Cuaderno Número Mayo, 2009 Recolectando moscas I Ella se encuentra volteada hacia la puerta, esperando que me aparezca para tirar la monserga acostumbrada, repetirme la inutilidad propia o la de mis hermanos, blasfemar contra el destino y la cruel realidad de mi vagancia y falta de conciencia. El teléfono aguarda en una silla que ha colocado estratégicamente junto a su cama y en frente de la puerta, con la previsión quizá de tomarlo fácilmente si suena, y colgarlo de manera inmediata si la voz que llama por el auricular le disgusta o no le conviene. Se ve hermosa, inocente, como un animal que reposa después de haber asesinado a cualquier bestezuela y proveído la ración diaria a su camada. Me acerco y le pido lo de siempre: el coche, unos cuantos pesos y su comprensión para largarme. Pero ella no da su aprobación para ninguna de las demandas y, en cambio, me pide, comedidamente, que la obedezca, al menos por esa noche, y que no intente nada. que el acontecer del día siguiente me llame y me convoque para hundirme en su impecable lógica, precisa, fulminante, aunque ya un tanto desgastada por algunas cosas que debería decir, pero que me cuesta trabajo enumerarlas o simplemente me dan hastío. Me duermo, sin mucha convicción y sin grandes ánimos, pero ya está de más rebelarse contra la inercia de la noche que pide inactividad, renuncia y una fuerte dosis de mediocridad y resignación para aceptar lo decretado: la invencible telaraña en la que nos aplastamos todos forzando a desconocernos y tomarnos por un insecto: aniquilable, muerto, sucio. II Al otro día, me levanto, como de costumbre, con el alma deteriorada y con la percepción de que todo, de un modo o de otro, se encuentra ya decretado y repelido a todo esfuerzo humano. El mundo y su orden no van a cambiar por mucho que yo intente forzarlo o invertirlo; lo mejor es dejar pasar y dejar hacer como ya lo recomendaban los economistas liberales del siglo XVIII, advirtiendo el destino de inmutabilidad de la inútil condición humana. Lo demás, lo que pasó en el resto del día quiero decir, fue otro anhelo inútil de encajar en la dinámica de los hechos de un mundo que me repelía. Corrí en el andador del barrio por unos cuantos minutos, veinte, para ser más preciso; realicé algunos ejercicios de rutina y monté otros diez en la bicicleta fija que teníamos en la casa. Cuando regresé, mi madre ya se encontraba trabajando en los menesteres habituales; lista para recoger los medicamentos de mi hermana o revisando los papeles de los múltiples asuntos pendientes o por atender: la pensión, el seguro del automóvil, las mensualidades de cualquier cosa, de toda la casa, de casi todos los muebles; las colegiaturas y los viáticos; la comida de medio día; nuestras ilusiones de ser una familia distinta, neutral, abierta...También dirigía a la sirvienta para que realizara bien los quehaceres y las virtudes domésticas. Yo me reía de todo eso, se me hacía una estúpida pérdida de tiempo. Además, había soñado con Ana María y con unos tontos e insulsos gángsters, al parecer satánicos y bastante simples, que me hicieron recordar la película de Roman Polanski del 67, cuando se hablaba de que la era del diablo había nacido y que, a partir de esa fecha, ahora ya todo estaba permitido dostoievskianamente, menos el no hacerlo. En el sueño querían matar a mi hermano menor, como cuando acechaban al bebé de Rosemary y ella trataba de defenderlo de cualquier acoso y de cualquier tipo de atentado, imaginario o real. Yo, al igual que ella, no permitía que le hicieran nada. Además traía una pistola y un cuchillo. Creo que había matado a alguien, pero no estoy muy seguro; ahora arrojaba su cabeza al camellón de la avenida larga en donde se encontraba el viejo edificio en donde había crecido y en donde había sentido el temblor de 1985: temblor que había descuartizado a media ciudad y dejado sin extremidades a unos miles de hombres y mujeres más, en un remedo de urbe ya para entonces también despedazada. En el sueño también aparecía mi papá; algo absurdo, porque él había muerto hace ya diez años, pero nadie ha dicho que los sueños deben ser racionales y lógicos. Los sueños son absurdos por definición, insensatos como nuestra vida, incoherentes como nuestras obras, fieles reflejos de nuestros anhelos y de nuestras incomprensiones. Luego, como ya dije, inexplicablemente apareció Ana María y sólo lo hizo para largarse, para irse por una calle muy ancha, llena de