CUADERNOS DE EDUCACIÓN SINDICAL # 43

EL INVIERNO ESPAÑOL DE 1936
Armando Altamira G.

 
   

Secretario General: Nicolás Olivos Cuéllar
Secretario de Prensa y Propaganda: Alberto Pulido Aranda
Elaboración de los Cuadernos: Alberto Pulido A., Agustín Castillo L., Armando Altamira G., Esperanza Paredes, Ángel Granados, Antonio Muñoz.
Ángel Alvarado (Tipografía)
Gustavo Godínez (Diseño)
Mecanografía: Amparo Flores Almazán.
Arnulfo Jiménez (Impresión).
Trabajo de Apoyo: Gabriel Caballero y Fidel Reza


Distribución Gratuita
Editados por la Secretaría de Prensa y Propaganda del STUNAM
Enero de 1994

   
     

 

Presentación

El presente trabajo que el compañero Armando Altamira Gallardo, fue concebido, entre una de esas muchas tazas de café, producto de amenas pláticas sobre mil cuestiones de la vida cotidiana y sindical, en el taller de fotografía anexo a la Secretaría de Prensa del STUNAM. Confiando que no será el último, sino el primero de muchos Cuadernos de Comunicación Sindical, del propio autor y otros que lo imitaremos, continuando su ejemplo.

Es un trabajo interesante sin vanidades de erudición petulantes que da ese “bouquet del añejo” de los muchos años de los acontecimientos pasados.

Reconocimiento al heroico pueblo español y la generación de hombres libres internacionalistas que defendieron, aun a costa de sus vidas, sus ideales.

La inquietud del compañero Armando por saber e indagar la verdad o por el puro placer del conocimiento, trama el siguiente cortometraje que nos presenta sobre la guerra civil española, trabajo documental de la lectura-entrevista con cada uno de los autores y protagonistas de los más variados libros sobre el tema.
Habrá comentarios sobre inexactitudes o enfoques diversos que no necesariamente se tienen que compartir, sin embargo el objetivo está cumplido a plenitud, informar y formar criterio sobre uno de los acontecimientos más apasionados de la historia moderna. Este tema en particular para México, es pieza fundamental para conocer los antecedentes inmediatos del desarrollo científico, filosófico, político y artístico y que segura mente continuaremos buscando en esas charlas de café, nuestras raíces históricas del México contemporáneo.

El documental nos presenta un argumento bien estructurado, eficaz secuencia, ritmo que despierta el interés; y como las buenas películas, nos deja, en este caso —a los lectores—, en libertad de elogiar o rechazar a los actores de nuestra preferencia, según nuestro particular criterio. Y que ayudará a entender el presente de esa España moderna que se empeña en olvidar y restablecer tiempos idos, cicatrizando heridas y con cara al futuro. Sabedores que al Invierno Español de 1936, le continuará siempre la primavera.
Agustín Castillo López
25 de nov. de 1993

El movimiento social en España hacia 1936 fue una conmoción general que venía madurando desde algún tiempo. Desembocó en el triunfo de la República mediante un proceso completamente democrático de elecciones en todo el país. Es decir una rica gama de partidos que, como denominador común, podrían llamarse de izquierda, ganó legítimamente su acceso al poder. “Las izquierdas obtuvieron una victoria clara, aunque no fuese aplastantemente numérica” (Payne). Por diversas causas este historiador considera que España es un país dentro de la Europa occidental, que llegó tarde al nacional50ci al fascismo y también al socialismo: “Durante varias generaciones su desenvolvimiento social y político se apartó tanto de los módulos europeos que el socialismo y el nacionalismo a la europea maduraban en España muy lentamente”. Y aun hubo grandes novelistas españoles, como Pío Baroja, que externaban una opinión parecida: “La democracia, de Repúblicas el socialismo, en el fondo, carecía de raíces en nuestro pueblo “(citado por Payne). Y sin embargo el socialismo democrático había triunfado en toda la línea.

Nosotros creemos que más que ausencia de todo fue una nueva presencia de todo, que para entonces España era el crisol donde bullían las ideas, pero con tanta fuerza, que era difícil para cualesquiera de ellas imponerse a las otras. Dos ejemplos. Las izquierdas marxistas (no las anarquistas) pese a todo el empuje que desplegaron y el apoyo que recibieron de Stalin, no lo consiguieron. La iglesia católica misma, con toda su tradición en España y la ayuda internacional que proporcionó tampoco pudo imponerse como grupo aislado.

Eran nueve partidos políticos de la izquierda y dos grandes asociaciones sindicales, la Unión General de Trabajadores (UGT) socialista, y la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) de acción anarquista. El presidente en el principio fue Manuel Azaña, al último Negrín. De hecho tres sectores componían este frente antifranquista: el socialista, el marxista y el libertario. Los comunistas llamaban a este frente : “Frente Popular”. Los anarquistas preferían no llamarlo de ninguna manera.

