidato a gobernador Ernesto Ruffo Appel, en 1989.
Con este hecho se inició de facto una larga cadena de reconocimientos de triunfos electorales al panismo, tanto de gobernadores, presidentes municipales y diputaciones locales.

Por lo demás, durante todo el sexenio salinista el listado de las concertacesiones entre ambas partes sería bastante amplio y fácilmente documentable. Al respecto, se inscriben, entre muchos otros, la convalidación por parte de los panistas a los distintos fraudes electorales realizados por PRI en contra del PRD; la aprobación conjunta, PRI y PAN, de la contrarreforma electoral en la que se legisló la “cláusula de gobernabilidad”, con cual automáticamente se otorgaba el 50% más uno de los diputados federales al partido que lograra el 35 % de la votación total, esto es, al partido oficial; el nombramiento de Carlos Medina Plascencia como gobernador “interino” de Guanajuato, quien no obtuvo un solo voto en las urnas; la reforma al artículo 27 constitucional, con la cual se privatizó el ejido, como históricamente lo había demandado el PAN; el resolutivo adoptado en la Cámara Baja (gracias a los votos del PRI y el PAN) para que se quemaran las actas electorales de 1988, únicas evidencias documentales con las cuales se pudo haber aclarado el notorio fraude electoral de 1988, en contra del candidato opositor del FDN; la convalidación del PAN del fraude electoral priista en la gubernatura de Michoacán en perjuicio del PRD (Rivas, 1994: 54-61 y 78-79).

Además del apoyo directo recibido por el panismo, a fin de beneficiarlo y posicionarlo políticamente, Salinas de Gortari también estrechó su acercamiento con dos agrupamientos derechistas muy ligados al PAN y, por lo mismo, también le resultaron claves en su afanoso proceso de legitimación. En este caso se inscribe a la Iglesia católica y al sector empresarial.

Así, para el primero, Salinas de Gortari, en su carácter de jefe del Estado mexicano, restableció las relaciones con el Vaticano, después de 150 años de haber estado formalmente rotas todo tipo de relaciones y, para que ello fuera posible tuvo que efectuarse una serie de modificaciones involutivas al artículo 130 constitucional. Igualmente, el salinismo se vinculó con los empresarios nacionales y transnacionales, quienes como nunca antes se vieron altamente beneficiados con las diferentes políticas económicas de corte neoliberal (Hernández, 2009: 170-175).
Aunque si bien es cierto que es difícil saber quién se sumó a quien, si el PRI y Salinas al histórico proyecto de la derecha mexicana, o el PAN al salinismo y a su “proyecto modernizador” neoconservador, es incuestionable que ambas partes encontraban en sus respectivos programas más coincidencias que divergencias, como lo fue el que enarbolaran, defendieran e instrumentaran el modelo neoliberal, marginando, o por lo menos, del lado del priismo, a quienes seguían reivindicando el nacionalismo revolucionario, pilar político e ideológico fundamental del Estado posrevolucionario, por lo menos desde 1917 hasta los albores de la década de los ochenta, cuando arribó al poder la nueva clase política de corte tecnocrático, que académicamente había hecho estudios de posgrado en las universidades norteamericanas (Lindau,1993: 9-24).

En este sentido, pues, Salinas de Gortari pareció ser más bien un gobierno emanado del PAN que del viejo PRI, el que al menos aunque sólo sea en sus siglas seguía manteniendo el apellido de “Revolucionario” y en sus documentos básicos el programa del nacionalismo revolucionario.

La concertacesión de Carlos Salinas con el PAN, sin lugar a dudas, favoreció electoralmente a este último a tal grado que para finalizar el sexenio, además de las 89 curules que contaba en la Cámara Baja, que representaban el 17.80% del total, a dicho partido también se le sumarían 131 diputaciones locales diseminadas en la mayor parte de las entidades federativas del país; además de 95 presidencias municipales; 79 síndicos; 589 regidores de mayoría y 917 de representación proporcional.16

Este vertiginoso ascenso electoral panista sería ratificado en las elecciones federales de 1994, cuando su candidato presidencial, Diego Fernández de Cevallos, obtuvo 9 millones 224 mil 519 sufragios, un porcentaje del 25.9% del total de los votos. Esto es, casi diez puntos por arriba de los que el PAN había obtenido apenas seis años antes (Reveles, 2007: 415). Igualmente, en ese mismo periodo el panismo logró 119 diputaciones (23.40%); esto es, un tercio de los obtenidos por el PRI y muy lejos de los logrados por el partido del sol azteca, quien obtuvo solamente 71 diputados (14.2%) (Reynoso, 2009: 58).

