Número 14 Época IV Agosto 2008 TEMAS A DEBATE La transición democrática en México José René Rivas Ontiveros* “Nosotros no podemos con los tanques y el ejército, Introducción Hace cuarenta años tuvo lugar en México la movilización social más importante e impactante del siglo XX después del movimiento armado de 1910-17; la protagonizaron los sectores estudiantiles de cerca de un centenar de planteles de enseñanza media y superior de todo el país, dentro de los cuales destacarían la UNAM, el IPN, Chapingo y la Escuela Nacional de Maestros. Después de ese movimiento y a lo largo de estas cuatro décadas ha estado en la palestra la interrogante: ¿qué tan importante resultó 68 en el proceso de transición democrática de la nación? En el transcurso de estos 40 años, 1968-2008, han existido por lo menos dos tendencias tratando de responder a esta interrogante. Una de éstas, que en su momento provino de los sectores oficialistas más conservadores, consideró al 68 como un año más en el calendario nacional y al movimiento estudiantil algo así como un hecho de nota roja. Por ejemplo, el extinto presidente Gustavo Díaz Ordaz, nueve años después de aquel año, durante una conferencia de prensa en la que participó en abril de 1977, negó rotundamente que hubiera un México antes y otro después de 1968.(1) Muy por el contrario a esa opinión, han existido muchas otras que consideran al 68 como un año axial, un punto de inflexión, un parteaguas entre dos México: el que existió antes y el que nació después. Para los defensores de esta tesis, el 68 fue el año en que se trazó una parte considerable de la nueva conciencia pública nacional que se ha estado presente en la nación mexicana. Por nuestra parte, estamos totalmente de acuerdo con este último planteamiento; pensamos, como seguramente lo piensan miles de integrantes de aquella generación, que en efecto, después de ese año todo cambió, ya nunca jamás volvimos a ser los mismos, todos fuimos otros: “Hay un México antes del Movimiento Estudiantil y otro después de 1968. Tlatelolco es la escisión entre los dos Méxicos”.(2) En consecuencia, el siguiente trabajo tiene como objetivo central demostrar que a partir de 1968 en México se aceleró el proceso de transición democrática que ha traído una serie de cambios en los diferentes ámbitos de la vida política, electoral, la comunicación, la educación, la cultura, la música, etcétera. Para alcanzar dicho fin haremos un breve recorrido de la situación sociopolítica del país en tres momentos: antes, durante y después de 1968. México antes del 68 Antes de que se diera la rebelión estudiantil de finales de los sesenta, México era un país cualitativa y cuantitativamente diferente al que es ahora. Entonces el sistema político mexicano era considerado todo un éxito y un paradigma en distintos países del mundo y más particularmente en los de América Latina. Desde los albores de los años cuarenta y gracias al modelo de sustitución de importaciones, los diferentes regimenes políticos habían logrado mantener una tasa anual de crecimiento económico que había venido fluctuando entre el 6 y 7 por ciento (3) Todo esto en un marco de estabilidad económica, política y social en donde se combinaban exitosamente formas democráticas y prácticas excesivamente autoritarias, con el apoyo de un consenso modernizador que hacía las veces de opinión pública.(4) Se vivían los últimos tiempos del desarrollo estabilizador y del llamado Milagro mexicano. La Constitución, vigente desde 1917, “establecía un régimen democrático, pluralista y representativo en el marco de una república federal. No obstante, estas definiciones formales resultaban extrañas a una realidad dominada por la centralización del poder y el corporativismo. Tanto así, que pese a los ordenamientos constitucionales el régimen político mexicano se ajustaba más al modelo autoritario de pluralismo limitado y no participación propuesto por Juan J. Linz para el análisis de la España franquista, que al de las democracias occidentales que habían sido la referencia inicial del régimen”.(5) En su funcionamiento cotidiano, el sistema político se apoyaba en el manejo adecuado de varios factores reales y formales de poder, dentro de los que destacarían fundamentalmente dos: la figura presidencial y el partido de Estado. En el caso de la primera existía en México desde el siglo XIX. Con sus vaivenes, persistió todo el Porfiriato, la Revolución y los primeros lustros de la posrevolución. Sin embargo, durante el sexenio del general Lázaro Cárdenas tendió a fortalecerse. Desde entonces, el ejercicio del poder presidencial fue considerado, según Daniel Cosio Villegas, una especie de “monarquía absoluta sexenal y hereditaria en línea transversal”.(6) Otros autores, como Juan Felipe Leal, dicen que el ejercicio presidencial es “una dictadura constitucional […] que otorga al Presidente de la República facultades casi omnímodas, para legislar […] transformándolo en árbitro supremo del país”.