CUADERNOS DE EDUCACIÓN SINDICAL # 88

LA MOSTAZA POR FAVOR
(cuentos)

Lucas Minello Barbieri

a Pablo y Lucia

 
 

 

INDICE

NO ME DEJES
EXPRESIONES
MUCIÑO Y EL PROFESOR DIMINUTO
TRÍPTICO
LOS ACORDES DE SU EXISTENCIA
DICIEMBRE
ANTE NADA
MADRUGADA
SOMOS CAMPEONES
VOLVER A CASA
UNA DOCENA DE MUERTOS
VALORES
EL OTOÑO DE SUS DÍAS
ECHAR RAÍCES
CONVICCIONES
CAÍDA LIBRE
LA CONSIGNA
EXTRAVIADO
EL ÚLTIMO PASO
SOSPECHOSO
COMPETENCIAS
UN POCO DE ADEREZO
CAMBIAR DE VIDA
ANÓNIMOS

   


NO ME DEJES

Te veo lejana en un rincón del inmueble. En cuclillas, con el rostro cubierto por tus manos. Tus ojos lloran sin razón. Tus lágrimas no se ven, tu sollozo tampoco se oye, apenas se respira la tristeza a tu alrededor.

Me acerco despacio.

Tímido.

Corre un viento ligero y al mismo tiempo ruidoso; frío, además. Y tras ello, lo único que llega a percibirse es tu desconsuelo.

En el rincón no hay más luz que la tuya.

Cesa el llanto repentinamente.

Tu rostro se despoja de toda evidencia, se ve fresco, dulcemente maquillado, mientras tus manos echan hacia atrás el pelo lacio y tu delgada figura camina por el pasillo llevando consigo la oscuridad de aquel rincón; tu luz alumbra los pasos y ennegrece el entorno.

Sigo maravillado, la belleza de tu persona que camina en línea recta, nada le estorba, nadie se le cruza. El pasillo se alarga cada vez más, mientras el pequeño inmueble se vuelve inmenso.

 El viento comienza a soplar con fuerza.

Mi paso se hace lento.

 Aumenta la distancia entre nosotros y continuo distinguiendo con claridad tu figura esbelta cubierta por pantalones de mezclilla y suéter azul que camina con blancascalcetas sobre mocasines cafés.

 Muchas veces te he visto pasear por aquí o por allá, sola, cuando tu rostro resplandece al mostrar plena su sonrisa. Dulzura también advertida al mirarte de espaldas y fascinarme con la caída sencilla de tu cabello castaño claro.

 Otras tantas pensé en acercarme para decirte alguna de las palabras gastadas indispensables al iniciar cualquier plática.

 Pero no.

 Ninguna de las frases del repertorio alojado en mi memoria resulta adecuada para abordarte

 Tal vez no sea el momento,

 Y entonces...

 Qué hacer, cómo verte de cerca, cómo olfatear el vapor de tu perfume, cómo disfrutar de tus labios y saborear la textura de tu lengua, cómo estudiar tus pupilas.

 Me decido a acelerar el paso y mientras el corazón late fuerte, tan fuerte que parece desear escaparse de su cavidad, comienzo a sentirme pleno, eufórico, exultante como...

 Los metros que nos separaban se convierten en centímetros y estos se reducen a milímetros.

 Gano un semblante de placer y felicidad.

 Mi nariz roza tu cuello, tu perfume me embriaga, me absorbe, me ahoga...

 Abrazo la certeza de hallarme en el instante esperado, el de nuestro encuentro. El momento para hablarte, para decirte todo aquello que he venido pensando desde mucho tiempo atrás, para manifestarte todos los sueños que despertaron tus pasos.

 Súbitamente tu marcha se altera, esa suavidad imperturbable se transforma en unas zancadas que parecen suspendidas en el aire.

 El viento se torna violento, el ruido insoportable.

 Mi paso se mimetiza con el tuyo.

 El pasillo desemboca en una luz blanca e intensa que obscurece todo el entorno.

 Volteas tan repentinamente como los hechos y sin dejar de caminar me extiendes la mano, al tiempo que tu rostro sonríe con vehemencia.

 Te pierdo de vista.

 El suelo se inclina, me resbalo, desciendo como objeto arrojado por una rampa. Trato de arañar el piso, de detener mi caída. Pataleo con intensidad.

