Cuaderno Número                                                                                 Mayo, 2009


Neveras verdes peluche blanco
Gerardo Grande

A Elena

Ella estaba desnuda, en posición fetal, envuelta en plástico dentro de la nevera verde. Los ojos cerrados, las manos enlazadas y la boca abierta; entre las rodillas, su unicornio de peluche blanco. No pude contener la risa. Ella había sacado todos los alimentos de la nevera para hacer un camino desde la puerta de entrada hasta la cocina. Cuando llegué a la casa, encontré en el suelo jitomates, varias hojas de lechuga, pedazos de bistec crudo; la carne en el suelo olía mal, no vi un huevo hasta que ya lo había pisado, la punta de mi zapato embarrada de yema. Quise vomitar.

Me quedé sentado, mirándola, detuve por un rato la puerta de la nevera verde con la mano derecha para que no se cerrara. Después volvió la risa, incontrolable, me levanté del suelo. El estómago me dolía de tanto reírme.

Pensé que iba a ser más difícil sacarla de la nevera, pero sólo tuve que jalar de su cintura. Intenté desenlazar sus manos pero no pude, las tenía completamente engarrotadas. La brillantina azul del unicornio daba fuertes destellos, se había pegado en mis dedos, también en mi saco.

Mi compañera tenía una expresión de placer, incluso fuera de la nevera verde. Sus ojos estaban cerrados; las líneas del rabillo arrugadas, se habían quedado así en un intento por no abrir los ojos. Su boca, sus bellos labios ahora un tanto azules, estaban separados con suavidad para enseñarme el placer que brotaba en ella mientras iba hacia la muerte. Los dedos de los pies: rígidos, las uñas moradas y el contorno blanco. De ese modo ella me gustaba más.

Era una situación absurda, cuando salí de la casa mi compañera estaba muy mal, la noticia de la mañana era que la empresa encargada de hacer las neveras verdes había quebrado.

Por un tiempo, esas neveras fueron la sensación, casi todas las mujeres querían una así, era algo novedoso, pero después dejaron de gustar, de sorprender, y ya nadie las compraba.

Ella se obsesionó. En cuanto salieron a la venta, fue a comprar varias: una pequeña al estilo de un frigobar para el cuarto, otra para el estudio; una en el baño y la más grande en la cocina. Llegó un momento en el que tuvimos una habitación sólo para las neveras más chicas, casi hieleras.

Ella sentía que los cuadros de la casa, los floreros azules, las mandarinas, el amarillo con motitas cafés de los plátanos, el microondas, todo desviaba la atención de sus neveras verdes. “¡Incluso el olor!”, me gritó una vez, cuando yo asaba unas salchichas. No quería que hubiera algo más que sus neveras verdes. Los fines de semana ella las movía de lugar, intentaba hacer esculturas acomodándolas de diferentes formas. Se pasaba horas contemplándolas. A algunas les abría la puerta o las ponía de perfil para que se vieran mejor, decía.

Una ocasión, quise poner música y el radio no estaba en su lugar. Era muy raro, para qué movería el aparato de su sitio. Le pregunté dónde lo había dejado, pero ella no me contestó. Di con él después de buscarlo en veintidós neveras.

Ya las vitrinas y los muebles no tenían uso, todo lo encontraba en alguna nevera verde, el problema era dar de inmediato con el objeto que buscaba, pues siempre movía las cosas de nevera “para que tengas más tiempo de admirar mis neveras verdes”, me dijo en algún momento. Si yo iba a utilizar algo, comenzaba a buscar con minutos de sobra; tenía que medir mis tiempos.

Nunca le pregunté la razón por la que hacía esas cosas; yo podía soportar, si estaba loca no era mi problema. A mí sólo me gustaba.

Se me reventaban los ojos cuando veía a mi compañera. Era hermosa. Delgada, de cabello ondulado; tenía un lunar diminuto entre la nariz y los labios; el tono de su piel: café suave. Y los hombros frágiles, delicados.