Al principio de 1936 la relación de fuerzas de estos grupos, de miembros afiliados, estaba como sigue: anarcosindicalistas 1,577 mil; socialistas 1,447 mil; comunistas 133 mil (Peirats). Este mismo autor refiere que en los frentes se encontraban luchando muchos voluntarios procedentes de prácticamente todo el mundo que no pertenecía a ningún partido, o al menos nadie sabía este dato porque las circunstancias apremiantes de la guerra no les daba tiempo de abrir un expediente en forma. Así pues cada uno de estos grupos (comunista, anarquista y socialista) decían que eran de los suyos. Más tarde, con la ayuda prestada por la Unión Soviética a la República, en armamento y combatientes, el número de afiliados al Partido Comunista Español aumentó su membresía.

El resultado de las urnas dio origen a una sublevación armada en otra parte del pueblo español. Habían perdido por poco margen en las urnas pero sus puntos de vista no eran tomados en cuenta porque sencillamente no había tribuna parlamentaria en donde hablar. La radicalización fue absoluta y ni quien pensara en los derechos de las minorías. Y es que para entonces las condiciones sociales en España estaban tan aceleradas que “José Peirats, cronista de la CNT, declara que en cinco meses, del 17 de febrero al 17 de julio de 1936, se produjeron 213 atentados, 113 huelgas generales, y 228 huelgas parciales. Estos disturbios costaron la vida a 269 personas, elevándose el número de los heridos a 1,287” (Payne). El panfleto y la propaganda partidista sólo contenían palabras calientes y la mesura fue pronto desterrada de la Península. Y si en algún momento hubo sectores españoles que pensaron en la cordura y en la unidad, del exterior llegó más combustible y la hoguera se encendió aun más.

Casi todo el Ejército se puso del lado de los rebeldes. Unión Militar Española fue el instrumento de oposición dirigido en un principio por los generales Sanjurjo, Mola y Franco. El nombre completo de este último era Francisco Paulino Hermenegildo Teódulo Franco Bahamonde. “Un hombre pequeño y cauto que ha logrado sobrevivir a las constantes mutaciones de calidoscopio político “(Payne).

Pero no eran dos bandos antagónicos sino nueve, bien definidos. El tercero lo hacían los países empeñados en dominar la escena española para sus propios intereses. El cuarto grupo estaba dentro de las mismas izquierdas. Los escritores comunistas dicen que era el anarquista. Estos aseguran que fueron aquellos.

Del lado de las derechas había por lo menos cuatro grupos, todos con posiciones muy encontradas. El famoso partido la Falange era contrario en un principio a las fuerzas conservadoras, a la iglesia y a los monárquicos. Los requetés, fuerza armada, eran católicos. Luego el Vaticano, con todo su poderío político mundial y económico. El otro grupo era el poco conocido, y también poco mencionado, pero que en el fondo daría coherencia hacia mediados de los años cincuentas (pero ya desde 1929 había empezado a adquirir posiciones considerables) al bando franquista y era el Opus Dei: “El principal sostén del nuevo gobierno lo constituía la participación en el mismo de los miembros de la asociación católica seglar y secreta del Opus Dei, orden religiosa misteriosa y hermética fundada por un sacerdote aragonés en 1929 “(Payne). El noveno que, como veremos, no se ajustaba a ningún matiz político callejero ni se ligaba ni se acercaba a ninguno de ellos, en la masonería.

Cada grupo tratando de ser más fuerte en la guerra, en la política y frente al pueblo para poner en práctica su ideología. Románticamente podríamos decir que los franquistas querían conservar la sociedad de explotación de las masas, pero también aquella grandeza que hasta entonces España había logrado en un trabajo centenario y que saliendo de los orígenes ibéricos había evolucionado hasta conquistar medio mundo. O el mundo completo conocido hasta entonces. Los comunistas querían una sociedad diferente. Los anarquistas un hombre nuevo, iconoclasta, al estilo de Nietzsche, pero de izquierda.

No es la novela de la guerra. La guerra española fue en realidad una guerra tan cruenta como todas las guerras. Y más. Es revelador de ello el siguiente ejemplo. Cuando España Republicana se hizo jacobina (la ancestral liga iglesia-Estado opresor fue su motivación) y empezó a matar sacerdotes, violar religiosas, asesinar creyentes y a derribar templos (Broue dice que solamente en los primeros seis meses 411 templos quedaron deshechos): “Las iglesias fueron destruidas o cerradas y el culto prohibido”, la España nacionalista vio cómo los contingentes católicos, formados por los requetés, se armaron lo mejor que pudieron y se fueron a los frentes de batalla a librar la nueva “guerra santa”.

