CUADERNOS DE EDUCACIÓN SINDICAL # 75

LA CONQUISTA DEL PICO DE ORIZABA
Armando Altamira Gallardo

 
     

 

Secretario General: Agustín Rodríguez Fuentes
Secretario de Prensa y Propaganda: Alberto Pulido Aranda
Coordinador de los cuadernos: Armando Altamira Gallardo
Coordinador de la Secretaría de Prensa: Tomás Méndez Moreno
Concepto gráfico y foto: Gabriela Esther de Dios López
Dibujo: Manuel Sánchez
Trabajo de apoyo: Alfonso Velázquez y Juan Pacheco

México, Distrito Federal septiembre 2004

   
       

Hay que caminar hacia los mundos que todavía no
están destruidos.

Ernest Jünger
novelista, 1944

Presentación

Esta montaña presentaba seis problemas alpinos. Comprendían las ascensiones de las vertientes sur, norte, oeste, este y las circunvalaciones a su cráter y a la base.

Los dos primeros fueron resueltos en tiempos prehispánicos bajo la concepción religiosa del Tepeilhuitl, como era conocida la fiesta de las montañas. Se celebraba a partir del 24 de octubre. Fray Bernardino de Sahagún (siglo XVI) y Francisco Javier Clavijero (siglo XIX) ofrecen información a este respecto.

La primera circunvalación al cráter tuvo lugar en 1930 (ver revista Sierra Club, editada en la Ciudad de México, página 13, del mes de julio de 1938).

Quedaban por resolver la Pared Oeste, la Vertiente Este y la Circunvalación a la base.

Es probable que en la Oeste se hayan efectuado algunas ascensiones por el centro de su pared. Aquí hay una falla, un talud, que permite el paso sin necesidad de escalar. Nosotros realizamos una escalada en su sector norte, en 1957 (ver La Pared Oeste del Citlaltepetl 1995, trabajo editado por el Sindicato de Trabajadores de la UNAM, STUNAM, Ciudad de México). Sino hay una escalada debidamente documenta, anterior a 1957, esta escalada podría tornarse como la primera, es decir, la conquista de lo que sería propiamente la pared. No obstante lo anterior, la Pared Oeste sigue sin ser escalada hasta la fecha.

La Vertiente Este, asimismo, carece de historia alpina. En diciembre del 2003, corno se detalla más adelante, realizarnos la primera vuelta a su base en la cota de los 4,200. Y con esto se dio un paso más hacia la conquista total de la montaña.

Bella y horrible. Es lo que se puede decir de la Circunvalación al Pico de Orizaba que llevamos a cabo cuatro alpinistas de la Universidad Nacional Autónoma de México. Fue a pie y en la cota promedio de los 4,300 metros de altitud. Nos llevó cinco días, del 18 al 22 de diciembre de 2003. Jornadas efectivas de ocho horas de caminata y doce dentro de las tiendas de campaña obligados por las bajas temperaturas. En el grupo había tres geólogos.

Fue un constante subir y bajar de cañadas abruptas en los primeros 180 grados a partir de la cañada Jamapa, en el norte, en la ladera este y en el sector sureste. Originalmente trazamos en el plano una línea a seguir en la cota de los 4 mil, pero con frecuencia las cañadas nos obligaban a remontar hasta su cabecera para poder salvarlas. En el sureste fue preciso subir hasta los 4,660 metros, que es en donde se encuentra ubicado el refugio de piedra “Fausto González Gomar”.

Puede decirse que, en esas cotas, toda la circunvalación es de unos 20 kilómetros. Si bien, para dar idea de lo accidentado del terreno, baste mencionar que, del campamento dos al tres, pudimos avanzar sola mente dos kilómetros en todo un día en el sector sureste. Para el efecto de caminata horizontal, en derredor de su base, esta montaña es semejante a un pulpo visto desde arriba. Con sus múltiples cañadas, como tentáculos, vertiendo la mayor parte de ellas hacia el este. Coincide tal característica volcánica con la orientación de su cráter W- E siendo la cumbre más baja también hacia el este.