 Un suspiro congela los movimientos, dirijo la mirada hacia arriba y te encuentro anclada en el pasillo con tu sonrisa desplegada y tu mano en alto haciéndome adiós.
 Estiro el brazo y grito desesperado:

No me dejes, no seas culeraaaaa...


EXPRESIONES

Lo desnudas entero frente a ti y después te despojas lentamente de tu vestido rojo, desabrochas el sujetador y con tus manos desciendes los calzones hasta el suelo.

Acuestas tu cuerpo sobre el lecho.

Camina hacia ti mientras abres tus extremidades acogedoramente, atrayéndolo, como un imán, a la fogosidad que anima la expresión descubierta de tu ser.

Sus cuerpos se fusionan con suavidad, despacio, con dulzura.

Contraes las piernas y los brazos recorren su espalda presionando su cuerpo con el tuyo.

Arañas sus glúteos.

Besa tus pechos, suaves, blandos, grandes.

Tus uñas largas, de esmalte rojo, dejan su huella en su espalda y se clavan en la cabeza.

Su lengua prueba la tuya, y después tus labios aun con sedimentos del abundante maquillaje que los decoraba y tus cachetes suaves cubiertos por un polvo rugoso por donde escurren los restos de las espesas sombras que coloreaban tus párpados. De tu cuello emanan vapores de un perfume penetrante, fuerte, de olor llamativo.

Oprimes con tus piernas su cadera para sentir en tus entrañas la intensidad de la embestida amorosa y entonces aúllas, aprietas, muerdes, rasguñas, lloras...

Gimes tu placer, tu dolor, tu pasión.

Sientes la electrizante llegada al éxtasis y todavía tensa, percibes sus contracciones al descargar la intensidad de su orgasmo.

 

Una distendida calma se va apoderando de tu cuerpo y tras un interminable suspiro, sentencias:
Hijos, que lindo!!!


MUCIÑO Y EL PROFESOR DIMINUTO

El Profesor Diminuto se levantó temprano en la mañana, fue al apeadero y le dio de beber a Muciño, después le invitó un poco de pasto. El caballero apenas se echó agua en la cara, sobre su raído calzón y la gastada camiseta se colocó su armadura, aboyada y oxidada por el uso. Su sueldo no le alcanzaba para botas, apenas usaba unos guaraches de llanta, lisos, prácticamente deshechos. Tampoco podía usar casco, se protegía la cabeza con una coladera esmaltada que alguna tía le había regalado durante su infancia. No tenía más que un espagueti semicrudo para detenérselo. Como arma, debía usar un alargado paraguas, al que había afilado la punta.

Muciño era un animal de bajo pelo. Pretendía estar entre los equinos, pero apenas se le podía considerar como una suerte de burro. Estaba flaco, pues no lo alimentaban adecuadamente. Era una bestia con algunos años, corría poco, aunque El Profesor Diminuto siempre se sintió en las pistas del hipódromo.

El jinete montó al animal que no llevaba silla y cuya rienda estaba tan gastada, que había requerido de múltiples reparaciones.

Muciño le temía al agua, así como a muchas otras cosas, por lo que obligaba a El Profesor Diminuto a realizar penosos esfuerzos para sacar a su burro de los pantanos donde habitaban. Eran esos contratiempos los que hacían madrugar a El Profesor Diminuto y, así, poder llegar temprano diariamente a la Facultad de Ciencias Duras.

Sobre el camino de tierra, Muciño avanzaba lento, saltando para librar los charcos. El Profesor Diminuto sujetaba la rienda y apretaba sus piernas al lomo de la bestia, creyendo que la velocidad del animal era sobrenatural.

En el vértigo de semejante emoción, El Profesor Diminuto planeaba asestar un golpe certero a los otros caballeros de la tres veces H. Facultad de Ciencias Duras. Pensaba que él merecía más que su puesto administrativo de mediana altura. Pensaba que él se había sacrificado por la institución, como lo demostraba la lastimosa situación en la que vivía. Pensaba que él estaba llamado a ascender y eliminar a esos jinetes bribones que se atravesaban en su camino a la gloria; como lo soñaba todas las noches.

