Cuaderno Número Mayo, 2009 Sobre la portentosa historia Orlando Cruz Camarillo Aquella insoportable pestilencia inició cómo un tenue tufillo. Únicamente las narices más avispadas de la familia lo detectaron desde el día en que visitaron a la abuela en el hospital, donde se le había amputado un brazo. La estancia que la venerable señora compartía con otros pacientes, estaba cargada de aromas asépticos y esterilizados, propios de un nosocomio, pero ya se percibía en el ambiente aquel extraño efluvio. Ese día escucharon, en palabras del médico, la afirmación de que únicamente le restaba “a la abuelita” una serena convalecencia, por lo que les recomendó apoyo familiar para un pronto alivio. La familia escuchó atenta y se complació por los favorables pronósticos. Convinieron entre ellos que por apoyo familiar no iba quedar. Al entrar al cuarto la notaron aún amodorrada; sin embargo, reflejó sus ganas de vivir con una débil sonrisa. La familia, con rostros risueños y palabras suaves, le expresó un sincero cariño, mientras le hacían caricias en los brazos y la surtían de besitos en la arrugada frente. No sin cierta envidia de los demás pacientes y reticencia por parte de las enfermeras, se tomaron una foto alrededor de la abuela como una verdadera familia feliz. El recibimiento para la abuela no podía ser más entusiasta. La familia organizó una fiesta de bienvenida, donde los regalos y las palabras de aliento abundaron. Se guisó de manera especial la comida favorita de la abuela: molito poblano. Atenuado en su condimentada esencia, el platillo fue dispuesto para que la abuela saboreara al menos unos bocados y se sintiera de nuevo en casa; la familia la animó y la abuela lo hizo con suma felicidad. Desafortunadamente, ya entrada la noche, los dolores estomacales y la diarrea la turbaron. Con un sentimiento de culpabilidad, la familia la atendió con gran diligencia. Le ofrecieron pastillas y menjurjes de toda índole; sobraron voluntarios para velar sus necesidades nocturnas. Al siguiente día, a pesar del intranquilo sueño, la abuela bajó al comedor con un semblante recuperado y hasta podría decirse que feliz, lo que le valió admirados comentarios sobre su “buena madera”. Así pues, la abuela disfrutó de un frugal desayuno, mientras miraba a su familia retacarse del molito poblano recalentado. Los primeros miembros de la familia que se turnaron para cuidar a la abuela durante la noche, advirtieron el desagradable aroma en la casa, e inmediatamente se emprendió, con cierta inquietud, su rastreo. No tuvieron resultado evidente, hasta que, tras observar las medicinas desplegadas sobre el buró y el excesivo aseo de la pieza de la abuela, evocaron el hospital. Se justificó esa desazón como una simple reminiscencia olfativa. No le dieron mayor importancia. A los pocos días, la abuela se negaba a recibir asistencia alguna. No por un simple capricho senil, sino porque su vigorosa recuperación se lo permitía, además de que le parecía una desconsideración por parte suya quitarle tiempo a su familia, tan ocupada en sus propios quehaceres. Se desplazaba ligera y parlanchina por toda la casa, y hasta se atrevía a dar cortos paseos por la calle. Más de un peatón miró asombrado a aquella tullida anciana tomar el sol, sentada en una cómoda sillita que le disponían sobre la banqueta; algunos perros callejeros se le acercaban para olisquearla y después de unos instantes, se escabullían ladrándole hostilmente. Cuando algún compromiso social lo requería, se le dejó sola, confiados en la renaciente fortaleza de la abuela. Además, la familia comenzó a permitirle asearse por sí misma, salvo la herida, que se la siguieron lavando y examinando con ojos desconfiados, puesto que un discreto tufillo parecía emanar de allí. Sin embargo, la cicatriz maduraba satisfactoriamente, sin rastros de putrefacción. Cuando el doctor le quitó el último vendaje y el muñón quedó