Cuaderno Número                                                                                 Mayo, 2009


Globos y Dinosaurios

David J. Enríquez

Eras muy chico cuando le dispararon. Ese día, hace muchos años, dos tipos asaltaron la farmacia.

Dos tipos vestidos de negro y con pasamontañas entraron corriendo; el más alto se quedó atrás y el otro se acercó a mí. Me pidieron el dinero de la caja, yo no pude abrirla, estaba muy nervioso y las manos no me respondían. Vi que el sujeto alto de atrás tenía amagada a mamá con una pistola. Entraron dos policías y empujaron a un asaltante: se cayó el arma; escuché la detonación, el disparo. La bala entró en el vientre de mamá. Los policías detuvieron al asaltante que estaba tirado y el otro corrió.

Llegó una ambulancia y me llevaron a declarar a unas oficinas; lo hice casi mecánicamente, por varias horas. Después fui por ti a la casa. Estabas con la tía Flor. Te vi jugando con un globo rojo en el patio, o querías bajarlo de unas macetas, nunca puse mucha atención a tus juegos. No fuiste a saludarme. Caminé hacia el pasillo, me deslumbró el reflejo de un foco en el mosaico verde, casi era de noche.

Al final encontré a la tía, con su taza de café, y concentrada en el brincoteo de los canarios.
—¿Tu mamá sabe que fumas?, —fue lo primero que me dijo. Me vio de reojo. Estaba sentada frente al comedor. Yo puse el cigarrillo sobre una caja y la abracé. Ella era pequeña, yo sólo me tenía que encorvar un poco para poder abrazarla. —Bueno, ¿pero qué pasa? —me dijo, yo tartamudeaba una frase.

—Le dispararon, tía, está en el hospital —le musité.

—Válgame Dios, ¿a quién?

—A Elena —le respondí, luego nos separamos despacio. Yo me mordía los labios.

Flor se puso a llorar. La abracé otra vez.

—Vamos a verla, voy por Braulio, —le dije, procuré un tono muy suave, como quien no quiere despertar a nadie. Me puse una chamarra y saqué otra para ti. Fui contigo al patio, corrías de un lado a otro siguiendo el globo; tu pantalón estaba lleno de tierra. Era muy reconfortante verte jugar, no quería interrumpirte. Me saludaste con la mano.

—Mamá está en el doctor, vamos a verla.

—¿Qué tiene? —Tú agarraste la chamarra y el globo; me seguías viendo a los ojos: te abracé hasta que oí una queja tuya, te escabulliste.

—Le duele la panza. Apúrate para que la veamos.

Cuando llegamos al hospital, había menos luz. Todas las caras y las prendas se veían opacas. Parecías un muñeco de peluche con esa chamarra encima, no medías más de un metro veinte. Te llevé de la mano por el hospital.

No había nadie en las salas de espera. A veces una enfermera se cruzaba enfrente y se escuchaban sus tacones hasta que se detenía. Subimos dos pisos y llegamos a su habitación.

Abrazaste al dinosaurio de plástico que llevabas, no te recuerdo tan callado desde entonces. Entramos y corriste hacia mamá. “¡Suéltenla, déjenla!”, gritaste. Yo fui a cargarte, no te dejé tocar las jeringas del suero. Llorabas a gritos, gimoteabas “mami, mami”. Tiraste el dinosaurio y la tía te sujetó.

Yo salí de la habitación, Laura me había llamado y le conté de mamá; entonces fue al hospital. Subí con ella y te vimos en la sala, sentado con Flor en las butacas, frente a la televisión. La tía rezaba con los ojos cerrados, vi cómo repetías con las manos juntas lo que te decía.

Me acerqué a ti, Flor me invitó a rezar.

—Esas son mamadas —dije al aire.

—No te enojes —me dijo Laura al oído, luego te abrazó con fuerza y se levantó. Fuimos a la habitación donde estaba mamá.

La vi otra vez, tendida en la cama. Me senté a sus pies, y Laura fue a la cabecera. Me quedé escuchando el pitido de una máquina de electrocardiogramas conectada a mamá: una señal estable, una gráfica con cambios agudos. Desde que entré a esa habitación no había levantado la vista del mosaico blanco que cubría el piso.

—Ya pasó, señora, va a estar bien —le dijo Laura a mamá y regresó conmigo. Puso sus ojos frente a los míos. “No estés triste, pequeño”, me escribió en la palma de la mano con un plumín negro; me besó; apenas levanté la mirada, luego volví a fijarla en el piso. Laura no había soltado mi mano, la deslizó bajo su blusa. Sentí bajo el encaje del sostén su pecho tibio y el pezón que empezaba a endurecerse. Ella movía mi mano bajo la suya para que la acariciara, muy despacio. La vi a los ojos, ella sonrió. Mis rodillas chocaban con las suyas y seguía de pie frente a mí.