Aquí es necesario señalar que el crecimiento registrado por el panismo durante estos últimos comicios no sólo se debió al proceso concertasionista, sino también a la descomposición que con más énfasis continuó ahondándose en el sistema político mexicano, crudamente evidenciada en el primer trienio del último año del gobierno salinista cuando tuvieron lugar por lo menos dos acontecimientos sociopolíticos de gran envergadura. A saber, el estallamiento del movimiento guerrillero en Chiapas, protagonizado por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), y el asesinato de Luis Donaldo Colosio Murrieta, candidato presidencial priista.

Seis meses después de este último acontecimiento, tuvo lugar en la Ciudad de México otro hecho de las mismas características: el asesinato de Francisco Ruiz Massieu, ex gobernador del estado de Guerrero, entonces secretario general del PRI y coordinador de la fracción parlamentaria priista en la Cámara de Diputados.

Por otro lado, es de anotarse que si bien es cierto que en todo este tiempo los factores reales y formales del sistema político mexicano fueron a todas luces determinantes en el crecimiento electoral panista, igualmente las condiciones externas del momento también coadyuvaron significativamente en ello.

En este rubro podrían anotarse las repercusiones del innegable ascenso en el mundo del neoliberalismo económico y el neoconservadurismo político y social, inicialmente encabezados por los gobiernos de Margaret Thatcher en Inglaterra (1979-1985) y Ronald Reagan en los Estados Unidos (1981-1989). Con el nuevo paradigma neoliberal se inició de facto un amplio proceso de globalización y derechización en todos los países, en el cual por supuesto quedó incluido México (Hernández, 2009: 143-144).

Como corolario de lo anterior, en 1989, tras 29 años de haberse construido, fue derrumbado el Muro de Berlín en la República Federal Alemana; dos años después, en 1991, luego de 69 años de existencia, la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas (URSS) fue formalmente disuelta.

Con la concreción de estos dos acontecimientos quedó históricamente simbolizado el fracaso del socialismo real, en por lo menos lo que restó del siglo XX en casi todo el mundo. Ante la debacle del socialismo real el mundo capitalista y más particularmente el norteamericano, parecieron fortalecerse (Ibid: 169), al quedar sin un verdadero contrapeso económico, político e ideológico, como históricamente habían representado la extinta URSS y los demás países que conformaban el otrora poderoso bloque socialista.

En otro contexto, un hecho que vino a profundizar la crítica situación del sistema político mexicano, y más específicamente del régimen priista, fue la devaluación del peso ocasionada por el famoso “error” de diciembre de 1994, y del cual zedillistas y salinistas se culparon mutuamente. Una vez más y como en algunos procesos electorales de antaño, la situación de división en el seno de la coalición gobernante fue exitosamente capitalizada tanto por la oposición de derecha como de la izquierda, en detrimento, obviamente, del PRI, que iba más y más en picada.

Ésta sería una de las razones del porqué durante el sexenio del presidente Ernesto Zedillo Ponce de León, el panismo amplió significativamente su radio de acción política y electoral. Así, además de las tres gubernaturas que había obtenido antes (Baja California, Guanajuato y Chihuahua), entre 1995 y 1999 ganó en las urnas otras cinco: Jalisco, Nuevo León, Querétaro, Aguascalientes y Nayarit.17

Además de los ejecutivos locales, a lo largo de todo este decenio el PAN avanzó vertiginosamente en lo referente a presidencias municipales, regidores y legisladores locales. Así vemos que para principios de 1999, Acción Nacional pasó del 27% al 36 % del total de la población que gobernada en el país. Igualmente, vemos que para esta misma fecha el panismo contaba con 33 senadores que le representaban el 25.80 % del total, así como 122 diputados federales, el 24.40%, los cuales había ganado en los comicios de 1997 (Reynoso, 2009: 58-59).

La fuerte actividad política y electoral que desde principios de los años ochenta realizó la derecha mexicana le permitió al panismo consolidarse y posicionarse como un partido fuerte y realmente competitivo, con lo cual abría la brecha y preparaba las condiciones para buscar conquistar en las siguientes elecciones federales el máximo cargo de representación popular en México: la presidencia de la República.