desnudo, el desagradable olor inundó el ambiente con intensidad. El galeno se vio obligado a disculparse y salir un momento del consultorio; regresó portando un cubrebocas. Prosiguió la auscultación obligatoria y, salvo el penetrante olor, no encontró nada anormal. Miró nuevamente los estudios clínicos y los aprobó con un movimiento de cabeza. Le recetó algunos medicamentos y rápidamente despidió a su paciente. Entonces las noches de la familia se volvieron incómodas. Era indudable que todos ya habían captado ese tufo, pero nadie se atrevía a mencionarlo. Sin la barrera de la venda, la visión de su muñón desnudo le provocó constantes pesadillas a la abuela. Para evadir el sueño se afanaba en cualquier distracción. Ofrecía su ayuda o simplemente su compañía en las faenas habituales de la familia. No obstante, le comenzaron a prohibir cualquier mínimo esfuerzo. Con suave voz, la familia le expresó la imperante necesidad de un reposo total; la abuela, incapaz de contradecirlos, ni siquiera aludía a sus recientes pesadillas. El insomnio fue entonces su nuevo compañero. Sus tenaces párpados se negaban a ceder, apuntalados por las persistentes plegarias que decía a media voz, en la plena oscuridad de su recámara, y que podían inquietar a su acompañante en turno. Unos días más y la fetidez se volvió sólida. Las muecas contenidas, los tontos pretextos para evadirla, la proliferación de fragancias artificiales, todo eso lo evidenció, ya no se podía obviar. No se tuvo la certeza de quién de los miembros de la familia fue el que sin amagues mencionó lo del hedor. Tampoco quienes, un tanto sobresaltados, censuraron el comentario, para en seguida aceptarlo un tanto incómodos. Se decidió entonces que la visita al doctor se tenía que adelantar. Según la familia, era obvio que la enfermedad no había cedido. Con vaguedad se mencionó la posibilidad de cambiar de servicios médicos. Lo que se desechó de inmediato al considerar que se tenían otras prioridades económicas y la miserable pensión de la abuela era insuficiente. El doctor les recomendó practicarle unos exámenes clínicos en algún laboratorio particular, “ya saben que en las instituciones públicas suelen haber errores continuamente”, explicó. La familia ni siquiera consideró dicho consejo, puesto que acordaron proseguir el tratamiento del hospital público. La fetidez aumentó cada día más. Las citas médicas se adelantaron y la familia no dejaba de presionar al galeno para que brindara una cura definitiva. Fue así que un día, ante los términos científicos que esbozó el facultativo, la familia abrió los ojos con desmesura; no habían entendido en absoluto, por lo que el doctor aplicó una metáfora dudosa, pero contundente: “La abuelita se está pudriendo desde las entrañas”. Había que operar de inmediato. Se le explicó a la abuela que iba a ser sometida a una nueva cirugía, tan sencilla cómo la anterior, cuando se le amputó el brazo. Era exagerada su preocupación teniendo tantas posibilidades de salir avante, le dijeron. Ya no hubo festivo recibimiento ni rostros de cariño. Unas miradas de tristeza y auténtica preocupación observaron a la abuela llegar. Sin la totalidad de un brazo y con su otro muñón fresco, la vieron avanzar trágicamente, casi sin ayuda. La familia intentó simular sonrisas, que se desmoronaron al acercársele, pues la fetidez se conservó intacta. El sofocante calor primaveral junto al hedor, menguaron los ánimos de la familia y ya no hubo voluntarios para los acompañamientos nocturnos de la abuela; entonces se recurrió a turnos obligatorios. De poco o nada sirvió. La abuela, presa de la aflicción por su cada vez más deteriorado estado, comenzó a deambular por la vivienda a media noche. Acongojado, su asistente solía regresarla a su cama; las constantes reincidencias de la abuela terminaron por abrumar a la familia, quien la dejó libremente merodear la casa. Se volvió ordinario