Esto de subir y bajar es consustancial a la práctica del alpinismo, desde luego. Más aquí la práctica tuvo su factor limitante y fue la sed. La falta de agua para beber es el problema número uno que debe enfrentar todo aquel que quiera repetir la vuelta a la base del Pico de Orizaba. Además de poder contar con un equipo humano unido, resistente y obstinado como el que se dio en esta ocasión. Cada individuo necesita al menos 4 litros de agua por día para dar la vuelta.

En el segundo día, y ya en el sector sureste, pasamos por una situación angustiante por la falta de agua. Parecida a la de los navegantes que sufren de sed en medio del océano. Muy arriba de nosotros las cumbres blancas del cono volcánico ¡pero abajo las cañadas estaban secas! Al menos en 270 grados de la circunvalación, o tres cuartas partes del recorrido, no encontramos agua. De haberse dado en semanas anteriores alguna gran nevada todo estaría húmedo y arriba mucha nieve. Pero no fue así. En las cotas superiores había nada más hielo. Y el sol débil del invierno era incapaz de fundirlo.

En el segundo campamento disponíamos de sólo 2 Litros de agua en total para los 4 componentes del grupo. Tomamos un cuarto de litro en la cena y el otro en el almuerzo del día siguiente. Con esto se echaron a andar todos los graves síntomas de la sed. Nuestras mochilas repletas de comida y nadie pudo comer un solo bocado por falta de agua. Se carecía de agua para beber y para preparar los alimentos. Es probable que los habitantes de la City sepan que los más exquisitos bocados de nada sirven si no hay agua para beber.

Como consecuencia siguió una debilidad creciente para enfrentar el terreno que teníamos por delante. Una progresiva deshidratación que, junto con la altitud en a que nos movíamos, amenazaba afectar el ritmo cardiaco. Principios de trastornos visuales. Como cuando se mira hacia el interior de una tortillería...Un estreñimiento agudo...Al escupir, la saliva quedaba colgando de la boca, como si fuera una liga de hule...

Entre tanto, los 7 grados bajo cero de temperatura congelaba las secreciones de las narices y quedaban colgando, como estalactitas. En lugar de limpiarlas con el pañuelo las rompíamos dándole un golpecito con la uña. Taza de café hirviendo, a la mitad se había enfriado y al final podía haberse congelado, en sólo unos minutos. Tener 30 o 40 grados bajo cero en los macizos alpinos de otros continentes puede parecer impresionante. Pero no lo es tanto si se piensa en una aclimatación progresiva que va teniendo la expedición conforme se va acercando a la montaña final.

Pero tener 7 grados bajo cero, cuando el día anterior se emprendió el ascenso de los valles calientes de México, ya estamos hablando de por lo menos 25 grados de caída en el termómetro.
Llevamos a cabo esta circunvalación tres estudiantes del Postgrado de Geología de la UNAM y un fotógrafo. Respectivamente: Laura Rosales Lagarde, Pedro Arredondo Guerrero, Armando Altamira Areyán y Armando Altamira Gallardo.

La Circunvalación fue en el sentido de las manecillas del reloj: norte, este, sur oeste y norte. Salimos del albergue de Piedra Grande, en el norte, a las 8:59 horas de la mañana del 18 de diciembre de 2003 y regresamos al mismo a las 12:36 horas del 22. Sobre todos los relatos orales no documentados que hay en la región, respecto de esta fantástica circunvalación, nosotros trajimos cerca de 300 fotografías digitales a color, de prácticamente todos los ángulos de la montaña y 60 fotografías fotomecánicas en blanco y negro. Además de un registro de nuestra ruta mediante señal satelital conocida como “GPS” (Global Positianing Sistem). Esta gráfica arrojó una especie de elipse de la base de la montaña en sentido noreste- suroeste.