edificios con grandes puertas de cristal y acabados posmodernos, y después desvanecerse como un fantasma. Últimamente he estado soñando mucho con ella y eso no me gusta, sé que es la hermana de mi antigua chica, que he soñado con ella quizá ya más de diez veces, despierto o dormido, y que en algunas de esas ocasiones ella me hace caso y me besa. De cualquier forma, fue un mal sueño, un sueño idiota como todos los que tengo recientemente y nada más. Caminé por el corredor universitario, atravesé estructuras y plataformas grises, monumentos de una oxidada veneración en donde lo que prevalecía era la falta de color y la ausencia de recursos; una estética de la fealdad y de la grisura, de la austeridad hipócrita que acompaña desde hace ya varias décadas a la construcción de los edificios públicos en México, desde Miguel Alemán hasta los actuales y siniestros pillos que medran a costa del presupuesto, y que hacen construcciones horribles y patéticas que contrastan con la abundancia y ostentación de sus respectivas mansiones y propiedades. De regreso a la casa todo fue igual: noticias, periódicos, revistas del acontecer nacional, el ex presidente hablando de cualquier imbecilidad hasta mostrar el colmo de su tozudez y de su ridículo. No era cínico, desde luego: Fox siempre fue un imbécil y un ranchero. El idiota creía que lo que hacía era lo correcto: su derecho. Precisamente lo que define a la derecha política es la creencia de que sus privilegios y sus riquezas son naturales, que la pobreza es un fenómeno tan necesario como la propiedad o la desigualdad; y que se necesitan muchos pero muchos pobres para generar riqueza y justificarla; y desde luego que para ellos no hay ningún dilema, ninguna crisis, en su conciencia “buena” y embustera. Por eso hay que hacer que la obtengan de una manera drástica y contundente: fusilándolos a todos, como en tiempos de la revolución, o metiéndolos a la cárcel hasta que se mueran o se pudran. Pero ya estamos grandes para ser inocentes y para saber que todo deseo es un acto fallido. También revisé lo que habían escrito sobre la otra reina, ya no la fantochería de “la reina del sur” ni la ficción pueril y estúpida de “la reina del pacífico”, sino la otra matrona, la reina del bajío, la putísima reina de Celaya que gobernaba entre sus zánganos, disponiendo a diestra y siniestra del erario y la influencia sexenal, y haciendo el acostumbrado saqueo y despilfarro hasta llegar a la blancura de sus atuendos, es decir, de su desvanecimiento. Eso es mi país: una corrupción que, como una lesión pequeña, se fue abriendo e infectando hasta hacer imposible controlarla y aislarla. El colmo es que todos participamos de ella y a todos también nos entusiasma. Después me volvió a hablar Julio para ir a una presentación de un libro en la colonia Condesa, un lugar en el que concurren los snobs a lamer la mano que después les dará de comer migajas en sus bocas resecas y defraudadas, en forma de becas, premios, consolaciones. El escenario era igual que todos: adentro, los acólitos de la supuesta intelectualidad independiente, los estudiantes de arte y humanidades que pensaban que de esa forma se instruían y lograban estar de alguna manera en el establishment del pensamiento correcto; y afuera, los eternos caza-cocteles, los recelosos de toda publicación financiada por el Estado o por algún importante medio de comunicación; y los constantes amargados que, como yo, no parábamos de maldecir. El coctel acabó mal, como el día. No podía ser la excepción. Alguien dijo algo que no le gustó a un presentador del libro y comenzaron los madrazos. Los cazacocteleros, con su irreverencia de siempre, le escupieron en la cara y se marcharon antes de que llegara la policía que, ya para entonces, se habían encargado de llamar los pájaros nalgones de los presentadores y sus achichincles ridículos y estériles. Yo sólo me reía en una esquina, ajeno a la estupidez del mundo y de sus sobresaltos; vomitando los canapés que nos sirvieron y el vino malo y barato que habíamos tomado antes de las interrupciones en cantidades obscenas y salvajes. Decidí retornar a la casa, no sin antes pedir unos cuantos pesos a Julio que me aliviaran de la infaltable borrachera que estaba cogiendo; me dio sólo un billete de a doscientos, diciéndome que era suficiente para que comiera unos tacos y me fuera a casa a dormir. Le hice caso, estaba ya algo harto y cansado por la enorme cantidad de actos fallidos