Me soltó la mano y acarició mi ingle. Entonces el pitido de la máquina cambió a uno constante. Giré la cabeza: la gráfica del electrocardiograma se había vuelto una línea recta, blanca.

Me acerqué a la cabecera de la cama.

—¿Elena?

Salí a buscar a un doctor o una enfermera. Flor y tú entraron, Laura les explicó. Llegué con el doctor y nos pidió dejar la habitación. Salió diez minutos después, negó con la cabeza.

La tía escondió la cara entre sus manos, tú le preguntaste qué pasaba.

—Tu mamá se fue al cielo —te dijo. Luego le preguntaste cuándo iba a volver y ella te dijo que mamá se quedaría ahí para siempre.

—Pero yo quiero verla —le respondiste, empezabas a llorar. —Quiero verla.

Te llevé a casa un rato después. Lo primero que vimos al entrar fue el plástico rojo del globo, ya sin aire y frente a la puerta. Fuiste a tu cama y te acompañé, yo iba a volver con Flor, pero vi que te envolviste con cobijas e intentaste dormir.

—¿Qué, hoy no te lavas los dientes?, además siempre rezas con la tía antes de dormir —te dije desde la puerta. Diste un brinco para levantarte.

—No quiero, Dios hace al revés todo lo que le pido —me dijiste, sentado en la cama.


Las Inolvidables y
un nuevo amanecer

Daniela Álvarez

 

No fue por la fachada blanca y sucia, que Lorena decidió dar media vuelta y caminar sobre la banqueta hasta la casa de reposo. “Nuevo amanecer” decía en la pequeña placa azul, colgada en la parte alta de la pared. Una ventana abierta despedía un olor dulcísimo, casi asqueante; el aroma penetró en la nariz de Lorena, ella olvidó las cosas que tenía que hacer y el lugar al que iba. Se acercó al ventanal del que pendían dos cortinas blancas de tela delgada, transparente, y con un bordado a mano. Sus ojos recorrieron a los abuelos uno por uno. En total, en la habitación amueblada con unos cuantos sillones y dos o tres sillas, se encontraban sentados y en silencio unos siete ancianos. Una mujer de cabello voluminoso de color café con mechones blancos, descansaba sus pies en el suelo percudido, mientras la anciana de al lado tejía una bufanda rosa, que desde lejos amenazaba con irse chueca o deshilarse ante cualquier pequeño movimiento; una bufanda malhecha con todas las fuerzas.
Un viejo dormitando sobre su andadera, aventaba la cabeza de un lado al otro, las sacudidas eran espaciadas y en cada una se veía más cercano el golpe de su nariz contra el fierro de su aparato.

A Lorena le parecieron cansados, llenos de arrugas, solos. Quizá fue esa la razón por la que Lorena se decidió a entrar; también por el hombre gordo que estaba con ellos en la sala. Se entretuvo por mucho tiempo contando unos billetes, pasándoselos de mano a mano y sin mirar a los viejos; o tal vez fue el olor a tienda de antigüedades, a iglesia en pleno domingo, lo que empujó a Lorena a entrar a esa descuidada construcción. ¿A quién viene a ver? Le preguntaron al abrirle la puerta. Después de una extensa explicación de cómo no visitaba a nadie en especial, y que tampoco quería hacer ningún servicio social, la dejaron entrar acompañada de risitas y chistes sobre las personas sensibles y sus buenas acciones del día. En el silencio, sus pasos resultaban en una melodía chocante y estrepitosa que logró medio despertar a los ancianos que dormían. La observaron atentos de arriba abajo, como queriendo recordarla de algún lado, tal vez una nieta que no habían visto desde hacía unos años, conscientes de que, a su edad, si no falla la memoria, falla la vista o las ganas de acordarse.

Lorena miró dentro de sus años de infancia a su abuelita, día tras día, sentada en el sillón de tela fría y con estampado de flores, ya muy bien amoldado por sus caderas. Ella frente a las telenovelas de la tarde, hilando y deshilando constantemente el punto de cruz en el aro para bordar. A Lorena siempre le había hecho falta una presencia así, unas manos suaves con olor a crema de catálogo, unos ojos quietos, muy brillantes; unos que guardaran años y gente y dolores. Apenas posaba su cabeza, y el calor que emanaba de su pecho hacía que se quedara profundamente dormida; nunca fue diferente.