Incluso muerta era muy bonita. Ahora me obligaba a actuar, pero no sabía qué hacer con ella, al menos ya había dado el primer paso: sacarla de la nevera verde.

Esa mañana comencé a trabajar tarde, pues para que me quedara ahí, con ella, se había desnudado. Sacó de una caja pequeña de madera su mariposa favorita. Yo estaba en la orilla de la cama, observándola; mi compañera acostada boca arriba, con las piernas juntas y los brazos extendidos.

Una vez más estábamos juntos en la cama, ella desnuda y yo sólo viéndola, así era siempre. La posibilidad penetrarla estaba ahí, pero al final ella se negaba y yo tenía que conformarme con haberla observado.

“No mires las nubes de otoño”

Una mariposa grande entre sus muslos, en el sexo; las antenas dibujaban la pelvis. “Por qué” “No mires las nubes de otoño”, volvió a decir ella. “Son de otro color, tal vez anaranjadas o cafés como mi piel, y no quiero que las mires”.

Claro, pensé, su cuerpo esta tapizado de sus nubes imaginarias, desde los pies delgados y finos hasta la frente.

Y el sexo de colores, morado y verde y azul y negro.

Así era ella, de pronto decía cosas a las que no les encontraba sentido.

Su cabello ondulado daba la impresión de ser millones de suaves trazos dibujados a lápiz en la almohada. Esta vez, intenté acercarme a ella. Lo hice poco a poco, a gatas. Me movía por la orilla de la cama, mis brazos rozaron el contorno de sus muslos, sentí el calor de su piel alcanzar mis brazos fríos, después su cintura, el vientre; dejé mis manos apoyadas en el colchón y cerca de las costillas de mi compañera. Ella respiraba tranquila, miré el movimiento de su pecho, un movimiento delicado, apenas perceptible. Su rostro no tenía expresión: la boca cerrada, los labios en espera y la mirada fija, nada más.

Le quité la mariposa de encima para descubrir el tono de su sexo. Ella me desvistió con sus largas manos.

Luego me guardé en ella por primera vez. Apretaba mi cintura con sus delgadas piernas; conteníamos el aliento unos segundos para después exhalar con fuerza. Su cálido aliento se estrellaba directamente en mi rostro para inundar mi nariz con un olor a paleta de zarzamora. Nos movíamos despacio. Acariciaba sus muslos con la punta de mis dedos. Ella giraba con suavidad su cadera. Le dibujé otros labios con el color de mi lengua. Me llenó los párpados de palabras claras y luces amarillas. Levanté la cabeza, se tensaron los músculos de mi cuello; sus piernas extendidas, la respiración cada vez más agitada; el aliento incontenible; su nariz fruncida y los dientes apretados y sus manos en mi espalda y los movimientos rápidos; y nuestra piel pegada por el sudor. Contuvimos nuestros últimos sonidos para hacerlos uno, extenso y fuerte. Y el silencio.

“Quédate un rato más dentro de mí”, dijo al parpadear lentamente, mientras yo sacaba mi pene de su sexo. Volví a ella y puse mi cabeza en su hombro. “Así, una parte de tu cuerpo dentro del mío”

Me fui, pensé que no pasaría nada más, sólo la tristeza momentánea de mi compañera. Y al volver encontré todo: el camino hecho por los alimentos, su cuerpo desnudo dentro de la nevera. Su reclamo era absurdo. Me daba mucha risa lo que había hecho.

Estábamos en el suelo de la cocina, ella muerta y yo sin saber qué hacer. Miré la hora, aún había tiempo para trabajar otro rato, tal vez así podría pensar un poco más en la situación. Tomé el unicornio blanco y fui a trabajar. Arriba del monociclo, con mi traje impecable; el zapato ya sin la yema del huevo, en una mano el unicornio y en la otra el alta voz, volví a pensar en las nubes de otoño, y también supe que si estaba loca debía importarme, pues ahora me afectaba más de lo que yo creía.