que había experimentado en el día. Alguna vez, escribí, en algún sitio, que la vida se parecía a eso: a un acto fallido. Vivir era un acto fallido, y tal sentencia no era una condescendencia, mucho menos una declaración de amor, era una estúpida confesión, una maldita forma de decir que había fracasado en el más simple de los actos humanos. Caminé largos minutos por un parque que estaba cerca del lugar, observé a dos muchachos que tocaban la guitarra con una chica que hacía pasos gimnásticos sobre la tierra. Me senté para reposar. Necesitaba averiguar la hora, así que se la pregunté a la muchacha aeróbica y comenzamos una plática que nos llevó de los caminos del tiempo y de la noche, a extrañas nociones sobre el arte y la necesidad expresiva. Se llamaba Mayte, y era pequeña y pálida. Tenía una cara redonda y una sonrisa infantil que me recordaba algún paraje de la inocencia perdida y septentrional. Me contó toda su historia, al menos la elemental para su corta biografía de diecisiete años, así como su tránsito por la noche y los deslices por las ramblas endemoniadas de los días y sus reveses, de la forma en la que se había instalado en la noche y la forma en la que se había acostumbrado a vivir como un vampiro. Me presentó con sus amigos, estudiantes de la Universidad todos ellos, que se dedicaban a los inverosímiles actos de perder el tiempo y gozar el ocio con provecho o sin él; me explicaron que les aburría estar en un solo lugar y con un solo pensamiento, que me invitaban a emborracharme en una fiesta cerca de ahí en la que seguramente habría cervezas en abundancia y mucha droga. Acepté porque Mayte me gustó, y quizá por la vana esperanza de darle un poco de sentido a toda esa mala tarde en que se había convertido el mal día que empecé por inercia y sin entusiasmo. Cuando llegamos se habían puesto ya a danzar y a hacer acrobacias casi inverosímiles, digo casi porque las estaban llevando a cabo ahí, enfrente de mí, de una manera obscena y pretenciosa, mostrando con un toque de pedantería innecesaria que eran capaces de realizar cosas que la media de personas no llevaría nunca a cabo. Comencé a beber, inocentemente, embriagándome con las texturas y las figuras geométricas que hacían los danzantes con sus cuerpos. No sé en qué momento alguien me dio una pastilla, pequeña, como un óvulo fértil y maduro. La tomé en mis dedos y me la llevé a la boca. Seguí bebiendo hasta que Mayte fue conmigo y me tomó de las manos. Iniciamos una danza extraña, entre el jardín amplio de aquella casa en la que nos habíamos metido, nos sujetábamos el uno al otro, al ritmo de la música distorsionada. Había buen ambiente, todos bebían y disfrutaban, tal y como lo estábamos haciendo en ese momento Mayte y yo, únicos, contoneándonos, brincando. Su rostro se hacía cada vez más claro, su sonrisa se expandía como un arbusto ardiendo en medio de la noche. Me acarició la cara, se acercó y me dijo que le gustaba. Yo tan sólo sonreí, y le di un trago a la cerveza que ella sostenía en una de sus manos. El impulso de la música nos hizo desprendernos, pero nuevamente la tomé y la conduje hacia mí, diciéndole lo mismo que me dijo, que me gustaba, pero ella se desprendió y se fue con uno de sus amigos que traía el pelo amarrado en una coleta y que había dejado de hacer piruetas y se había puesto a beber como todos nosotros. Le dijo algo al oído y volteó a verme. En menos tiempo del que yo llevé para calibrar los efectos de la tacha, el chico ya la estaba besando y todo comenzó a dar vueltas: los muros que rodeaban el jardín, los focos, las personas, mis recuerdos. Me fui hacia una esquina y me doblé. Después me salí, caminé un par de largas horas. Agarré un taxi, y le dije al chofer que pasáramos por Reforma, a la altura del zoológico de Chapultepec; le pregunté si sabía lo que hacían ahí, en el lago, con los patos, cuando lo lavaban. Aquí no había misterios: se los llevaban a una zona especial del zoológico y ahí los mantenían hasta que acababa todo ese proceso burocrático de cambiar el agua y volver a lo mismo. Todo estaba de la mierda. Cuando llegué a casa, le pagué y le dije que se fuera al carajo. Mi madre ya dormía, subí las escaleras y me aventé a la cama. No tenía ganas ni de quitarme los zapatos ni la ropa, pero necesitaba hacerlo, era realmente un fastidio tener que dormir con todo ese estorbo encima. Me desnudé rápidamente y me metí entre las cobijas, pensé en lo poco que tenía de tiempo para