Tras casi una hora de viaje, El Profesor Diminuto llegó a las puertas de la institución. Se detuvo. Recordó sus anhelos, su porvenir, la gloria que le esperaba. Se sabía en el momento oportuno. Ajustó su coladera, se acomodó la armadura, empuñó amenazante el paraguas y golpeó a Muciño con los talones. La bestia comenzó a correr agitada, avanzó lo más rápido que pudo, llegó a recorrer diez metros en igual número de minutos. El jinete se excitó, saltó sobre el burro como si éste corriese en algún premio hípico.

Al ingresar al estacionamiento, El Profesor Diminuto derribó con el paraguas al guardia que intentaba darle la contraseña. Avanzó por el medio de la calle, sin que nadie le saliera al paso. Atravesó los jardines. Llegado a la explanada dio vuelta hacia el edificio principal y antes de entrar en él, combatió a alumnos, maestros y funcionarios que intentaban contenerlo. Dio paraguazos a lo loco y venció a todos sintiéndose Napoleón en el paso de San Bernardo; por cierto, la única imagen del prohombre que conocía. Adentro del inmueble, el paraguas de El Profesor Diminuto pudo más que las escobas de los empleados de limpieza. Enfiló hacia las escaleras, se deshizo de algunos estorbosos y ascendió por la escalinata como quien asciende en la carrera académica o en la burocrática o en la militar; que para él todo era lo mismo.

Al llegar al último piso, Muciño cayó agotado por el esfuerzo supremo que le representó el ascenso del jinete. El Profesor Diminuto se decidió a abandonarlo. Un día, mucho tiempo atrás, cuando la Facultad de Ciencias Duras celebraba la inauguración de sus modernas instalaciones,lo encontró pastando en la sección de egresados, que por entonces no era más que un lote baldío, y decidió adoptarlo como su profesor asistonto, lo cuidó, lo ayudó, hasta le dio una materia en la fosa común para entrenarlo en las habilidades docentes. Con el paso del tiempo terminó por convertirlo en su inseparable compañero. Al verlo yacer en el piso, lo pateó reprochándole semejante ingratitud en momentos tan cruciales para la historia de la humanidad. A pie continuó su camino hacia la Secretaría General; la meta que durante todo ese tiempo había anhelado. Trotando tanto como sus años se lo permitían, ingresó a la oficina, luchó contra las secretarias y derribó la puerta del despacho del jerarca. Sorprendido, el titular no atinó sino a colocar su espalda contra la ventana, tratando de encontrar un hueco por el cual escapar. El Profesor Diminuto lo insertó con el paraguas y rompiendo los cristales, lo arrojó al vacío.

Suspiró triunfador el caballero, se dio vuelta, dejó el paraguas sobre el escritorio y posó para los fotógrafos del órgano de difusión de la Facultad: su esquelético pie se apoyó en el sillón, mientras él alzaba los brazos presumiendo su pobre musculatura.

Terminadas las fotos, El Profesor Diminuto reflexionó que esa era sólo una conquista, él había nacido para ser un triunfador, el Gran Emperador de la tres veces H. Facultad de Ciencias Duras, nadie podía estar por arriba suyo. Tomó el paraguas y con su lánguido paso, que él creía firme y temerario, se dirigió a la Dirección. Fue haciendo a un lado a los mirones ociosos que le salían en su camino, hasta rechazó al cerdito digno de la corte de los milagros que no veía, apenas tartamudeaba, tenía artritis por lo que debía arrastrarse por el suelo, pero que deseaba con fervor ser el escudero del Gran Caballero de la Facultad; como antes lo había deseado con el defenestrado secretario general.