El Sueño de Gotan
Manuel Sauceverde

Una mujer y un hombre más bellos en el otro
ocupan su lugar en la tierra.
Juan Gelman

El hombre la reconoce de inmediato: es ella, no hay duda. Ha tenido el mismo sueño durante meses y recuerda cada detalle a la perfección. La mujer viste una blusa abierta, falda negra, zapatillas de tacón, el cabello entretejido en una sola trenza, la mirada ausente, diluida en el vacío de la calle. A lo lejos, el eco de una lluvia impasible.

El hombre sabe de antemano lo que sucederá. De un momento a otro, en cuanto la mujer atraviese la acera y se pierda de vista, alguien le saltará encima y...

—Espera... —el hombre se detiene frente a la mujer, las imágenes del homicidio desquician su pensamiento—. He soñado contigo.

La mujer lo mira fijamente, sin asombro:

—Te recuerdo.
Los primeros dardos de agua caen a la tierra. La mujer toma la mano del hombre y, con rapidez, lo guía a través de las sombras. Luego, bajo el refugio de una cornisa, ambos desconocidos se besan con rabia, saborean desesperados el enigma del encuentro. Por algunos instantes, el hombre tiene la sensación de que todo saldrá bien. Sin embargo, un horrible dolor en las entrañas le hace arrodillarse. No puede gritar, la segunda puñalada es decisiva.

De pronto, lejos de allí, hecho nudo sobre su cama, el hombre deja de soñar, pero no despierta. Para la mujer, al otro lado del mundo, es un alivio: finalmente, esta noche dormirá tranquila, sin pesadillas.


La factura de lo mismo
Juan Aurelio Fermandeza

El rostro de dos dimensiones, embarrado en el cartón de la pancarta que cargaba su madre, no era el mismo que veía en la húmeda oscuridad, la sobreabundancia del tiempo y la soledad espacial. La cara de la pancarta estaba limpia, sin barbas ni enmarañados cabellos –ligeramente largos tal vez–, con pocos y gruesos pelos en el bigote y la barbilla, propio de la moda de aquellos años en los que el cuero de las chamarras y los vaqueros sin sanforizar ocupaban el guardarropa de muchos jóvenes. Era una cara que le pesaba a su madre, quien la sostenía mientras gritaba dolida y eufórica en La Plaza, mostrándola junto a muchas otras madres que también cargaban caras pesadas, tan pesadas y crudas como la culpa y el terror, como el anhelo y la desesperación.

Debajo del recuadro que encerraba el rostro pulcro, un nombre y una fecha se asomaban quejándose por no encontrar a su dueño. El sol acuchillaba el rostro amarillentándolo, años pasaban a través de él, nunca olvidado. Una gota fría y triste se desplomó desde algún pequeño resquicio en la pared de grandes bloques de piedra, por donde se permitía el paso del agua. La caída lenta se escondió en la ausencia de luz de la estrechísima prisión hasta llegar a la frente marchita del otro rostro, del rostro cubierto por demasiados pelos de una barba ya muy larga. Otra gota cayó sin trayectoria visible hasta llegar a explotar en una pestilente plasta. El golpe hizo que la masa saltara hasta alcanzar el enmarañado pelo del rostro que estaba tendido junto a ésta, rozándole la nariz y uno de los párpados. No hubo movimiento alguno. Las pupilas extraviadas en espacios y tiempos exorbitantes no reaccionaron, se mantenían lejos, en la oscuridad de la nada.

De repente caminaba por La Avenida. Se había levantado del suelo de la claustrofóbica celda y caminaba con su mujer. En la esquina aparecía su madre y lo besaba cariñosamente, jalándolo para que se agachara hasta entrar en sus brazos y así sentirlo de nuevo en casa. Otra vez tenía el rostro de la pancarta. Caminaron juntos durante varios rojos y verdes, destellando alegría por la mirada y maravillas por la boca. Todo tan bello. Inesperadamente se escucharon los enfermizos gritos de cilindros metálicos que laceraban la tranquilidad recién adquirida. Con frecuencias apocalípticas, éstos se acercaron hasta llegar al semáforo donde él, su mujer y su madre se habían detenido, aterrorizados, a escuchar el llanto de la carne que hervía por el plomo arrojado desde las bocas de fuego. Sin remedio, se encontraban ya en el asesino centro del miedo de un alguien (que en realidad no era uno, sino muchos) al que la diferencia no le dejaba respirar, por lo que se defendía contra ésta y contra los que la encarnaban con las armas que él llevaba de ventaja. Entre las paredes escurrió un rojo desgarrado que apagó el tiempo y terminó con el sueño.