escuchar por las noches sus rancios y desgarradores lamentos buscando sus brazos. La familia, exasperada por la pestilencia que aumentaba y los interminables clamores delirantes de la abuela, decidió llevarla a urgencias. Sin mayores exámenes ni controversias médicas, se le amputó una pierna, en tanto quedó amenazada la otra extremidad. De vuelta a casa, la familia no disimuló su pesadumbre ni el hastío. Aunque ahora la abuela alternaba su demencia con ratos de mutismo, y rarísimos lapsos de cordura en los que pedía perdón por los inmensos trabajos que le hacía pasar a la familia. Conmovidos, le replicaban, de lejitos, que no era cierto, y que en todo caso era su obligación, pues seguían siendo una familia unida. Pero ya nadie se preocupó por velar sus sueños y vigilias. La fetidez nauseabunda ya no se contenía ni en la recamaras ni en los pasillos, ahora invadía decididamente todos los resquicios de la casa, incluso enclaustrando a la abuela en su cuarto. La familia que acostumbraba a dormir desperdigada por las diferentes piezas, decidió dormir en una sola, la más alejada y protegida de esa insoportable inmundicia. Al otro día, mientras comían en una fonda del mercado, acordaron una nueva medida. Decidieron que la abuela estaría mejor en el cuarto de la azotea, el aire seguramente ventilaría su desagradable aroma. Craso error, el viento era inexistente y el sol penetró inmisericorde el techo de lámina de aquella bodega. Las muecas de alguno que otro vecino y los aullidos lastimosos del perro en la azotea, evidenciaron que no era la mejor solución. La abuela seguía alternando su estado mental. A veces, comía lo que le ponían al pie de su puerta, mientras su llanto irrumpía la azotea; otras tantas, completamente fuera de sí, se arrastraba, en medio de una nube de moscardones verdes, sobre el piso pringoso de sus propios excrementos y los del perro, y emitía su acostumbrado lamento, en busca de sus miembros amputados, y era coreada por los aullidos de los animales callejeros que la escuchaban; y después, volvía a un total mutismo; ya casi no tenía momentos de lucidez. La casa ya era insoportable por ese maldito hedor. Con enorme resentimiento, la familia exclusivamente presentía a la abuela a través de las paredes y las puertas bien cerradas que ya no se atrevían a abrir. Cubiertas sus narices con gruesos pañuelos perfumados, llegaban solamente para dejarle de comer junto al perro. Pensar en volver al hospital era una locura, parecía que por cada corte de bisturí que le hicieran a la abuela, su podrido corazón podría emanar. Los vecinos comenzaron a notar aún más la agresión de aquel inmundo hedor y más de un integrante de la familia tuvo que sortear sus cuestionamientos. Entonces se decidieron. Habían cavilado muchas soluciones, pero definitivamente ésta era la más acertada y contundente. Unida, la familia emprendió el remedio. Resguardados por la noche, alistaron la camioneta con lo necesario y uno de ellos se trepó a la azotea llamando a la abuela. Sin palabras de por medio, la introdujeron en una cajón de madera, parecido a un ataúd, atestado de especies olorosas. La subieron en la parte de atrás y emprendieron el camino. Sospecharon la cercanía de su objetivo cuando sus olfatos absorbieron el pavoroso encontronazo de ambas pestilencias. Más de una vez se detuvieron para que alguien de la familia vomitara. Después de una eternidad, que en realidad fueron unos momentos, estaban allí, en medio de enormes montañas de basura. Bajaron cuidadosamente la caja y a un lado de ésta, ciertas provisiones. Y se alejaron raudos, ya no alcanzaron a escuchar cuando la abuela comenzó a mascullar lastimosamente: “Pero si todavía siento…” Triunfante, la familia regresó y se aplicó febrilmente al aseo de su hogar, lavaron y relavaron lo que consideraron necesario. Se amontonó y se desalojó a la calle todos los objetos que pudo haber tocado la abuela. Los