En la Dirección no se entretuvo con pequeñeces, abrió la oficina del jefe y gritó: "mi estimado y muy apreciado Dr. en Cie. Dur. temo advertirle que le ha llegado su hora". El director tomó su paraguas y se lanzó sobre el intrépido caballero. Lucharon con sus armas deseándose mutuamente la muerte. La armadura de El Profesor Diminuto sufrió muchas más abolladuras que a lo largo de la historia, mientras el traje nuevo del jerarca era tajado y perforado por el temible paraguas del caballero. Al director se le rompieron los lentes de un paraguazo que llegó como lanza al ojo derecho, El Profesor Diminuto perdió su coladera, pues el director le cortó el espagueti y la mitad de la cara. Continuaron peleando por un buen rato. La condición física del caballero parecía formidable, no obstante su debilucha figura. El jerarca, en cambio, se cansó a poco de iniciada la batalla; a pesar de sus actividades aeróbicas, de alto y bajo impacto, realizadas todas las mañanas. La sangre de ambos manchaba la alfombra, tan fina como nueva. De repente, el director quedó de espaldas a la ventana, como antes había quedado el secretario, el jerarca tiró su paraguas y dijo: "me rindo". El Profesor Diminuto ganó una cara que reflejaba incontenible su sádico placer y marchóhacia él."Me rindo", volvió a gritar el director y tras unos pasos de su rival agregó:"piedad", intentó hincarse, pero no le dio tiempo. El Profesor Diminuto lo ensartó con su arma invencible y como al secretario, lo arrojó al vacío.

Con su paraguas en la mano derecha, El Profesor Diminuto salió de la oficina y se asomó al balcón central del inmueble, una sonrisa le cubrió el rostro aun sangrante, mientras pleno de satisfacción, levantó su espada ante la multitud que abajo lo aclamaba.


TRÍPTICO

LA VELADA
El sol fue cayendo con rapidez tras haber ocultado los últimos rayos de la tarde, se aproximaba la hora de cerrar y con ella terminaba un día tan largo como frío en el que el trabajo resultó intenso, no obstante el cumpleaños de Gabriela.

Apagadas las luces principales del establecimiento, Gaby acudió al baño después de varias horas de desearlo, incluso con apremio.

Orinó todo el café que se había bebido en las últimas cuatro horas de trabajo. Se ajustó sus negros pantalones, acomodó su blusa blanca, después se puso el suéter entre gris y crema cuyo espesor le permitía soportar el frío del exterior. Sus manos acariciaron los cortos cabellos de su peinado, antes de retocar el maquillaje y recargar la dosis de perfume con que bañaba su cuello por las mañanas.

Regresó a su escritorio, tomó su bolsa, su carpeta y abandonó la agencia por la puerta lateral que controlaba el guardia de la institución.

Afuera se encontró con él, vestido de traje con un ramo de flores y una caja cubierta por el papel de regalo que coronaba un moño rojo.

Cenaron en los tacos "Don Justo", a pocas cuadras del trabajo de Gabriela. Cinco tacos al pastor para cada uno, un "pato" de limón para él y otro de naranja para ella. Después, unas cebollitas, unas quesadillas, un taco de bistec, un alambre y finalmente la cuenta.

Sus besos tenían un sabor a cebolla y cilantro, a piña y carne adobada y una intensidaddesmedida.

Regresaron por el coche y en él se fueron hasta el hotel Encanto, cuya discoteca invitaba a la pareja a bailar durante toda la noche.

Gabriela movía su delgado cuerpo con la emoción que le provocaban sus 25 años y que le permitían agitarse sin apartarse un milímetro del ritmo que estruendoso llegaba a sus oídos. Las horas corrían y ella no se despegaba de la pista ni siquiera para tomar un respiro. Su cuerpo daba vueltas una y otra vez, mientras los brazos se alzaban tratando de alcanzar el techo. Cuando la armónica se volvió suave y acompasada, Gabriela continuó bailando, ahora abrazada a su pareja; a quien no dejaba de enviarle la viva sonrisa de sus labios.

La música cesó bien entrada la madrugada, ellos acudieron a su mesa, reposaron por un momento mientras bebían los últimos sorbos de sus bebidas. Las luces del local aumentaron lentamente, como anunciando el final del espectáculo. Ellos pagaron la cuenta y salieron al vestíbulo del hotel; abordaron el elevador para dirigirse a la habitación 512.

En ella no perdieron tiempo, mientras él desanudaba la corbata, Gabriela se colocó al borde de la cama y con los movimientos sensuales que la caracterizan desabrochó su pantalón y lo fue bajando hasta los tobillos, después repitió la operación con los calzones de azules dibujos. Se despojó de todo ello, así como del calzado y los calcetines. Mientras sus piernas la impulsaban hacia el interior de la cama, se quitó el suéter y la blusa, para desabrochar el sujetador cuando su cuerpo yacía ardiente sobre el lecho. Su compañero cayó sobre ella completamente desnudo.