Abrió los ojos inquieto sobre el charco del calabozo y vio en las penumbras la imagen de un general saturnino que devoraba hijos ajenos, hasta que ésta se desvaneció lentamente, como el punto blanco de un antiguo televisor; dejó calmarse al rostro de gastada apariencia, lleno de chirlos y mugre arrinconada en cada pliegue de la piel que trazaba líneas negras en su cara. De nuevo el rostro se ahogó en la insistencia de la memoria. Cada una de las piezas de piedra labrada abrazadas por el moho escurrieron agua podrida de lluvia criminal, donde el gastado rostro sucumbió, sin morir ni olvidar.

El sol aún maltrataba el rostro de la pancarta. La madre seguía gritando y cargando el estandarte que enmarcaba la imagen de su hijo. La Plaza era un reclamo unificado que retumbaba en varios rincones, lejanos y cercanos, del mundo entero. Todo era una lucha titánica de duración indefinida. Un botón abrió y cerró un diafragma, y sin más ni más, todo lo que había en La Plaza se congeló. La madre, el rostro en dos dimensiones, las demás madres y sus cruces, el aire, los lamentos y el color del sol quedaron inmóviles. Jamás en la historia se volvieron a despertar de esa estatuaria forma, aunque todos seguirían moviéndose.


El viaje
Jesús Nieto Rueda

A working class hero
is something to be
John Lennon

Nosotras éramos las rudas, las olorosas, las desgastadas. Llegaba el domingo por la noche y nos sacaban, aventándonos al borde de la cama para darnos apenas una sacudida de polvo, luego de estar encerradas dos días. Entonces los encerraban a ellos. Pero durante el fin de semana les iba mejor (o eso creíamos), les daban una manita de gato desde el viernes, los hacían verse muy bien y los sacaban a pasear. ¡Claro! Ellos eran los de dominguear. En cambio para nosotras no existía algo como lunesear, miercolesear o viernesear. Éramos sencillamente las de la chamba, las de la negreada, las de la chinga; en fin, las del diario.

Llegábamos cansadas, y cómo no estar apestosas, si el talco surte efecto hasta unas horas del mediodía. Los días que estaba húmedo, llegábamos manchadas de lodo, pero él ni siquiera nos pasaba un trapo. Apenas y nos removía un poco las tecatas de tierra. Con nosotras no importaba el aspecto. Pero ahí andábamos, siempre activas, leales a nuestra naturaleza. Nos tocaba de todo: golpes, pisotones, chorros de agua, pintura y mucho lodo…pero siempre fuimos muy resistentes. De vez en cuando nos cambiaban las agujetas, cuando ya era mucho el desgaste, pero fuera de ello estábamos provistas de una piel muy aguantadora.

A eso nos moldeó el trabajo, y dimos bien el ancho, hasta que llegó ese aciago día de la ruta distinta, del largo viaje y todo lo que vino después. Era domingo, por lo que nos extrañó que nos sacaran en medio de la madrugada, nos ajustaran muy bien las agujetas y saliéramos a la calle. Subimos al autobús, como era costumbre en la semana (quizá salíamos hacia el trabajo por alguna razón especial). Pero de pronto, bajamos en una parada distinta y esperamos ahí para subir enseguida a otro autobús que nos llevó en unos minutos a un lugar desconocido.