A lo anterior habría que agregar el profundo deterioro del partido de Estado, producto, entre otras razones, de las divisiones experimentadas en el seno de la élite, a los efectos producidos por la crisis económica de 1994 y 1995, a tal grado que en las ya mencionadas elecciones federales de 1997 el PRI perdió por primera vez en su historia el control de la Cámara de Diputados federal, al pasar de 300 curules que había obtenido en 1994 a sólo 239 y, de 60 puntos porcentuales entonces alcanzados, apenas logró 47.2 en este último año. (Ibid: 58)

En el mismo tenor, el PRI perdió el control de la capital mexicana, una vez que en el mismo año se eligió por primera vez, por voto universal, directo y secreto, al Jefe de Gobierno, que formalmente sustituía a la vieja figura de Regente de la Ciudad de México, quien hasta entonces era designado discrecionalmente por el presidente de la República en turno. Sólo que en este caso, la elección del Jefe de Gobierno no fue el PAN el triunfante, sino el PRD. Ambos hechos fueron importantes prolegómenos de lo que tres años después sería la alternancia en el Poder Ejecutivo federal mexicano.

3.6 2000-2009: De la concertacesión al poder

El paulatino pero creciente proceso de derechización y conservadurismo que desde los inicios de los años ochenta comenzó a observarse en el seno de la sociedad mexicana tuvo su momento de máxima gloria el 2 de julio del año 2000, cuando en México se efectuaron las elecciones federales tendientes a renovar la presidencia de la República y el Congreso de la Unión.

En esos comicios, el candidato presidencial panista, Vicente Fox Quesada, arrasó prácticamente en las urnas al obtener un total de 15 millones 989 mil 636 sufragios, que le representaron el 42.52% de todos los votos, cifra que estuvo muy por encima de la alcanzada por los otros dos principales candidatos presidenciales que representaron tanto al PRI como al PRD, Francisco Labastida Ochoa y Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, quienes, respectivamente, alcanzaron 13 millones 579 mil 718 votos (36.11%) y 6 millones 256 mil 780 (16.64%). (Rodríguez, 2005:223)

El candidato triunfador que arrojó al PRI de Los Pinos, luego de 72 años de haber permanecido ininterrumpidamente en estos lugares, arribó a la presidencia de la República después de una larga precampaña electoral que prácticamente abarcó un trienio, ya que fue realizada desde el cargo que tenía como gobernador de Guanajuato. Una significativa población mexicana, de todos los sectores sociales, altamente decepcionada del PRI y sus gobernantes, alentaba la expectativa el cambio, que a diestra y siniestra ofrecía impulsar el carismático candidato panista.

En otras palabras, Vicente Fox y sus colaboradores más cercanos, aglutinados no tanto en el PAN sino en un controvertido grupo de empresarios denominado con el pomposo nombre de “Los Amigos de Fox”, fueron quienes, política y electoralmente aprovecharon las circunstancias sociopolíticas del momento y hasta fueron susceptibles al interpretar las necesidades de cambio de una población históricamente agraviada.

En este tenor, no únicamente se ubicaron los sectores más conservadores de la sociedad mexicana, aliados naturales del candidato panista, sino también un reducido núcleo de ex militantes de la izquierda, quienes impulsaron el célebre “voto útil” en favor de Fox, pensando ingenuamente que con la simple salida del PRI de Palacio Nacional la democracia iba a fluir por todos los espacios y recovecos de la sociedad mexicana y que la transición democrática, hasta ahora prácticamente interrumpida, tendería a concretarse de una vez por todas.

 Sin embargo, no tuvo que pasar mucho tiempo para que las diferentes acciones del nuevo régimen comenzaran a causar desencanto y frustración entre amplios sectores de la población, una vez que se fue evidenciando que lo que Fox y el panismo habían enarbolado como plataforma de campaña resultaba ser sólo una quimera política. Así, pronto salió a la palestra la falta de oficio de un hombre que apoyado por los poderes fácticos y hasta por turbios intereses extranjeros, sobre todo de origen norteamericano, resultaba totalmente incapaz para dirigir un país como México, con una problemática sociopolítica y económica acumulada por muchas décadas.