(7) Por estas características el poder ejecutivo pudo estar siempre, de hecho y de derecho, por encima de los otros dos poderes: el legislativo y judicial. La otra pieza fundamental del régimen priísta era el otrora partido de Estado. Éste se creo desde arriba, en 1929, inicialmente como el Partido Nacional Revolucionario (PNR); nueve años después, en 1938, se transformó en el Partido de la Revolución Mexicana (PRM) y, finalmente, en 1946, en el Partido Revolucionario Institucional (PRI)(8) Durante todo el tiempo en que el partido de Estado fue el hegemónico en México se erigió en el único heredero de las conquistas sociales plasmadas en la Constitución de 1917. Hasta mediados de la década de los ochenta, el partido oficial nunca tuvo una derrota político-electoral –por lo menos oficialmente reconocida– cuando se trató de elegir senadores, gobernadores, presidentes de la República y alcaldes en de aquellos municipios considerados económica y políticamente importantes.(9) Simultáneamente a la existencia del partido de Estado, había otras tres organizaciones partidarias oficialmente reconocidas. Empero, éstas no representaban ningún peligro serio para la estabilidad política del régimen. Por un lado, se inscribía el Partido Acción Nacional (PAN), el que no obstante ser el agrupamiento partidario más independiente y representativo las tendencias conservadoras y clericales de la nación, por lo menos hasta finales de los sesenta, no demostraba tener una presencia política y electoral significativa; su influencia estaba muy limitada, se circunscribía principalmente a los estados de Baja California Norte, Chihuahua, Yucatán y en los ubicados en la Zona Occidental del país. Por su parte, los partidos Popular Socialista (PPS) y Auténtico de la Revolución Mexicana (PARM) fundados en 1948 y 1954, respectivamente, sólo cumplían la función de “comparsas” o de partidos “satélites”.(10) Desde que aparecieron su actividad giraría, en la mayoría de las ocasiones, alrededor del gobierno y su partido. Esta práctica tenía como finalidad legitimar un supuesto juego pluripartidista y democrático, de facto inexistente. Con este limitado juego de partidos, el régimen político priísta quería hacer creer a todo el mundo que en México existía un verdadero régimen democrático, un equilibrio del poder de pesos y contrapesos, canales de expresión para todas las tendencias existentes en la sociedad mexicana de la época. En esa lógica, el PAN cubría el flanco derecho, el PPS el izquierdo y el PARM el centro. Muy al margen del sistema oficial de partidos se encontraban otras organizaciones políticas; este era el caso del Partido Comunista Mexicano (PCM), el Movimiento de Liberación Nacional (MLN) y la Unión Nacional Sinarquista (UNS). De éstos, el organismo más representativo sería el PCM, del cual habría que decir que no obstante ser el partido más antiguo de México, había surgido en 1919, y tener una significativa presencia en instituciones educativas, sindicatos, ejidos y medios de comunicación, era la organización más acosada del país, ya que a lo largo de su historia muchos de sus militantes habían sido asesinados y otros más encarcelados. Así, antes de 1968 varios de sus miembros se encontraban encarcelados en distintos lugares del país en calidad de presos políticos. El férreo control ejercido por el Presidente de la República a través del partido de Estado era complementado con la institucionalización del corporativismo. Si bien, las prácticas corporativas y de control político se habían venido instrumentando en México desde el inició del nuevo Estado posrevolucionario, lo cierto es que éste se consolidó durante el sexenio del general Cárdenas, cuando transformó al PNR en PRM, instituyendo el régimen de corporaciones o sectores. A las prácticas de control corporativo se sumaría el denominado charrismo sindical, que no era otra cosa más que la puesta en práctica, con la complacencia del régimen, de un conjunto de medidas coercitivas y de corrupción a fin de contener cualquier tipo de movilización insurgente u opositora de carácter obrero. De inmediato, el proceso de charrificación también se observarían en las organizaciones campesinas, populares y hasta estudiantiles.(11) Por eso, después de la feroz represión que se ejerció a finales de los cincuenta en contra de las movilizaciones de maestros, petroleros, telegrafistas y ferrocarrileros, la clase obrera mexicana estuvo prácticamente inmovilizada durante toda la década de los sesenta. La excepción la constituyó el movimiento médico de 1964-1965. Sin embargo, también terminó siendo reprimido por el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz. Además del control de las organizaciones sociales y políticas, el régimen también controlaba los medios de comunicación que existían a lo largo y ancho de la República. Con la excepción de algunos órganos periodísticos de carácter marginal que publicaban ciertos partidos opositores y organizaciones sociales, así como las revistas Siempre!, Política y Sucesos para todos, la inmensa mayoría, para no decir que la totalidad de éstos, se encontraban totalmente supeditadas al gobierno y su partido y, por ende, completamente cerrados a cualquier expresión crítica e independiente de la época.