narrar algo. Pensé en Mayte, en el beso que le daba a su amigo de la coleta, en la manera absurda en la que me decepcioné y me largué sin decir nada a nadie. Sin querer fui cerrando los ojos hasta olvidarme de que estaba echado en mi cama, y entonces, todo se volvió oscuro y se llenó de una textura muy especial, creo que comencé a soñar, y en el momento más emocionante desperté porque ya eran las siete de la mañana y tenía que largarme a la escuela a morir otro día más. III Volví a soñar con Ana María, ya es una maldita obsesión. Lo sé. A ella no le gusta pronunciar su nombre completo. Prefiere la parquedad y la discreción. Prefiere llamarse Ana, a secas, pero desconoce el placer extraño que las sílabas de su nombre propician en otros labios, en los míos. Hoy pronuncié su nombre entero porque me gusta y me recuerda una época de mi niñez en la que podía perder largas horas en el parque pisando las hojas secas y moviendo los montones que se formaban en el pasto amarillento, intentando encontrar algún tesoro o cadáver que me expandiera la sorpresa o el miedo. Pero el nombre de ella me gusta. Su nombre me gusta y lo recuerdo y lo pronuncio en voz alta: Ana María, Ana María, hasta creer que ella, Ana María, me llama y me elige para que lo piense, pero todo esto es absurdo y sólo alimento un pedazo más de mi fracaso acostumbrado. He fracasado una vez más. Jamás lograré terminar esta historia, no sé de qué manera expresar mi odio ni mi incomprensión. No siento por el mundo más que asco y aún así busco la manera de integrarme a su dinámica, a su desatino. Por eso la contradicción que alimento es más vasta y más profunda, soy un desarraigado por opción y a la vez por error. En parte quiero ser marginal, pero hay una vocación secreta que me conmina a la decadencia, al absurdo, al despropósito. No me gusta lo que escribo. Algo está hueco en el andamiaje que tengo por mundo. Mi lengua se lacera con cada mordida que le hago a la realidad. Me siento vacío, tan vacío que quisiera retornar a un estado de indiferencia en el que nada me perturbe; pero es inútil, ya nada me sirve, ni siquiera el aliento. Conservo una caligrafía nerviosa heredada de la nieve y de los estremecimientos que provoca en la piel su breve contacto. Es una caligrafía intensa, devota de su carne y de su hábitat. Lista para hundirse en el silencio de una frase que comience a demoler su única sobredosis de impaciencia. No puedo escribir de nada, no puedo hacer nada bien. Me hundo y pienso que es mejor que abandone esto: que lo deje para generaciones sucesivas de escritores que no tengan tantos complejos ni tanto odio para pronunciar su reino: su palabra; aunque ese último acto sea tan sólo un elemento más para derrocarlo y así prolongar su ausencia y su sentido. Vuelvo a leer el libro que dejé hace menos de una semana y encuentro la frase que buscaba: nada prevalece en su recuerdo si antes no se aniquila del todo su sombra. Y eso es lo que comencé hoy con la escritura de este pedazo de ansia, que no es un relato ni la mera descripción de los hechos, es tan sólo el estado en el que se encuentra mi alma, y desde luego mi cuerpo, pero debo aniquilar mi sombra cuanto antes o esperar que un recuerdo, cualquiera, prevalezca y siga recolectando cadáveres o moscas, como los suicidas que algunas veces se avientan a las vías del metro. _____________________________________________________________________ Agustín Rodríguez Fuentes/ Secretario General Nuevas Narrativas Mexicanas Otros títulos de la Secretaría de Prensa y Propaganda A 40 años de 1968 La crónica de un año maravilloso, Alberto Pulido Aranda, 2a ed., STUNAM, México, D.F., 2008, 160 p. Dulce orquesta de organilleros y tambores, Carlos López Navarrete, Gerardo Grande, Mauricio López, Carlos López-Gómez, José Luis Hernández Juárez, Alfonso Franco, Mario Mendoza, H. Pascal, 2a ed., Ed. Raíz y Tumba, México, D.F., 2008, 72 p. (Narrativa) Consideraciones Nueva época, Dir. Antonio Muñoz, STUNAM, México, D.F., 2009, Publicación bimestral Las poetas del megáfono Antología poética, Anaïs Abreu, Diana Reza, Eva Cabo, Haydeé Ramos Cadena, Lauri García Dueñas, María Tabares, Marina Ruiz, Nicole Delgado, Ximena de Tavira, prol. Manuel Sauceverde, Ed. Raíz y Tumba, México, D.F., 2008, 144 p. (Poesía) Blabladas, Tonatihu Mercado, prol., Alfonso Franco, Ed. Raíz y Tumba, México, D.F., 2008, 82 p. (Poesía) En preparación: |
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