La joven avanzó hasta la sala, saludó a los extrañados adultos mayores y aclaró que sólo estaba ahí para hacerles compañía; no sería el único día que lo hiciera. Sus visitas fueron cotidianas a pesar de los accidentes posteriores al primer fin de semana. En un principio, los abuelos se acercaron entusiastas, algo desesperados, a su cuerpo, la apretujaron en medio de un sillón; ella sintió las formas regordetas de los viejos. En ese momento se puso muy nerviosa, sofocada, como si se la fueran a comer viva. Sintió el impulso de levantarse y salir corriendo. Lo contuvo. Escuchó atenta las anécdotas y los reproches para los empleados de la casa de reposo; del asilo.

Los hijos de Edna la quieren pero no tienen tiempo de atenderla, tampoco de visitarla. Cuando ellos eran niños, su madre trabajaba doble turno en una fábrica de muebles de madera, para poder encargarse de todos los gastos, incluyendo la escuela. En sus tiempos libres trató de jugar con ellos y atenderlos lo mejor que podía. Ana Lilia vivió durante años en el campo, dice que cocina delicioso y que prepara unos postres riquísimos, teje toda clase de ropa, desde unos guantes hasta un suéter. Lo que casi nadie sabe es que, allá en su casa, plantó y cultivó marihuana cuando era joven. Ahora se da su buena sobada con esa hierba y un poco de alcohol todas las noches, así alivia el dolor de las piernas. Don José platica muchos cuentos del Partido (nunca dice cual), de los debates en la universidad de la que lo corrieron por andar de alborotador; que borraron su historial académico junto con el de otros dos de sus compañeros, a los que no volvió a ver. Lorena lo escuchaba atenta, pero muchas veces pensó que era una exageración. El día que sus hijos fueron a verlo a su casa, lo convencieron de irse a vivir a un lugar de reposo, para que conociera personas de su edad. Sus nietos se la pasan peleándose la herencia y él todavía está vivo. Sus carcajadas llenan el cuarto cada vez que se acuerda que en su testamento se lo deja todo a su vecino de diecisiete años, un muchacho que subía a verlo en ocasiones y platicaba de fútbol con él.
Lorena se encariñó pronto con esa experiencia. El segundo fin de semana, después de tomar un vaso de agua de jamaica sin azúcar, entró al baño. Se arrepintió en seguida al ver a un grupo de moscas que revoloteaban emocionadas sobre la taza, fue peor cuando pisó el charco de orines en los azulejos percudidos. Con el olor y el asco bien impregnados en la nariz, regresó a la sala, donde los viejos pasaban todo el día. No tenían modo de entretenerse, hasta que Lorena llevó un radio AM/FM con el que, sin querer, ocasionó varias peleas entre Las inolvidables de ayer y hoy, y las noticias (para enterarse de lo que pasa en el mundo). Las inolvidables ganaron en todos los enfrentamientos, sin excepción alguna, quién podría negarse a ver su vida en canciones clásicas. A la joven le resultaba imposible no sentir compasión por las personas que ahí residían, ancianos a los que por sus impedimentos físicos les era muy difícil bañarse o comer solos; aun así, nadie los ayudaba. Sólo por una noche, la invitada decidió quedarse a dormir en el asilo. Ver un nuevo día en compañía de los abuelos que, de alguna manera, llenaban el espacio que dejó su abuelita. Todo estaba muy silencioso, y en la obscuridad parecían danzar siluetas que Lorena no reconocía. Los ruidos extraños, muy similares a los que se escuchan en los hospitales durante la madrugada, la dejaron descansar muy poco.

El escándalo comenzó por la mañana, cuando encontraron a Edna muerta en el baño. Le dieron más pastillas de las que debían y su corazón no lo aguantó. La siguiente semana hubo otra muerte.

Ana Lilia; demasiada azúcar para una diabética. Don José, que caminaba con ayuda de un aparato, se cayó por las escaleras en la noche y lo encontraron a la mañana siguiente. Se fueron muriendo uno por uno, era algo casi imposible de creer, de no ser por el gordo de los billetes, el baño apestoso y la comida medio cruda.

El sábado por la tarde, ya no era ninguna sorpresa llegar y encontrarse con otra muerte; sin embargo, vio en la orilla de un sillón a una mujer que no había visto antes, o al menos no la recordaba. Era muy delgada y bajita, con un enorme diente en las encías, sostenía un álbum de fotos muy ancho entre las manos. La anciana sonreía feliz, ahora le iba a mostrar sus fotografías. No había nadie más antes de ella. Era su turno.