echaron al fuego, sin importarles que los desvelados vecinos los miraran con extrañeza y molestia. El rostro de consternación de la familia, mudó lentamente a un rostro de serenidad cuando se fumigó la casa con potentes y agradables aromas. Después llegó la hora del aseo personal. No era de extrañarse, que uno de los miembros de la familia se tardara más tiempo de lo común en el baño. Aferrado a su nuevo cepillo de dientes, lidiaba con desesperación contra un raro tufillo que comenzó emanar de su boca... Onomatopeya plaf Mario A. Mendoza Caballero Nalgaistas de todos los países subyugados Todo comenzó con aquel plaf. La mujer que estaba a mi lado en el vagón del metro me dio una cachetada; fue un duro golpe que se marcó en toda mi mejilla, y bien merecido me lo tenía. De alguna manera, mi mano había adquirido vida propia para darle una nalgada a la mujer. Antes del golpe, sentí cómo mi mano se iba volviendo pesada, tan pesada que parecía que la Tierra, con su poder de atracción, me la quería arrancar. Volteé para ver mi mano en ese momento: mis dedos se movían como intentando olisquear el aire en busca de unas nalgas que nalguear. Fue entonces cuando vi claramente cómo mi mano se fue a estampar con aquella viejita; después sobrevino todo el mal momento que pasé de estación en estación. Durante varios días estuve tentado por la idea de ir a un psicólogo, pero no creí que fuera tan grave y decidí que sería algo pasajero. Un día fui a bailar con mis amigos al Tropi Q. Íbamos cuatro, tres hombres y una mujer, la chica que nos acompañaba era de las famosas presta pronto y sabadaba. Cabe decir que esa mujer a mí no me gusta para nada, pues bueno, resulta que nos levantamos a bailar y cuando estaba la salsa en su mejor momento, nuevamente sentí ese peso en mi mano, el agitar de mis dedos y ese punzón final antes de la nalgada; ella no dijo nada, sólo sonrió. Días después, en la oficina ya circulaban varios chismes en el radio pasillo: que si era un degenerado, que si era mi amante, que si ya teníamos años de andar saliendo. Resulta que ese chisme llegó a nuestro jefe y, bastante irónico, resultó que ella era la amante de él. Ja. Esa fue mi última semana en el trabajo. Así pasó varias veces en autobuses, en el metro, el metrobús, en la fila del banco, en la fila de las tortillas, en espera de la leche. Era una situación molesta. Pero únicamente me pasaba con las mujeres. Sin embargo, una de las últimas nalgadas que dio mi mano izquierda fue en un baño del cine, y fue diferente. Había ido solo a ver Rudo y Cursi. Antes de entrar a la sala, pasé al baño. Estaba un señor de edad considerable a mi mano derecha, y a mi mano izquierda, un niño de 8 años aproximadamente. Me parece que está de más detallar cómo mi mano, en un acto descabellado, le dio una nalgada al niño, quien me miró y le dijo a otro señor que estaba junto a él, Abuelo éste me está manoseando. El señor armó un revuelo que de haberme quedado, una de dos: me linchan o me meten a prisión por abuso a menores. Salí corriendo, no sin antes recibir patadas, empujones, puñetazos y, desde luego, no faltó el hijodeputa que me escupió. Salí rápido para que no pasara a mayores, y obviamente ya no pude ver la película. Caminé por la Alameda con la mano en la bolsa, porque cada que una persona pasaba medianamente cerca, se agitaba dentro de mi pantalón como pez fuera del agua. Me detuve a ver a uno de los payasitos que hay en la Alameda. Parecía que había encontrado la solución, meter la mano en la bolsa del pantalón. Entonces me detuve donde había menos gente; sin embargo, frente a mí, al otro extremo, había una muchacha con bastante pecho y, de verdad, se los juro, sólo la mire de reojo, pero tuvo a bien una pinche viejita pararse a un lado mío. Entonces mi mano se agitó, como ave espantada dentro de la jaula, y la viejita me comenzó a gritar cochino, degenerado, mira que masturbarse