Al aire nocturno del cuarto lo cruzaron intensos gemidos que dibujaban un placer igualmente fuerte. Volaron las palabras del momento: te quiero-te amo-me gustas-te extrañaba. Junto a ellas, murmullos ininteligibles. Besos y mordidas, caricias que recorrían el cuerpo entero, abrazos, fuerzas contenidas por largo tiempo que se descargaban en la pareja. El ritmo del encuentro fue creciendo y con él aumentaban las expresiones de placer hasta ensordecer el ambiente.

Sobrevino el sosiego posorgásmico cuando la madrugada ingresaba en la última de sus etapas.

Apresurados salieron del hotel, abordaron el auto de Gabriela y se fueron a la casa de la pareja. Después, Gaby incursionó en las populares calles de su colonia, sigilosa estacionó el automóvil frente a su hogar para luego, dentro de él, caminar de puntitas hasta su recámara, donde dormían sus dos hermanas.

El despertador sonó una hora más tarde de lo habitual. Gabriela se bañó como todas las mañanas, apenas probó el desayuno y antes de salir al trabajo cubrió con el maquillaje las huellas de la velada.

Llegó a la agencia con treinta minutos de retraso, pero con una felicidad que nada podía borrar de su rostro.

EL SUSPIRO

 -Quieres cenar o primero lo hacemos rápido?
 -No sé...
 -Como quieras.
 -Bueno de una vez.

Gabriela desajustó la hebilla de sus zapatos para dejarlos al pie de la cama. Metió sus manos por debajo de la falda azul y por sus muslos hizo rodar las medias negras de textura fina que cubrían sus bien torneadas piernas.

Las dejó al lado de sus zapatos.

Hizo una pausa para despojarse del saco y quitarse la mascada que llevaba en el cuello. Después volvió a meter sus manos por debajo de su falda para agarrar los calzones blancos, de encaje. Los jaló hasta los tobillos y con sus pies los colocó encima de la medias.

Alzó su falda dejando al descubierto unos glúteos de apreciable tamaño, perfectamente delineados.

Tenía tiempo que ella había abandonado su empleo como edecán en el que consiguió jugosos contratos en diversos lugares. Ahora trabajaba como locutora de noticias en un canal de televisión intercontinental, las facciones de su rostro resultaban hipnotizantes y por ello había conseguido el horario estelar para salir al aire.

No vivía muy cerca de la oficina, pues los estudios de la televisora se localizaban en el seno de un barrio industrial, el lugar más barato para transformar un complejo de cinco inmensas bodegas en los estudios centrales de la TV.

Gabriela abordaba su Mustang rojo para atravesar la ciudad entera por el circuito de arterias que le permitían aprovechar al máximo los ocho cilindros de su vehículo. A las cuatro de la tarde, cuando debía ingresar en su trabajo, las calles estaban lo suficientemente despejadas como para que ella no tardase más de media hora en llegar a las verjas verde olivo de la empresa, donde apenas encendía las luces del automóvil para que le abriesen el paso.

Bajaba de su auto enfundada en la elegancia de su ropa, lo que provocaba que los ojos masculinos se detuviesen en ella fijamente mientras circulaba por los pasillos. Se podían respirar las miradas que le lanzaban por la espalda, lo mismo que los comentarios soeces y hasta alguna propuesta que rayase en la vulgaridad. Gabriela sonreía con naturalidad, mientras miraba por encima del hombro a la gente; estaba acostumbrada a recibir ese tipo de trato, lo mismo que a dispensar uno altanero y distante, e intentaba sacar provecho de las lecciones de actuación que había recibido durante sus actividades como modelo.

Llegada a la sala de redacción, respiraba hondo al ver a las otras mujeres, quienes además eran las primeras personas con quienes intercambiaba alguna palabra durante el día. Entonces sí, podía hablar con soltura, sentirse en el mismo mundo que sus compañeras; el de la sección de sociales en los periódicos, el de la vida de los “famosos”. Detalles tan ajenos a sus responsabilidades laborales, que sólo con ellas podía comentar. Disfrutaba intensamente las visitas a la cafetería durante los ratos libres o las salidas con sus colegas cuando disponían de tiempo. En el fondo, le agradaba sobremanera fijar su mirada en unos vestidos tan elegantes como los suyos, en lugar de soportar los mamelucos cafés o el informal arreglo del resto de los empleados; incluyendo los desarreglados trajes de los locutores.