El incuestionable triunfo de Vicente Fox en el año 2000 trajo para el panismo un avance más que significativo en otros ordenes electorales, tal y como fue el caso de la conquista de las gubernaturas de Guanajuato y Morelos.18 Igualmente, éste vio crecer vertiginosamente su representación en el Congreso de la Unión, como nunca antes la había tenido en toda su historia. Así, de 122 escaños obtenidos en 1997 en la Cámara Baja, para el año 2000 ascendieron a 206, representando el 41.2% del total nacional, esto es, experimentó un crecimiento de aproximadamente el 75% entre una legislatura y otra. Una situación muy similar a la de los diputados fue la cifra de los senadores, que en el mismo periodo pasó de 33 a 46. Dicha situación también se reflejó porcentualmente al pasar del 25.8% al 35%.

 Los resultados obtenidos por el PAN en sí mismos fueron muy significativos y son aún más relevantes si se les contrasta con las cifras logradas por otras fuerzas políticas electorales y más específicamente el PRI y el PRD. Así vemos que mientras el primero de estos en el año 2000 conquistó 211 diputados, que le representaron el 42.2% del total, el segundo apenas alcanzó la pírrica cantidad de 50 escaños, o sea, el 10% de los votos.

Comparativamente con los resultados que ambos referentes habían obtenido en 1997, se observa que en tanto el priismo perdió en esta ocasión 28 diputaciones y 5.6 puntos porcentuales, el PRD sufrió la pérdida de 75 escaños y 15 puntos porcentuales.(Reynoso, 2009: 58).
En términos generales, en la contienda del año 2000 el panismo avanzó, por lo menos cuantitativamente, con respecto a todas las demás experiencias electorales tenidas a lo largo de sus sesenta años de vida.

Fue sin lugar a dudas el momento cumbre, el de su culminación como partido electoral ya que en lo sucesivo éste nunca más ha podido superar o al menos igualar los porcentajes de votación que registró al inicio del presente siglo con Vicente Fox como su candidato. Muy por el contrario, de aquí en adelante el panismo comenzaría a observar una paulatina y constante debacle que no ha cesado ni tiene para cuando finiquitarse.

En esta vertiente, el PAN comenzó a descender en las preferencias político electorales, que más pronto de lo esperado se tradujeron en la pérdida de una serie de espacios que no hacía mucho tiempo había conquistado, siendo en un principio la más significativa la gubernatura del industrioso y próspero estado de Nuevo León, en el 2004. Ya seis años antes también había perdido la gubernatura de Chihuahua, así como la mayoría de las presidencias municipales.

Un momento crucial para este proceso de transición de la gloria a la debacle electoral panista fueron, sin duda, los comicios federales del 2003, cuando el PAN significativamente disminuyó su fracción parlamentaria en la Cámara Baja. Así, de 206 escaños que tenía en el 2000 apenas alcanzó 151 en el 2003; lo que porcentualmente quiere decir el panismo pasó del 41.2 al 30.2%, esto es, descendió. Lo anterior, no obstante de encontrarse en el poder Ejecutivo. Pero, mientras el PAN se dirigía hacia la debacle, el PRI observó una tímida recuperación, al pasar en el mismo periodo de 211 a 224 diputaciones.

Muy por el contrario a lo ocurrido en el 2003, en el 2006 el PAN volvió a observar, al menos oficial y mediáticamente hablando, un significativo repunte electoral, pues logró mantener en su poder la presidencia de la República con Felipe de Jesús Calderón Hinojosa, al que le fueron reconocidos 15 millones 284 votos, que porcentualmente representaron el 35.89%, mientras que Andrés Manuel López Obrador, su más cercano competidor, y según la misma fuente oficial, obtuvo 14 millones 750 mil sufragios, que le representaron el 35.59 % de toda la votación.

Para la oficialidad electoral mexicana, el señor Calderón Hinojosa apenas tuvo 250 mil votos por encima de la votación obtenida por López Obrador, o sea, sólo medio punto de diferencia. Empero, aunque hubiese sido un solo voto de diferencia, de todos modos Calderón Hinojosa habría sido formalmente declarado presidente constitucional.

Pero además del más alto cargo de elección popular en México, el panismo también logró por primera vez en toda su historia la mayoría relativa de las dos cámaras que conforman el Congreso de la Unión, al obtener 207 de los 500 escaños que conforman la Cámara Baja, lo que le representó el 41.4% del total nacional y, además, alcanzó 52 de los 128 lugares que integran la Cámara Alta, que le representaron el 40.6 % del total. Si bien es cierto que las cifras oficiales, hechas públicamente por el IFE y el TEPJF, arrojaron esos resultados, lo cierto es que para una buena parte de la ciudadanía quedaba en duda su veracidad y, por lo tanto, su transparencia, dadas las múltiples anomalías que en dicho proceso electoral se realizaron.