enfrente de la gente. Nuevamente las personas que estaban cerca, indignadas, se me abalanzaron, me corretearon. Alcancé a entrar al metro; la gente embravecida me quería linchar por cochino, y yo atrás de los polis esperando que contuvieran a toda esa gente. Entonces la desgraciada de mi mano izquierda, en una muestra de muy mala voluntad, por cierto, le asestó una sonora nalgada al policía. Esa fue la última nalgada… Señores del jurado, me acuso de ser inocente, mas no desmiento que esta degenerada mano izquierda es la culpable. Y tengo miedo. Sí. Tengo miedo de que un día, sin que me dé cuenta, sonsaque a la derecha. Es por eso, señores, que pido justicia. El juez dictó sentencia: pena de muerte para la mano izquierda. El vuelo divino Israel García C. Suena increíble, señor comandante, pero le juro por mi madre aquí presente, y por mi padre que en gloria esté, que le digo la verdad: Rufina se fue volando. No, señor, no se echó a correr para agarrar vuelo y luego elevarse, ni pegó un brinco hacia el cielo. De pronto, un chiflón sopló con rabia y ella, a pesar de su gordura y su altura, porque flaca no es y chaparra menos, se elevó por los aires hasta perderse. Tiene razón en dudar de mis palabras, comandante, pues esto que le cuento sólo lo vio el nevero, que a esa hora de la tarde siempre esta cabeceando, y don Gel que, como todos saben, casi siempre está borracho gracias a los marrazos de aguardiente que se avienta cuando, según él, se acuerda de la trastada que le jugó el presidente municipal, y si a esto le agrega mi famita de chismoso y loco, pues olvídelo, nunca me va a creer. Pero le juraría, por lo que usted quiera, que le estoy diciendo la puritita verdad. Rufina se fue volando. Le voy a contar cómo fue. Yo me encontré a Rufina como a las cuatro de la tarde en el parque, me dijo que iba a misa, porque usted no está para saberlo ni yo para contarlo, pero Rufinita es muy devota, y yo, a pesar de no llevarme bien con las sotanas desde hace tiempo y con tal de estar con ella, me animé a encerrarme más de una hora en la iglesia para rezar y escuchar el sermón de este padrecito, que ahora jura que yo tengo a la señorita encerrada y embarazada en algún lugar de este pedazo de mundo. Pero permítame decirle, señor, que a mi me late que éste curita me trae de encargo, porque hace poco menos de un año yo era monaguillo en la iglesia de este padre… bueno, es un decir que en su iglesia, porque todas las iglesias son del Señor, pero le decía que yo era el monaguillo, y si dejé de serlo no fue porque me volviera ateo, ¡ni Dios lo mande¡, como el señor cura lo dijo, y tampoco fue porque me hiciera marxista, como el maestro de la primaria lo aseguró en la cantina; es más, yo ni sé qué cosa sea eso de marxista, pero a mí me suena como a testigo de Jehová o algo así, y tampoco fue por robarme las limosnas y el vino de consagrar, como doña Elpidia se lo juró a todo aquel que se le acercaba, pues en ese tiempo el cura le estaba construyendo la alberca a su casa y ni esperanza que se le fuera un peso de las limosnas, y la verdad, a mí el vino de consagrar ni me gusta. No, señor, no se fie de la gente de este pueblo, yo dejé de ser monaguillo porque el cura me corrió cuando me encontró pidiéndole a la virgen me concediera el milagro para que Remedios, para mayor referencia, su hija, no quedara embarazada a causa de lo que hicimos bajo el árbol que está atrás de la sacristía un domingo que venía de comulgar… yo no, ella. No se enoje, señor comandante, si no le hice ningún mal a su hija, ya ve que no pasó nada. Además, ustedes me pidieron que confesara la verdad y es lo que estoy haciendo: les estoy diciendo toda la verdad. Pero le juro que Rufina se fue volando, y le aseguro que yo no la tengo escondida y menos embarazada en ningún lugar, y no crea que no la embaracé por falta de hombría o de ganas, bueno, puede que por falta de ganas