En el suelo había algunos charcos, aún no amanecía. Subimos a un nuevo autobús, el piso era muy suave y hacíamos un ruido diferente al pasar. Y nos quedamos ahí por un rato. Se hizo de noche y volvimos a bajar en otro lugar, donde ahora el suelo era más oscuro. Se sentía más caliente que de costumbre. Estábamos paseando, era claro. Íbamos aprisa y no faltó un pisotón de vez en cuando. Ahora comenzaba a ver muchos otros pares como nosotras, pero de color blanco. ¡Qué raro que no los trajeran a ellos! Hubiera estado bien que así fuera, porque francamente dominguear comenzaba a resultar aburrido. A lo mejor los otros venían guardados en otra parte y, cuando llegara la hora de pasear por otro lado, nos encerrarían a nosotras. Pero no. Subimos a otro autobús, similar al anterior, y ahí pasamos más de una noche. En el nuevo transporte casi no se sentía el calor, por el contrario, nuestra piel comenzó a enfriarse; y es que nosotras no estábamos acostumbradas a pasar la noche fuera de la recámara. Bajamos en plena oscuridad, él corría sin parar, el suelo era distinto, arenoso, espeso, frío. Corríamos con él, brincábamos charcos, no pudimos evitar entrar en algunos. Luego nos detuvimos. Pasó a lo mucho una media hora, pero su sudor nos empapaba como si hubieran pasado siete horas de trabajo.

Nuevamente un autobús donde permanecimos por horas. Desapareció el sudor, él durmió, sus pies se sentían relajados en nuestra piel. Finalmente, llegamos a algún sitio en la mañana. Esa noche descansamos sobre un piso distinto, pero ahora que estábamos más sucias que nunca, él nos abandonó por horas que parecían días enteros.

Seguramente ya era martes cuando salimos a hacer lo que hacíamos normalmente. Había máquinas, como antes. Pero este piso donde comenzamos a estar por las mañanas era también distinto: muy brilloso, y hasta lo ensuciábamos un poco cuando pasábamos sobre él. Finalmente, llegó el sábado. ¿Sería que aquí saldríamos a dominguear? ¿Sería mejor que el domingo pasado? Al menos esta ocasión, sabadeamos. Pero no nos duró mucho el gusto. Era todavía de mañana cuando entramos a un lugar acolchonado, y fue aquí donde aparecieron ellas, las otras. Las sacaron de una caja, no podemos negar que nos impresionaron. Muy jóvenes, su piel apenas si se había lastimado por el roce con el papel de la caja. Eran oscuras, igual que nosotras, pero con suela amarilla. Cuando nos descalzaron y las calzaron a ellas, distinguimos en su suela unas figuras en negro: CAT. Quien sabe en qué momento nos encerraron en una bolsa. Nos sentíamos la una contra la otra, como cuando nos arrumbaban con todos los demás en un rincón del clóset. Ya de noche, nos sacaron de esa bolsa. Estuvimos en el exterior unos minutos.

Lo demás, es difícil recordarlo…pasó tan rápido. Amarraron los extremos de nuestras agujetas y nos arrojaron con tremenda fuerza hacia el aire. Quedamos suspendidas de las agujetas en un cable. No entendíamos de qué se trataba el juego. ¿Cómo nos bajarían después? Pero ahí pasamos la noche. Comenzó a caer agua, luego algo como hielo blancuzco que se quedaba sobre nosotras. Nuestra piel se comenzaba a endurecer, hacía mucho frío y estábamos muy sucias. Era raro estar ahí colgadas de ese cable. Creímos que al día siguiente nos descolgarían. Pero muy temprano por la mañana salieron las otras, ya calzadas, y nosotras todavía teníamos unas gotas de agua sobre la piel más lastimada que nunca, dura y fría. Nos resignamos al abandono, hasta que en un momento apareció el viejo de mocasines desgastados con un carrito lleno de ropa y, ajustado a una canasta de fierro, un pequeño objeto cuadrado del cual salía una voz diciendo cosas en esa extraña forma de hablar de los días recientes: Snowstorms are expected for the whole week in the Chicago area. ∗

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∗ Se esperan tormentas de nieve para toda la semana en el área de Chicago.