En otras palabras, la duda siempre persistirá en el sentido de que la cerrada victoria presidencial panista muy bien pudo ser el resultado de un fraude electoral de enorme magnitud, en el que indistinta, abierta e irresponsablemente participaron además del propio presidente Fox Quesada, los órganos electorales federales, varios gobernadores panistas y hasta priistas, y de manera destacada los poderes fácticos, la Iglesia católica y el Consejo Coordinador Empresarial, entre algunos otros.
Para una no menospreciable ciudadanía, que se sentía agraviada e indignada por lo turbio de dichas elecciones, no le quedó otro camino más que tomar la calle, realizando marchas, mítines y otras acciones de protesta en las principales plazas públicas de las ciudades mexicanas, y que a lo largo de cincuenta días consecutivos mantuvo un plantón en el mero corazón de la República demandando el recuento de los votos de las 130 mil casillas que fueron instaladas el día de la elección.

Verdadera o falsa la versión del fraude, inicialmente propalada por los agrupamientos partidarios que conformaron la Coalición por el Bien de Todos y que inmediatamente fue secundada por millones de mexicanos de todas las clases sociales, se vería todavía más fortalecida tras la negativa por parte de los órganos electorales, el PAN y el supuesto candidato presidencial triunfador, a aceptar el recuento de voto por voto y casilla por casilla. De haberse aceptado esta demanda, probablemente el proceso electoral en general y en particular los comicios del 2 de julio del 2006 habrían tenido una total credibilidad, transparencia, certeza, certidumbre y, por ende, legitimidad.

Sin embargo, el supuesto repunte político electoral panista logrado en julio del 2006, casi inmediatamente empezaría a verse seriamente mermado durante los diferentes comicios locales que tuvieron lugar en varias entidades federativas del país. Efectivamente, en la inmensa mayoría de dichos procesos el PAN fue perdiendo presidencias municipales, diputaciones locales y hasta gubernaturas que tenía en su poder. Este fue el caso, por ejemplo, de Yucatán que regresó a manos del PRI.

La tendencia decreciente del panismo pudo observarse aún en lugares en donde incluso había arrasado en las elecciones federales del cuestionado 2006, estos fueron los casos, entre otros, el de Durango, Chihuahua, Nuevo León, Yucatán, Querétaro y Tamaulipas. Dicha situación nos hace suponer que las cifras oficialmente reconocidas para el panismo en el 2006 o fueron maquilladas a través del fraude, o bien fueron resultado del llamado voto útil llevado a cabo por un sector de priistas, quienes ante la inminente derrota de su candidato presidencial, Roberto Madrazo Pintado, decidieron venderle su voto al contendiente de la derecha, independientemente de que este exhibiera a los pocos meses de haber tomado posesión de su cargo, una escasa o nula visión y capacidad como estadista para estar al frente del cargo político administrativo más importante del país.

Pareciera ser que lo que en última instancia importaba, además de detener al candidato presidencial de la izquierda por ser supuestamente “un peligro para México”, el que estaban, en su óptica, en peligro sus intereses, que no son otros sino los económicos y financieros.

La debacle electoral experimentada por el panismo desde la mitad del sexenio foxista y que sería efímeramente detenida en el verano del 2006, tocó fondo el pasado 5 de julio de 2009, al realizarse elecciones para renovación los 500 diputados federales, algunas gubernaturas, congresos locales, presidencias municipales y regidurías. En esta ocasión, el PAN obtuvo 9 millones 723 mil 537 votos, que le representaron el 28.01% de los sufragios nacionales; 13.3 puntos menos a los que había alcanzado en el trienio anterior, cuando el panismo alcanzó 143 diputaciones, esto quiere decir, que tendría 64 escaños menos de los obtenidos en 2006.

Pero tal tendencia, de caída casi a plomo, también se vería reflejada al perder el PAN las gubernaturas de Querétaro y San Luis Potosí; los congresos locales de Jalisco y Morelos, y los ayuntamientos de Guadalajara, Lagos de Moreno, Zapopan en Jalisco; igualmente sufrió un revés al perder los municipios de Atizapán de Zaragoza y Naucalpan en el Estado de México; Cuernavaca, en Morelos; la ciudad de San Luis Potosí, entre otros más.