La primera noticia de esta empresa deportiva salió publicada en el periódico Unión, diario informativo del Sindicato de Trabajadores de la Universidad Nacional Autónoma de México, número 670, el jueves 12 de febrero del 2004, pág.8. Sucinta por naturaleza, como son las noticias cuando se dan a conocer por las vías del periodismo. Es la reseña que aparece arriba. Ahora tengo la oportunidad de referirme a algunos detalles que entonces fueron omitidos y que en su momento tuvieron un valor decisivo para el éxito de la circunvalación. Los consigno aquí porque pudieran ser de utilidad para los que en el futuro emprendan esta “vuelta”.

En la tarde del segundo día, a la hora de instalar el segundo campamento, casi se nos habían agotado las reservas de agua que llevábamos en nuestros envases de dos litro cada uno. Esta cantidad de cuatro litros es suficiente para una jornada. Los habíamos llenado el primer día en la barranca Ojo Salado. Llevábamos cuatro litros por individuo en la esperanza de encontrar otro sitio en donde poder volver a llenarlas. El problema es que no hay lugares a la mano para recargarlos cada vez que se han terminado. La solución sería cargar muchos más litros. Y esto deberá hacerse en la medida que el peso de las mochilas lo permita.

También hay que llevar tienda, víveres, ropa de abrigo, bolsa de dormir, enseres de cocina, cámara fotográfica, instrumentos de orientación...

En la fuerte caminata de la tarde del primer día, y la caminata entera del segundo, esas existencias de agua prácticamente habían llegado a cero. De esta manera, a la instalación del segundo campamento, disponíamos de dos litros en total, para ser repartidos entre cuatro. Pero entre cuatro que tenían sed. Es decir que ya acusábamos los síntomas de la deshidratación. Nos tocaba medio litro para que cada uno lo distribuyera entre la cena y el desayuno del día siguiente.

Medio litro de agua, arriba de los cuatro mil, para preparar la cena y el desayuno y además tomar agua y deshidratados, hace que, de manera mecánica, sin pensarlo casi, se rechace todo intento de comer algo. No se puede comer, en las condiciones que estamos describiendo, sino hay agua para beber. Cualquier bocado va a requerir un trago de agua. Preferimos repartir un cuarto de litro para mojar la boca durante la noche y tener otro cuarto para beber en la mañana, antes de emprender de nuevo la marcha. Fue una noche marcada por la sed. En la mañana siguiente, en efecto, tomamos el último trago de agua.

Habíamos llegado, así, al momento de la disyuntiva. Frente a nosotros seguía el panorama de cañadas por demás accidentadas que, por la experiencia de los días anteriores, sabíamos que no podríamos encontrar en ellas ni gota de agua. Sobre nuestras cabezas tuvimos siempre los grandes mantos blancos helados. O las cascadas congeladas. Pero no era nieve sino hielo que el sol no alcanzaba a fundir.

La humedad que había en los tejidos de nuestros cuerpos nos alcanzaría para descender en la forma más directa y rápida hasta alcanzar un lugar habitado en donde poder encontrar algo de beber. Significaba abortar el plan y buscar una salida para evitar la postración por sed. Yo conocía, en las travesías del desierto, lo que pudiera llamarse la” escala de la sed” antes de la inanición total. En una escala de diez, en Altar habíamos llegado al nueve. Si ahora seguíamos con la circunvalación, arriba de los cuatro mil, a través de las cañadas, al concluir el día habríamos alcanzado el punto nueve. La fisiología de la sed no es ningún juego.

Tiene que ver con la buena o mala marcha del corazón y una serie de consecuencias colaterales. Estas podrían hacerse presentes en el transcurso de la noche de este día, si es que para entonces no habíamos podido alcanzar la ladera sur. En la ladera sur era el lugar en el que yo sabía encontraríamos agua en unos grandes tinacos de plástico instalados por los de Texmalaquilla. De no haber podido alcanzar esas cisternas, en la noche entre el tercer y cuarto día, de seguro habríamos llegado al punto diez...