(12) En este caso se ubicaban desde los medios impresos que constituían la denominada “gran prensa” o prensa comercial, hasta los medios electrónicos. En todos éstos la censura y la autocensura era una práctica común por temor a que no se les otorgara papel a través de PIPSA, publicidad o que no se les renovara la concesión por parte del gobierno. El autoritarismo no únicamente lo practicaba el Estado contra los ciudadanos, también se observaba en el seno de la escuela, la iglesia y la familia. De esta forma, se practicaba de profesores contra estudiantes, clero contra creyentes, padres contra hijos, mayores contra menores, hombres contra mujeres, etcétera. Las prácticas de corporativización de las organizaciones sociales también se observaban en el seno de las instituciones de educación media y superior y más particularmente en el medio estudiantil. Antes de 1968, en las escuelas los estudiantes estaban organizados en sociedades de alumnos, federaciones universitarias y comités de generación. Por lo general, eran organizaciones ligadas al partido oficial y por ende al gobierno por medio de algún padrinazgo inter o extra escolar. Empero, a diferencia de los demás sectores, el estudiantil sería el más susceptible a desafiar las prácticas corporativas. Al respecto, hay dos acontecimientos a todas luces determinantes en el cambio de actitud de los estudiantes mexicanos de los años sesenta: La insurgencia sindical en México, pero ante todo el triunfo de la Revolución Cubana; ambas tuvieron lugar a finales de los cincuenta. En México, desde un principio, la Revolución cubana se convirtió en un paradigma para miles de jóvenes. Nunca antes un fenómeno social internacional los había cautivado tanto. De inmediato, hicieron suyas las utopías, canciones, consignas y dirigentes de ese movimiento, que con su sola existencia desafiaba al país más agresivo y poderoso de la tierra. De esta forma, entre los estudiantes comenzó a observarse un ascendente proceso de politización en los linderos de la izquierda socialista y un divorcio cada vez más evidente con la política e ideología oficialista que se arropaba en los postulados de la Revolución mexicana. Esto dio pauta para que los estudiantes dejaran de ser los niños bonitos que se portaban bien y que no causaban problemas ni a las autoridades escolares ni mucho menos a las gubernamentales. Ya no serían más los hijos mimados del régimen, sino los rebeldes primitivos que se dejaban cautivar por doctrinas exóticas provenientes del extranjero.(13) En esta tesitura, desde los albores de los sesenta y hasta antes del movimiento de 1968 se suscitaron a lo largo y ancho del país multitud de movilizaciones estudiantiles, que tuvieron como origen causas de carácter reivindicativo, político, académico o solidario. Inmerso en alguno de estos tipos de movilización, en los ocho años anteriores a 1968, se registraron protestas estudiantiles en las universidades de Guerrero, Puebla, Morelia, la UNAM, Durango, Sinaloa, Sonora y Tabasco. Además de las movilizaciones universitarias se registraron huelgas en las escuelas normales rurales pertenecientes a la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México (FECSM); en las escuelas de agricultura “Hermanos Escobar” de Ciudad Juárez, Chihuahua, y Chapingo, durante el verano de 1967 y con las cuales se solidarizaron los estudiantes de 11 planteles del Instituto Politécnico Nacional que declararon la huelga.(14) Siendo el sector más politizado de la población de esa época, desde 1958 y hasta 1972, los estudiantes lograron cristalizar un movimiento que de facto se autoasignó un papel de partido. Así, ante la omisión, debilidad o incapacidad de los partidos formales de izquierda para cumplir con su función histórica, a lo largo de estos tres lustros, el partido real, de la izquierda en México fue el movimiento estudiantil.(15) Por tales razones, se entiende el porqué este se desarrollaba, en gran medida, fuera de los perímetros geográficos escolares; esto es, fundido con las diferentes movilizaciones sociales que se llevaban a cabo en solidaridad con otras luchas: campesinas y populares, en apoyo a la Revolución cubana, contra la guerra de Vietnam y la intervención yanqui en la República Dominicana, etcétera. En síntesis, sería en el seno de los sectores estudiantiles, que habían sufrido los efectos de la guerra fría de la posguerra, del anticomunismo macartista, del autoritarismo gubernamental y del desarrollismo mexicano, en donde se gestaría y estallaría el movimiento estudiantil (popular) de 1968 en México. México durante el 68 Coincidiendo con muchas otras protestas estudiantiles que tuvieron lugar en diferentes partes del mundo, el 26 de julio de 1968 estalló en México el movimiento estudiantil. Sin embargo, demasiado distante a lo que muchas veces se ha dicho, esta protesta no fue por generación espontánea, ni motivada por la rebelión estudiantil de otras partes del mundo; tampoco fue resultado de la inspiración de un grupo de superdotados nacionales o extranjeros que quisieran desestabilizar la paz pública y nuestras “sólidas” instituciones. Como ya se ha visto en páginas anteriores, el 68 mexicano se fue gestando paulatinamente y, por lo mismo, así como