El Vaticano envió cerca de Franco a un nuncio. El primero de julio de 1 937, 43 obispos firmaron y publicaron lo que se llamó la “Carta colectiva de los obispos españoles” y los recursos hacia Franco se puede decir que fueron ilimitados.

Tampoco fue la novela romántica que cantaba cada partido en sus panfletos. Aparte de toda esa carnicería que se hizo, unas veces en nombre del progreso y otras en nombre de la tradición, los que ganaron fueron otros, pero no los españoles. A la URSS fue a dar su oro y, a tal grado, que “El envío a Rusia de la mayor parte del oro español provocó más tarde violentas controversias entre los dirigentes republicanos” (Broue). Alemania se llevó sus metales. A México llegó su dinero: “La llegada México en marzo del barco español Vita, que traía parte de las reservas del erario de la República, de un valor de unos 50 millones de dólares” (Avni). Francia también obtuvo su oro español. Cuando Franco exigió de Francia reconocimiento DE JURE a comienzos de 1939, dice Broue que “pidió a los franceses que le entregaran los bienes españoles en Francia, el material de guerra, el oro del banco de España, etc”. Respecto de los logros inmediatos, Alemania pudo extraer mucho de lo que necesitaba para su industria de guerra a cambio de la ayuda material que prestó a Franco. Como contrapartida, y ya que se perdió la contienda para el comunismo en España, se podría pensar que la Unión Soviética invirtió de manera estéril, no obstante el oro español le había sido remitido tempranamente. Wiskemann escribe: “Stalin sacó ventaja a Hitler y a Mussolini pues el gobierno español (republicano) le pagó en oro antes de fines de octubre “de 1936.

Nadie dio nada a España de manera gratuita. Mucho después Estados Unidos ayudaría a la economía de España pero a cambio de una base. Para otros la tajada fue política o religiosa. Quizá el que más puso y menos pudo sacar fue Mussolini. Ciudades en ruinas, huérfanos centrifugados por todo el mundo, “colocados” entre familias extrañas, y un dolor inmensurable fue lo que al final España tuvo entre sus ensangrentadas manos. Y en la actualidad adultos españoles viven en el planeta desarraigados de su caro sueldo español que los vio nacer. Aunque ya deben de quedar pocos.

A la postre, ya sabemos, ganó Franco. Lo que se pudo ver entonces es la política de No Intervención manejada por las naciones europeas, principalmente por Inglaterra seguida por Francia y apoyada fuertemente desde lejos por Estados Unidos, desde el seno de la Sociedad de las Naciones, o League of Nations, antecedente de la ONU. En apariencia esto le impedía a la República comprar armas, modernas y suficientes en número, para enfrentarse con éxito a los rebeldes que además de haberse quedado con el Ejército regular poseían las armas, y también eran apoyados convenientemente en tales renglones por Mussolini y Hitler. En el principio así fue. Longo, escritor comunista, escribe: “El 25 de julio (1936) apenas ocho días después del comienzo de la insurrección, el gobierno francés prohibió la exportación de armas a España, e invitaba a otros países a obrar de la misma manera”.

En realidad no se suministraban armas de manera abierta oficial, sino que buscaban formas subrepticias de hacérselas llegar. Broue, anarquista, dice que el consejo de ministros francés en su reunión del 25 de julio (1936) decidió recurrir a un ardid: “se utilizó el expediente de una venta ficticia al gobierno mexicano que quedaba en libertad de utilizar armamento así puesto a su disposición en favor de Francia.” De esta manera se explicaría la remisión famosa que México hizo de armas para ayudar a los republicanos. Si bien es cierto que en esta etapa el armamento estaba tan anticuado que se decía que era “del tiempo de la guerra de Crimea”.

De todas maneras las fuerzas que sostienen políticamente a la República encontraron la manera de conseguir armamento, y ahora del más adelantado, aparte del que abiertamente le proporcionaban Rusia. Los emboscados vendedores de armas hacen también su gran negocio. Ibarruri, La Pasionaria, comunista, escribía: “Es falso afirmar que la escasez de armas nos impida seguir combatiendo. Tenemos armas suficientes para resistir y deshacer cualquier ataque enemigo”. Y Nenní, comunista, se refiere a este punto con las siguientes palabras: “El frente madrileño parece un trágico laboratorio donde se desarrolla una dramática experiencia”.

Francia fue la ruta por la que, de manera callada, entró la mayor parte del material bélico para los republicanos, más que por el Mediterráneo, que por lo general controlaban naves italianas y alemanas. Oficialmente Francia era fuerte apoyadora de la política de No Intervención y podía exhibirse así en todos los grandes foros internacionales que hablaban el lenguaje de la paz de los pueblos, pero los pirineos conocieron el paso de los traficantes de armas de todas partes.