En esas condiciones, de fuerte deshidratación y debilitamiento por no haber ingerido alimentos debido a la falta de agua, era cada vez más difícil poder seguir avanzando. Y a lo mejor ya sin fuerzas suficientes para bajar completamente. Fue cuando les propuse que abandonáramos la idea y empezáramos a bajar sin perder un minuto. El último trago de agua que habíamos podido ingerir estaba ya contra reloj siendo aprovechado por nuestro organismo... Lo hubiera planteado con otros cualesquiera. Una vida es una vida sea quien sea. Pero era el caso que estos tres era geólogos que cursaban diferentes niveles del postgrado de esa disciplina académica. Con cien millones de habitantes, y en un país tan pobre como México, la educación de cada uno de ellos había costado infinitos esfuerzos al pueblo. En la actualidad pocos son los que a nivel universitario, terminan una licenciatura en E área de las llamadas ciencias exactas. Y menos aun lo que llegan al doctorado.

Si nos apresuramos, dije, tal vez al anochecer habremos alcanzado algún caserío, de tantos caseríos que se ven brillar en la noche, del lado sureste del Citlaltepetl A lo mejor hasta vamos a dar a Orizaba... Pero ellos no querían abandonar sin haber hecho un último esfuerzo. Bajemos esa cañada, dijo Armando, y remontemos la pendiente que tenemos enfrente. Si del otro lado no logramos distinguir Torrecillas, que quiere decir la ladera sur, entonces abandonamos y mañana empezaremos a descender hacia el sureste. Los otros fueron de la misma opinión.

Me pareció que ese “mañana” ya sonaba muy lejano. Pero entendí. Yo mismo había estado en situaciones extremas por no haber sabido renunciar a tiempo. Parece que el alpinismo se caracteriza por reunir entre sus filas a cabezas duras que no saben renunciar a tiempo. No es ninguna casualidad que las laderas de muchas montañas del planeta, incluida esta del Pico de Orizaba, estén sembradas de cadáveres. Como son empresas arduas y costosas, ir por esos cadáveres, ahí se les deja. Pregunté a Laura y a Pedro. Dijeron que eran de la misma opinión de Armando. Seguimos.

Hacia el medio día alcanzamos lo alto de la cresta que teníamos enfrente por la mañana. Hasta donde se podía ver, bajo nuestras botas se abría una abrupta cañada y más allá seguramente había otra. Es decir que la situación se presentaba nada alentadora. Más al ver hacia lo alto del Citlaltepetl identifiqué con toda certeza los tramos superiores de la ruta de ascensión de ladera sur. Y por ver hacia lo alto no me fijé lo que había en los planos inferiores. Hasta que Armando preguntó si la alta roca en forma de cresta en Torrecillas. En efecto, era Torrecillas. Al final, en el lado norte, o sea el más alto, el pegado a la montaña propiamente del Citlaltepetl, estaba el refugio “Fausto González Gomar”. No se veía desde ahí pero yo estaba seguro de tal cosa. Ahora ya sabíamos con certeza el terreno que pisábamos. Faltaba ver si podíamos superar lo que nos faltaba para pasar del otro lado de Torrecillas. El camino más corto era dirigirse hacia el oeste. Buscar un paso de des censo entre la ladera vertical de la cañada que teníamos justo debajo de nuestros pies. Luego remontar la ladera de enfrente y volver a descender la otra cresta. Esta era propia mente la pequeña cordillera de Torrecillas. La incertidumbre consistía si desde esa cresta que teníamos enfrente podríamos encontrar un paso dentro de la verticalidad de su otra ladera.

Sugerí lo que me pareció entonces la línea más segura, aunque era la más ardua. Bajar hacia el norte esta cresta en la que nos encontrábamos. Descender hasta el fondo, a través de pronunciados acarreaderos con una pendiente y un material erosionado y suelto a punto de ponerse en movimiento hacia el fondo. Luego remontar la pesada pendiente hasta alcanzar el refugio. De ahí, desde los 4, 660 metros, bajar por el sendero de las caravanas hasta la cota de los 4,400. Así lo hicimos y eso nos llevó casi toda la jornada.