Las elecciones federales del 5 de julio del 2009 representaron una amarga experiencia y total derrota para el gobierno federal y su partido. Sin embargo, además de la cada vez más evidente incapacidad política de Felipe Calderón y su partido para cumplir con sus compromisos de campaña, así como para amortiguar los efectos de una crisis económica que golpea severamente a todas las clases y niveles sociales, la debacle electoral panista también está estrechamente ligada al fracaso del modelo neoliberal, al que, por cierto, históricamente han estado supeditados y con el que coinciden en sus planteamientos y objetivos fundamentales.

Hoy en día el neoliberalismo ya no es un modelo esperanzador, si es que alguna vez lo fue; así se le ha visto y analizado en todos los órdenes socioeconómicos y de poder en el mundo. Prueba de lo anterior es que la inmensa mayoría de los pueblos de América Latina le han rechazado contundentemente, al optar por gobiernos provenientes de la izquierda, o por lo menos de centro izquierda y hasta de tendencia socialdemócrata, pero menos de la derecha neoliberal, lo cual no sucedía cuando dicho modelo apenas había sido implantado.

La situación sociopolítica de la región latinoamericana, no ha sido, ni puede ser ajena para el México actual. He ahí pues el por qué del paso de la gloria electoral panista de los años ochenta y noventa, a la irreversible debacle electoral a lo largo de la primera década del nuevo milenio. Luego entonces, la crisis del PAN no es coyuntural o pasajera, sino que es una debacle estructural, que por lo que se percibe en el panorama aquí apuntado le será extremadamente difícil remontar.

*Doctor en Ciencia Política. Profesor Titular “C” de Tiempo Completo en la FES Aragón, UNAM. Miembro del SNI.
**Licenciado en Historia. Subdirector del semanario Unión. Coeditor de la revista Foro Universitario del STUNAM.