Su contrato la obligaba a permanecer en la redacción dos tercios de su jornada laboral de seis horas, pues tenía una aparición en la pantalla que se prolongaba por 120 minutos, dividida en cuatro bloques. Durante esas horas obscuras, se dedicaba a repasar las noticias que más tarde leería ante la cámara y que podrían ser captadas en todo el continente.

Terminada su jornada, volvía a inflamarse de la arrogancia que le provocaba su belleza y que le permitía sentirse muy por arriba de los demás, en especial si estos eran incapaces de disimular una extracción popular; como la suya en cierto sentido.

Caminaba por los pasillos de la empresa, salía al estacionamiento, abordaba el automóvil y casi sin despegar el pie del acelerador volvía a su departamento.

Le agradaba de forma vigorosa realizar el trayecto acompañada de alguna de sus colegas, que en realidad eran casi todas mujeres salidas del periodismo, en lugar de provenir del modelaje como ella.

En su edificio hacía el cambio de luces y a veces tocaba la bocina para que el portero corriese a abrirle las puertas del estacionamiento. Dejaba el auto en su lugar y subía por el elevador hasta el departamento. La esperaba su pareja, a quien había conocido en los tiempos en que era edecán, cuando hubo de atender a los participantes en un congreso deportivo; vio su oportunidad, era un hombre alto, fornido, la imagen casi exacta de lo que andaba buscando. Se casó y soñó con una vida más tranquila que la que llevaba, pero el sueldo de entrenador de americano de su pareja, les resultaba insuficiente como para vivir únicamente de él.

Tumbada boca abajo, con la falda recogida y los glúteos desnudos, ella sintió las ásperas manos de su hombre recorriéndole las piernas, después le acariciaron los glúteos y siguieron sobre la blusa para depositarse sobre los senos. Las caricias eran toscas, llegaba a sentir dolor con ellas. Los movimientos de su pareja resultaban violentos, apenas sentía el aliento de él descargado sobre su oreja, mínimos eran los gemidos que ella emitía. Poco tiempo después, sintió a él paralizándose, mientras la intensidad con la que la apretaba aumentaba súbitamente. Escuchó una sonora exhalación. Su pareja se apartó de ella, se incorporó, se levantó los pantalones y se fue al baño.

Gabriela contuvo las lágrimas, se acomodó la falda, se puso los calzones, buscó unas pantuflas y se fue a la cocina a preparar la cena, mientras suspiraba por vivir un minuto de ternura en su vida.

EL PIJAMA

Llegada la hora de dormir, Gabriela se enfundaba en su pijama de franela, tan cálido como afelpado, que le permitía revivir la sensación exacta de cuando pasaba la noche entera con su oso de peluche en los brazos.

 

Había dormido con el muñeco desde que a temprana edad sus padres se divorciaran tras un conflicto ideológico, pues su mamá era comunista, mientras que su padre no pasaba de ser un liberal democrático. Tras el surgimiento de la guerrilla a finales de los años sesenta, su madre habíadecidido participar en alguno de los grupos clandestinos, mientras su papá se declaraba comprensivo con las autoridades; aunque nunca llegase a justificarlas.

Arribada a la adolescencia, Gabriela descubrió que los aterciopeladas pijamas de franela funcionaban como magníficos sucedáneos del nocturno compañero infantil. La costumbre arraigó pronto en sus sueños y desde entonces no utilizó otra prenda para dormir. Llegaba a admitir que los brazos de su amado eran insustituibles y que le gustaba colocar la cabeza encima de su hombro, acostada de lado, mientras le cruzaba el pecho con el brazo hasta que los primeros movimientos del sueño la obligaban a cambiar de posición. Sin embargo, nada la podía apartar de su pijama.

En las mañanas, se levantaba con sensuales movimientos y una sonrisa ligera que enseñaba la enorme satisfacción que le producía el transcurso de la noche. Caminaba descalza por la mullida alfombra, mientras simulaba abrazarse a si misma. Suspiraba hondo mientras esperaba a que el vapor que salía de la regadera cubriese todo el baño, cuya amplitud ciertamente no llegaba a ser exagerada. La misma libidinosidad empleaba al despojarse del pijama para después prolongar sus emociones bajo el agua caliente mientras acariciaba su piel con el jabón de fino perfume. Y repetía esos mismos movimientos y esos mismos deseos al envolverse en la velluda toalla de algodón.