sí, porque nunca quise embarazarla, yo sólo quería enseñarle lo que toda mujer decente no debe hacer hasta después del matrimonio, así como se lo enseñé a su hija, a Magdalena, a Lupita, a Julia y a casi todas las señoritas que van a las reuniones de la iglesia los domingos. Y digo casi a todas porque a Rufina jamás pude enseñarle nada, pues doña Engracia y don Eulalio casi nunca la dejan sola, con eso de que es su única hija, la cuidan más que a su dinero. Y como dicen que yo soy un mil usos sin fortuna y sin futuro, pues nunca pude acercármele, hasta hoy que la encontré sola, pero de saber que se iba echar a volar y que yo terminaría esposado frente a usted por ser el último con el que la vieron, ni la lucha le hago, eso se lo aseguro. Aunque, para ser sincero, señor, yo no sé por qué doña Engracia le cree al padre eso de que yo embaracé a su hija, si ella y las señoras del comité de caridad fueron las que me enseñaron cómo hacerle para no andar dejando hijos regados por el mundo. Fue hace cuatro años, porque recuerdo que acababa de cumplir dieciséis, cuando doña Malena, esposa del presidente municipal, me pidió que fuera a su casa para desyerbar su jardín. Acabando la faena, me dijo que subiera a su recamara para que me pagara, y cuál fue mi sorpresa al entrar y verla recostada en su cama toda desnuda, con las piernas abiertas y los ojos clavados en mi herramienta. Me dijo: “Quítate la ropa, Chintito, que te voy a enseñar lo que debes hacer para no dejar hijos regados por el mundo, y además te voy a dar un extra por este trabajito”. Le confieso que al principio no me animaba, pero mi mamá estaba enferma y necesitaba el dinero, así que me desvestí y me puse a trabajar según las indicaciones de la señora, y que Jacinto muévete así, y que Jacinto no vayas a acabar adentro, y cuando sientas raro entre las piernas lo sacas, Jacinto y al final “¡Ay, Chinto, qué sabroso!” Después de eso, todas las señoras del comité me dieron trabajo, y yo sabía que después del trabajo tenía que hacer el trabajito extra. ¡No, por favor! Quererme ahorcar por ganarme unos centavos me parece mucho castigo, si yo lo único que hice fue hacer lo que sus señoras me ordenaron. No he robado ni he matado, y les juro que Rufina se fue volando, yo no la tengo secuestrada ni embarazada en ningún lado. ¡No me pegue, señor presidente! Yo sólo digo la verdad, como ustedes lo pidieron. Yo sólo puse en práctica lo que sus esposas me enseñaron ¡Dígale a don Eulalio que me suelte! ¡Yo no sé dónde está Rufina, yo no hice nada que pudiera embazarla! ¡Se fue volando! ¡Le juro que se fue volando! –Apenas te soltaron, Jacinto. –Sí, Rufina. –¡Pero mira cómo te han puesto! ¿Te duele mucho? –No es nada, nada que tus manitas no puedan curar. –Ay Chinto, yo creo que mejor me regreso a mi casa, qué tal si se dan cuenta que yo no vuelo, que todo fue una mentira, que en verdad estuve en tu casa haciendo cositas contigo. –Cálmate, Rufina, con todo lo que les dije ni se acuerdan de ti, si vuelas o no vuelas ahorita es lo de menos. Además, no estabas aquí cuando vinieron a buscarte, así que, como ellos dicen: “no hay delito que perseguir”. –No sé, Chinto, ni modo que mañana nomás me voy a apersonar así como así, y qué tal si no me creen, ya ves que aquí la gente luego no quiere creer nada. –Para que parezca más real, mañana temprano te doy una revolcada en el monte y ahí te dejo tirada, no te preocupes, no te voy a pegar muy fuerte; luego invito al pulque a mi amigo el nevero y a don Gel, y te encontramos ahí tirada e inconsciente, luego dices que no recuerdas nada más que las nubes y el cielo azul, y listo, en una de esas hasta te andan canonizando como al Juan Diego. –Bueno, pues espero que dé resultado… pero no me pegues muy fuerte, por favor. –Ya te dije que no te preocupes, y mejor quítate la ropa para que te enseñe lo que no debes hacer con un hombre hasta después del matrimonio. |
||