NOTAS:
Algunas de las organizaciones que antecedieron a la conformación del PAN, fueron entre otras: La Asociación de Operarios Guadalupanos (AOG), La Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa (LNDLR), La Acción Católica Mexicana (ACM), La Legión, La Base y, La Unión Nacional Sinarquista (UNS).
2 Hay que recordar que para 1939 la Universidad Autónoma de México ya había perdido su carácter de Nacional, esto es, a partir de la Ley Orgánica de 1933 promulgada por el Congreso de la Unión en dicho año. Será justamente en la ley Orgánica de 1945 cuando el Congreso de la Unión le fue reintegrado su carácter de Nacional.
3 Estos fueron los casos de los maestros Ezequiel A. Chávez, Valentín Gama, Fernando Ocaranza y, por supuesto, de Manuel Gómez Morín, quien sin duda alguna aparece como el principal inspirador, fundador, ideólogo y primer presidente del nuevo partido político.
4 Octavio Paz, en Vuelta, junio de 1985.
5Para tener una visión mucho más amplia de la serie de grupos ultraderechistas que existían y actuaban en México en las postrimerías del sexenio cardenista y que apoyaron la candidatura del general Almazán es muy recomendable el documentado trabajo de Juan Alberto Cedillo, Los nazis en México, Debate, México, 2007, 156 pp.
6 Efraín González Luna nació el 18 de octubre de 1898 en Autlán, Jalisco. Egreso como Abogado en 1920 de la Escuela de Jurisprudencia de Jalisco. Escribió muchos artículos de economía, filosofía y humanismo; ingreso a la Asociación Católica de Jóvenes Mexicanos en 1921, organización de la que también fue presidente. Participó en la Conferencia Católica Nacional que se desarrollo en Estados Unidos en 1942. Como candidato presidencial, además del propio PAN, también fue apoyado por el entonces activo Partido Fuerza Popular, que era el brazo político de la UNS, situación que a la vez dio pauta para que González Luna fuese considerado como cristero, sin embargo, Hugo Gutiérrez Vega, quien lo conoció personalmente, recuerda que las relaciones entre el PAN y la organización sinarquista fueron siempre muy problemáticas a lo largo de toda aquella época. Cfr. (Cuellar, 2003: 112-113).
7 Éstos fueron Miguel Ramírez Munguía, de Tacámbaro, Michoacán; Antonio L. Rodríguez, de Monterrey, Nuevo León; Juan Gutiérrez Lascuraín, del Distrito Federal, y Aquiles Elorduy, de Aguascalientes. Cfr. (Calderón, 1978: 72 y ss.)
8 En dicha reforma electoral promulgada durante el mandato del presidente Adolfo López Mateos se estableció: “que aquel partido que obtuviese el 2.5% de la votación total tendría derecho de principio a tener cinco escaños en la Cámara de Diputados federal, más otra curul por cada 0.5% de la votación hasta llegar a veinte el total de Diputados que un partido podría lograr por dicha vía”. Cfr (Rivas, 2009: 60)
9 En este tenor, tanto el PARM como el PPS casi siempre apoyaron las presidenciales del PRI, gracias a lo cual el régimen les correspondía con curules en la Cámara de Diputados federal, aún sin legalmente merecerlas.
10 Se hace tal aseveración, toda vez que esta Reforma Política únicamente se circunscribió al ámbito meramente electoral, dejando de lado muchos otros aspectos que históricamente han sido intocados. En otras palabras, para poder pensar en una verdadera reforma política se debería haber realizado una reforma del Estado, cosa que hasta el momento no ha sucedido en México.
11 Para tener una visión aún más amplia de este importante movimiento estudiantil que tuvo lugar entre los meses de septiembre de 1986 y febrero de 1987 es recomendable la lectura del trabajo de José René Rivas Ontiveros y Hugo Sánchez Gudiño, La UNAM, de la rebelión silenciosa al Congreso, El Día en Libros, núm.59, México, 1990, 259 pp.
12 Los cuatro agrupamientos partidarios con registro que confluyeron en el FDN fueron el Mexicano Socialista (PMS), Popular Socialista (PPS), Auténtico de la Revolución Mexicana (PARM) y el Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional (PFCRN). Paralelamente se sumaron a éste otras organizaciones partidarias sin reconocimiento oficial, al igual que agrupaciones sociales, entre otras, la Organización de Izquierda Revolucionaria-Línea de Masas (OIR-LM), la Organización Revolucionaria Punto Crítico (ORPC), la Asociación Cívica Nacional Revolucionaria (ACNR), el Movimiento al Socialismo (MAS), el Partido Verde (PV), Unidad Democrática (UD), el Consejo Estudiantil Universitario (CEU), de la UNAM, etcétera.
13 Efectivamente, las cifras oficiales de este proceso electoral deben de ser tomadas con muchas reservas, toda vez que hasta la fecha existe la sospecha de que el otrora partido oficial manipuló a modo los datos electorales correspondientes a Presidente de la República, con la finalidad de producir el resultado deseado.
14 Del total de los 500 diputados, 300 (60%) serían electos por el principio de mayoría relativa y los 200 (40%) restantes por el principio de representación proporcional.
15 Nos referimos a los partidos Socialista Unificado de México (PSUM) y el Mexicano de los Trabajadores (PMT), que en 1987 se fusionaron dando para crear el Partido Mexicano Socialista (PMS). Los otros dos partidos eran el Revolucionario ce los Trabajadores (PRT) y el Socialista de los Trabajadores (PST), que poco antes de las elecciones de 1988 se transformó en el Partido del Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional, mejor conocido como el ferrocarril debido a sus siglas, PFCRN.
16 “El PAN frente al 94, estructura sin rostro”, en Informe Especial, núm. 171, El Financiero, 21 de agosto de 1973”.
17 Aunque es preciso aclarar que Nayarit, al igual que más tarde Chiapas fue conquistada gracias a una alianza electoral que el PAN realizó con otros partidos políticos oficialmente reconocidos, tal y como fueron los casos del PRD y el PT, entre otros. No obstante esto, una vez que la coalición electoral triunfó, con Antonio Echeverría como gobernador, éste decidió quedarse a militar en las filas del panismo, mientras que en el año 2000 Pablo Salazar Mendiguchía hizo exactamente lo mismo, pero en el PRD.
18 En dichas elecciones, la participación ciudadana fue del 63.97 % del padrón electoral. Sin embargo, si contrastamos esta cifra con las obtenidas en otros procesos electorales de carácter nacional, se observará que era calificada como de baja abstención, a pesar de que en las elección de seis año antes, 1994, habían sufragado el 75.96 % del padrón o lista nominal.Cfr. (Rodríguez, 2006: 30).

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