Después, tomaba su tiempo para colocarse una a una las diversas piezas que componían el elegante atuendo exigido por su profesión. Frente al espejo de la recámara, Gabriela vestía su ropa interior de encaje, a la que admiraba detenidamente, después se ponía unas medias obscuras, para seguir con la falda de matiz negro o azul marino, tan sensual como discreta, se enfundaba en una blusa de aspecto sobrio con el color exacto para lucir un atavío de superlativa apariencia. Le gustaba permanecer descalza por unos minutos. Con calma arreglaba su peinado. Se maquillaba detenidamente,escogiendo con certeza las tonalidades adecuadas para la ropa y el floreciente estado de ánimo; lo mismo si se trataba de sus ojos que de sus labios o sus pómulos. Continuaba con el perfume de dulce y penetrante aroma, para terminar con los aretes, el collar y el prendedor.

Gabriela conservaba la sensualidad de sus acciones aun abordo de su BMW gris plata, en el que acudía al despacho heredado de su progenitor recientemente jubilado. Le agradaba revisar documentos, estampar su firma en ellos, organizar el trabajo desde el amplio sillón ejecutivo de su escritorio y atender a la clientela con la voz melosa y la suavidad de modales que acostumbraba tener.

Prefería volver a casa para comer con su pareja, que hacerlo junto a sus colegas en algún restaurante cercano a la oficina; las comidas de negocios le restaban brillantez a su acompasada figura. Lo mismo ocurría con la militancia en el Partido Comunista, al que se había afiliado por convicción después de haber visitado a su madre durante unas vacaciones de la universidad y en el que, no obstante, llegaba a participar con gran entusiasmo.

Tampoco era muy adepta a abordar los asuntos administrativos del hogar o del trabajo, para ello tenía al chofer del despacho que solucionaba todos los problemas; a pesar de que a ella le gustase reservar la mañana del viernes para acudir al supermercado.

Su jornada laboral solía prolongarse hasta las siete y media o incluso hasta ocho de la noche todos los días.

Para Gabriela resultaba un placer volver a esas horas a su casa, sobre todo si el trabajo en la oficina había sido abundante. Conducía con suavidad, procurando evitar que su vehículo entorpeciese el tránsito, pues era partidaria de las velocidades moderadas para poder disfrutar tanto al automóvil como a la ciudad.

En las callecitas que se extendían desde las arterias principales hasta su casa, era la única que manejaba con la precaución que reclamaba la asociación de vecinos, que alguna vez llegó a presidir. La direccional izquierda encendida, le indicaba al conserje que había arribado a la puerta del majestuoso condominio horizontal

Gabriela introducía el BMW lentamente y tras estacionarse en su lugar, permanecía un tiempo admirando la belleza de su casa con fachada de ladrillo, techo de dos aguas, ventanas de madera y una romántica chimenea; el motivo más poderoso al momento de decidirse a comprar el inmueble.

Sin embargo, apenas estaba unos minutos en el hogar pues no bien llegase su pareja, partían ambos a disfrutar de la noche.

Comenzaban por ir a cenar a un restaurante sencillo, lo importante era compartir el momento, disfrutar de la intimidad, de la discreción. Después acudían al cine, aunque para ello hubieran de recorrer la ciudad entera en busca de una obra de calidad, pues Gabriela era fanática del séptimo arte. Le encantaba la filmografía europea. No obstante, tras cinco años acudiendo a las salas cinematográficas al menos tres veces por semana, había logrado disfrutar de películas con la más variada procedencia.

Sobre la medianoche retornaban al hogar.
En la cálida soledad de la habitación, Gabriela abrazaba con fervor a su pareja, la besaba como en los primeros días del noviazgo, sentía sus caricias con la alegría que producen las sensaciones novedosas. Sobre el edredón de plumas de pato, completamente desnudos, ambos se entregaban en un largo y apasionado encuentro erótico. Tras el orgasmo apenas podían percibir el aire frío que los iba bañando pausadamente, aguardaban a que el sueño comenzase a vencerlos para colocarse el atuendo nocturno e introducirse en el lecho.