Efectivamente, como habíamos imaginado, la sed fue creciendo a cada esfuerzo. Y junto con ello aparecieron los fenómenos de la deshidratación. La primera alteración fue visual. En un ambiente tan frío, no obstante, veíamos hacia lo lejos como en el desierto cuando la temperatura está cerca de los cincuenta grados calientes.. . La segunda era la extrema sequedad en la boca. Los labios habían desaparecido. En su lugar quedaban dos como costras a punto de sangrar. Escupíamos y la saliva quedaba colgando de a boca..

Aparecería también el estreñimiento. En situación de deshidratación el organismo empieza a echar rnano de líquidos (se orina menos) y de cuanta humedad contenga en todas partes. Una de ellas es el sistema digestivo, particularmente la humedad que hay en os intestinos. El resultado va a ser un estreñimiento que puede volverse tan severo que provocará una peritonitis o la aparición de las hemorroides.. . En un momento cuando ya nos aproximábamos al refugio, sentí nauseas. Son los síntomas que experimentan los que están siendo atacados por el esfuerzo en alta montaña. Vomitar es la manera que tiene el corazón par defenderse en principio. A mi edad de los 68 años no se debe forzar la marcha cuando aparecen estos síntomas. Reduje la cantidad de pasos entre descanso y descanso. A veces daba sólo cinco pasos y volvía hacer alto. Pienso que, a la sazón, habíamos llegado a la cifra 9.5 de la “escala de la sed”.

Finalmente llegamos al albergue. Teníamos a esperanza de encontrar algo de agua que los alpinistas suele dejar en algún lugar para no cargarla de regreso. Pero esta vez no fue así. En el lugar estaban dos montañista de Orizaba. Nos regalaron una coca cola de medio litro.

La tomamos entre Armando y yo. Fueron apenas unos tragos pero suficientes para sentir que la “escala” se alejaba del punto fatal hasta, digamos, tal vez la cifra de 7. Cuando reemprendimos la marcha nos sentimos mejor. Al menos para bajar por la ladera sur sin tanto apremio.

No nos detuvimos hasta los grandes tinacos en la que los habitantes de Texmalaquilla guardan el agua de lluvia. Teníamos pensado acampar en ese lugar y así lo hicimos. Fue nuestro tercer campamento. La sorpresa consistió en que las cisternas estaban vacías. Buscamos con desencanto y desesperación. Todas estaban vacías. Finalmente descubrimos que varios de estos depósitos tenían una costra de hielo en el fondo. Eso volvió a animarnos. En todo caso fundiríamos el hielo y obtendríamos agua. No fue necesario ya que por debajo de la capa de hielo había agua en cantidad suficientes para beber cuanto quisiéramos y volver llenas nuestros recipientes. Era una agua que no inspiraba confianza. Pero llevábamos gotas purificadoras eso resolvió el potencial peligro de una infección. U rato después llegaron al lugar nuestros compañeros.

Laura y Pedro se habían rezagado durante todo el día. Se debió a que Armando y yo apresuramos el paso tratando de buscar los lugares más adecuados par ascender o bien para cruzar los acarreaderos. Varias veces nos equivocamos en algún tramo y debimos rectificar. Los otros observaban desde lejos y evitaba nuestro yerro. De esa manera economizaban tiempo y energía. Por ejemplo, la tarde del segundo día remontamos una pendiente muy pesada, muy arriba llena de rocas erosionadas tratando de encontrar un paso alto por el cual salvar la cañada que teníamos enfrente. Pero al final nos topamos con un acarreadero imposible de cruzar debido a su inestabilidad. Avanzamos en sentido horizontal y cuando habíamos llegado a la mitad, toda la ladera se ponía en movimiento arrastrando lo que en ella se encontrara. Regresamos y desde arriba gritamos a los otros que desistieran.Bajamos y nos reunimos con ellos en el lugar que instalamos el segundo campamento.La maniobra de exploración tan agotadora e inútil nos había llevado al menos tres horas.