estalló en 1968 muy bien pudo haberse dado antes o después de este año, ya que las causas que finalmente lo provocaron existían y con antelación a que éste se suscitara no se observaba ninguna tendencia del régimen a modificarlas. Por tal motivo cuando la protesta estalló pronto se generalizó y tomó como bandera un pliego de seis puntos (16) que habían venido saliendo a la palestra desde principios de la década de los cuarenta, cuando con el pretexto de la Segunda Guerra Mundial el régimen aprobó el tristemente célebre delito de disolución social. Por eso, las demandas enarboladas por los estudiantes del 68, además de los partidos políticos opositores de izquierda y aun de derecha, también las pudo enarbolar cualquier otro sector de la población. Las peticiones del movimiento de 1968 no eran esencialmente estudiantiles ni tampoco juveniles. El objetivo central de la protesta fue la democratización de la sociedad mexicana en todos sus ámbitos; el respeto a las libertades democráticas establecidas en la Constitución. Por lo consiguiente, la protesta del 68 en México no fue un movimiento revolucionario en el sentido amplio del concepto puesto que no buscaba la transformación radical de la sociedad. Tampoco planteó la abolición del sistema burgués y la instauración del socialismo. La movilización del 68, a decir de Sergio Zermeño, se caracterizó por “[…] ser una protesta de sectores medios crecientes en ascenso, una protesta en contra de la extralimitación con que la clase dirigente aprovecha el margen que le ofrecía la estabilidad del orden y en contra de la rigidez correlativa de un sistema institucional o político que veía llegar a su fin el acuerdo transitorio producido de un marco de relaciones sociales ya rebasadas”.(17) La movilización sesentayochera no fue una simple protesta estudiantil circunscrita a campus escolares, sino que se convirtió en la más importante rebelión urbana del México posrevolucionario, que hizo de la capital de la República el principal centro de operaciones y movilizaciones. En su protesta, los estudiantes movilizados se apropiaron de cuanto espacio público les fue posible. No únicamente ocuparon las aulas, auditorios, explanadas y demás ámbitos escolares, sino que también se fueron a las calles, plazas, mercados, cines, iglesias, cafés, bardas y muros, camiones y trolebuses y, en si, todo aquel espacio público en donde pudieron difundir sus demandas, consignas y utopías libertarias, democratizadoras y antiautorias. Finalmente, la movilización fue reprimida brutalmente por el gobierno. Una vez más se prefirió imponer el principio de autoridad a toda costa utilizando todas las formas de violencia contra los movilizados, antes que ceder o resolver alguna de las seis demandas planteadas por éstos. De nueva cuenta, el régimen posrevolucionario priísta exhibía su naturaleza histórica autoritaria, aun a sabiendas que estaba sentando las bases para su propia autodestrucción. México después del 68 Aunque aparentemente derrotado por la represión que se instrumentó en contra de él y que dejó un número nunca precisado pero considerable de muertos, detenidos, desaparecidos y enfermos, el movimiento estudiantil de 1968 resultó finalmente una acción relativamente triunfante, o, si se quiere decir en otros términos, una derrota política del régimen priísta de entonces: ¿Por qué esta afirmación? El 68 mexicano aceleró el proceso de transición democrática del sistema político mexicano en los distintos ámbitos de la vida pública nacional. Se entiende por transición democrática al “conjunto de transformaciones institucionales y extrainstitucionales que llevan al antiguo régimen autoritario al nuevo régimen”.(18) Por lo demás, “todo proceso de transición requiere de cambios políticos y culturales que trascienden del espacio institucional/extra institucional”.(19) La verdad es que son muchos los factores que se pueden enumerar para detectar el legado del 68 mexicano al proceso de transición. Entre otros, los siguientes:
Conclusión Aunque coyunturalmente derrotada por toda la represión que el régimen priísta ejerció en su contra y que le dejó un significativo número de muertos, heridos, desaparecidos y encarcelados, la protesta estudiantil de 1968 en México históricamente resultó una movilización triunfante, al lograr sentar las bases para el inicio de un proceso de transición democrática en el país que a 40 años de aquella aún no concluye. Y aunque si bien es cierto que esta ha sido una transición lenta o a cuentagotas, seguramente sin México 68 hoy en día nuestro proceso de democratización estaría todavía más atrasado de lo que aún está. En este sentido, pues, resulta cierta aquella histórica frase de un estudiante sesentayochero cuando dijo que ellos no podían con los tanques y el ejército, pero los tanques y el ejército no podrían contra la historia. Bibliografía
Notas * Doctor en Ciencia Política. Profesor Titular “C” de Tiempo Completo en la FES Aragón-UNAM. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Delegado de la Preparatoria N° 3 de la UNAM ante el Consejo Nacional de Huelga en 1968.
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