Invariablemente, cuando Gabriela terminaba de abotonarse la camisa de su pijama, suspiraba hacia sus adentros mientras se preguntaba por el amor de su adolescencia; el mismo que había provocado la adopción del pijama de franela.


LOS ACORDES DE SU EXISTENCIA

Vestido, como siempre, con ternos que brillaban por su calidad, propios de recepciones diplomáticas o festejos oficiales, descendió de su impresionante Jaguar color verde oscuro que había estacionado en el lote contiguo a la casa habilitada como despacho jurídico, en el casco antiguo de la urbe; apenas a dos cuadras del mar

 El reloj marcaba las nueve en punto, como todos los días, cuando ingresó en su despacho; por cierto, el más grande de la casa.

Apenas dos horas antes había tomado la bicicleta para ir a nadar al Club Marte, una asociación formada por militares retirados que apenas podían mantener una alberca, un gimnasio y un casino militar en un inmueble vetusto como los jerarcas de la institución; por ello prefería utilizar las regaderas de su casa en lugar de las del club.

Su desayuno no había sido muy abundante, pues a lo largo de las ocho, diez o quizás doce horas que pasaría encerrado en su despacho, comería cualquier botanita para saciar sus apremios alimenticios.

Era un abogado extraño, odiaba lidiar con otros abogados, lo mismo que con fiscales, jueces, delincuentes, imputados, demandantes o cualquier otra especie del ámbito judicial. Si había estudiado Derecho, era únicamente porque la disciplina le permitía encajonar todos sus sentimientos, sus pasiones y sus iras, en leyes, códigos o resoluciones y jamás expresar una palabra que no estuviese contemplada en la materia prima de su trabajo.

Dentro de su oficina, se reunía con sus cuatro socios, uno por uno, según turno preestablecido, para sacarle provecho a las virtudes que encerraba su redacción y construir así unos alegatos de impecable manufactura. Su jornada laboral se limitaba a pasar de ocho a doce horas por día frente al equipo de cómputo, escribiendo los mentados alegatos. Él mismo juntó a sus colegas, apenas salieron de la fiesta de graduación. Las condiciones eran esas, los socios tratarían con la clientela, irían a los juzgados, litigarían, él recibiría los argumentos de boca de ellos y los transformaría en los alegatos correspondientes... y así llevaban trabajando alrededor de cinco años, con éxito, mucho más éxito que el promedio de sus compañeros de generación.

Pero los ingresos abundantes, el auto de lujo, el amplio departamento, los trajes y las esporádicas vacaciones que se tomaba durante los recesos del poder judicial, tenían poca importancia en su vida.

El momento cumbre del día y de su existencia entera, llegaba en la noche. Cuando retornaba a su departamento, cenaba lo que la cocinera había preparado, se enteraba de las noticias y luego se retiraba a un cuarto que había adaptado como fonoteca. Tardaba poco tiempo en escoger el material suficiente para disfrutar dos horas de música, que luego escuchaba recostado en el sillón de la sala; aislado del resto del mundo.

Un día descubrió que le gustaba escuchar música, cualquier estilo o melodía, simplemente debía recordarle algún momento agradable de su existencia y con ello ingresaba en una fase de intoxicación musical, como él mismo decía. Comenzó a adquirir cintas y discos de toda clase, en especial colecciones que le permitían disfrutar de las dos o tres piezas que le interesaban de un autor. Así fue llenando una habitación con intérpretes de todos los estilos y todas las épocas, daba igual si se trataba de sus años de infancia o adolescencia que de la época de sus padres o abuelos. El material almacenado era suficiente como para cubrir una transmisión ininterrumpida a lo largo del día, algo que podría generar la envidia de cualquier radiodifusora.

Con los primeros acordes, cerraba los ojos, respiraba profundo y se concentraba en cada segundo emitido por el fonograma. Era lego en la música. A menudo se le olvidaban los autores o los intérpretes de las melodías, por ello tenía pocas formas de disfrutar su acervo. Sin embargo, a medida que transcurría el tiempo, que los acordes saturaban el ambiente, sus ropas se iban empapando del profuso sudor que le provocaban las emociones del cenit de la noche; hasta caer vencido dentro del silencio recuperado en el vasto departamento.


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