Ya en el campamento tres, levantado entre las cisternas, Laura nos comunicó que en la mañana siguiente abandonaría la circunvalación y bajaría a Texmalaquilla. Era terreno seguro pues estábamos ya en un área de la montaña muy frecuentada por los que suben al Citlaltepetl por el lado sur. Del lugar en el que nos encontrábamos acampando, en los 4,400, al pueblo, quedan unos siete kilómetros de descenso a lo largo de un terreno sin dificultad y muy marcado.

No es que estuviera particularmente cansada sino que creía que nos venía retrasando pues su paso era algo lento. Más o menos como el mío. Le expliqué que nuestra prisa de esa jornada era por encontrar agua pero una vez que ya la teníamos, que nos habíamos rehidratado y llenado de nuevo nuestros envases, no había en adelante ninguna prisa. Nos encontrábamos a la sazón dentro de un periodo de vacaciones y nuestras mochilas contenían suficientes víveres. Calcularnos que en dos ornadas más cerraríamos la circunvalación. Pero si fueran necesarias tres o más jornadas tampoco habría prisa. Además conocíamos la ladera oeste y esta ofrecía un terreno en el que podríamos avanzar con más velocidad y menos esfuerzo Con excepción del sector suroeste, en el que hay que enfrentar das cañadas agrestes, lo demás era ya sólo cosa de distancia. Desistió de su idea y a la mañana siguiente continuamos los cuatro.

El campamento cuatro lo instalamos en a barranca Alpinahua. Exactamente en el lugar que habíamos acampado dos noches en el invierno de 1994. En esa época fue cuando hicimos el primer intento de la circunvalación pero en sentido inverso. Es decir, de norte hacia el oeste.

Nos dimos cuenta en esa ocasión que la empresa era de mayores vuelos y desistimos. Entonces éramos Antonio Muñoz, Armando Altamira Areyán y yo. Lo tres de México- Tenochtitlan. No obstante, aquella experiencia ahora nos sirvió mucho para caminar por el terreno ya conocido del lado oeste.

En 1994 bajaba agua abundante de deshielo por la barranca Alpnahua a partir de a diez de la mañana y se volvía a congelar hacia las seis de la tarde. Pero este día la barranca estaba seca por completo. El glaciar había retrocedido de manera considerable en apenas nueve años. Todo estaba seco por lo que, al menos en esta ocasión, el agua ya no bajaba como producto del fenómeno de deshielo. Seguramente volvería a hacerlo en temporada de lluvias y con sus abundantes nevadas, aunque fáciles de volver a desaparecer. Esto deben de tenerlo en cuenta los que en adelante intenten esta circunvalación.

No nos preocupó la falta de agua pues aun nos quedaba suficiente para dos días más. Y para este cuarto día ya habíamos recorrido 310 grados de la circunvalación (ver dibujo), por lo que esperábamos alcanzar el albergue de Piedra Grande hacia las primeras horas de la tarde del día siguiente. Como en realidad sucedió.

En la mañana del último día, el quinto de caminata, fue cuando no pudimos encender la estufilla. La temperatura era de siete grados bajo cero y el gas no fluía. Las secreciones de la nariz se congelaban apenas salían de nuestras fosas nasales...

Para el desayuno recurrimos al viejo expediente de la humanidad haciendo una fogata. Era la primera fogata que encendíamos de toda la expedición. Como siempre fuimos cerca del límite superior del bosque, podíamos disponer de la leña que quisiéramos. Pero una fogata hace humo que se ve desde lejos. Y si es de noche su luz también se distingue a mucha distancia. Los tiempos son inseguros y en caballos los depredadores podrían remontar desde los valles lejanos. Pero ahora se trataba de la última mañana y podíamos darnos ese lujo de la fogata.

En efecto, Armando A.A. llegó al albergue de Piedra Grande y enseguida a las 12:36, del día 22, nos reunimos con él. Con esto quedó realizada la circunvalación a la base de la montaña.