Inmensas fortunas se hicieron entonces a costa de la sangre de los españoles e internacionales que fueron a pelear a España. Conscientes de este tráfico incesante de armas a través de los Pirineos, los nacionalistas se dieron prisa en tomar las provincias del norte, como realmente lo hicieron, para de esta manera parar la afluencia de armamento con lo que se beneficiaban los republicanos: “Era el ensayo general, el primer choque, la prueba de ensayo de sus armas (de alemanes e italianos) contra las procedentes de Checoslovaquia o de Rusia, la primera utilización de un material destinado a ser empleado en más amplios campos de batalla” (Broue).

Enrique Sotomayor, destacado dirigente de las Juventudes Estudiantiles del lado de Franco al terminar la guerra, exclamaba en uno de sus discursos: “Los mismos que durante siglos nos han venido acorralando y venciendo, los que fueron contando moneda a moneda mientras que nosotros perdíamos hombre a hombre” (Payne).

Del lado de Franco llegaron italianos y alemanes para ayudarlo a combatir a los republicanos. Broue asegura que “En este campo, al menos, la moderación alemana contrasta con la imprudencia del gobierno fascista. Cierto es que Alemania tenía menos intereses inmediatos en el Mediterráneo que Italia, y para su gobierno no era absolutamente necesaria la victoria total de Franco. Sin duda es exacto que Berlín no buscó en España ninguna ventaja política, pues los alemanes no se hacían ilusiones al respecto: no se imaginaban que el nacionalsocialismo pudiera ser introducido jamás en España”. Más adelante dice que “Los alemanes nunca fueron mucho más de diez mil hombres” en tanto los italianos alcanzaron la cifra de 60 mil en total al término de la guerra”.

También Payne escribe que en octubre de 1936: “el principal consejero político de la Wilhelmstrasse, Ernest von Wezsá había manifestado a los representantes alemanes en España que no estaban autorizados a ejercer la menor presión para tratar de favorecer una revolución del tipo nacionalsocialista en aquel país.
Los alemanes jamás se apartaron de esta línea.
Contra todas las hipótesis lanzadas por los que han escrito de esta guerra, en el sentido que Alemania e Italia tramaron toda una conjura para apoderarse del control de España, Payne dice que fue el general español Mola el que el 1 7 de julio, había lanzado la flecha de la insurrección sin estar seguro dónde exactamente iba a parar esa flecha. Parece ser que aquellos ni enterados estaban del levantamiento: “No hay ninguna prueba de que lo mismo el gobierno alemán que el italiano estuviesen al corriente del golpe que se preparaba, ni mucho menos de que lo hubiera provocado”. Y más adelante este autor agrega: “La rebelión militar (de Mola) cogió a los italianos por sorpresa”.

Por lo general eran soldados regulares, con preparación militar apropiada y otros, como la Legión Cóndor, de los alemanes, tenían entrenamiento especial. De los “voluntarios” enviados por Mussolini Broue hace la observación: “La mayoría de los soldados, destinados a España fueron, al parecer, designados de oficio entre las tropas ya entrenadas. Al principio se trató en su mayor parte de los que habían hecho campaña en Etiopía.

La República recibió apoyo de la Unión Soviética. También llegaron hombres de Italia, Alemania, México, Estados Unidos y cincuenta países más en tal medida que pronto se organizaron lo que se conoció como “Brigadas Internacionales”. Verdaderas legiones de hombres soñadores que luchaban por la libertad y la democracia. Longo dice que, de hecho, la República recibió ayuda de todo el mundo: “Todos los continentes, razas y pueblos, están representados por sus mejores hijos en las filas de los defensores de la República Española. Hay voluntarios de 53 países”.

Hombres, y también algunas mujeres, que tenían como norma cambiarse de nombre. De la tierra de donde procedían se llamaban de una manera, en España de otra y más tarde se les encontraría actuando en la Segunda Guerra Mundial bajo otro nombre, muy al estilo de Bruno Tráven, ese gran novelista que fuera conquistado por México y del que también la leyenda dice que actuó en la guerra española al lado de los republicanos, bajo quién sabe qué nombre.

La Falange, partido nacionalista, “poético y literario” del principio, como había sido caracterizado por José Antonio Primo de Rivera, a partir del 2 de noviembre de 1933 en que en Daimiel fuera muerto a puñaladas uno de sus miembros, colocó en segundo lugar su carácter cultural para dedicarse más a acciones con la pistola en la mano en un medio político que, a semejanza de los otros países europeos de esos años, las piezas de oratoria eran acompañadas con balazos y cuchilladas.

En los meses que siguieron las calles de las ciudades españolas fueron sembradas por cadáveres tanto de socialistas como de nacionalistas. Fue el momento en que los políticos de todos los colores dejaron de comprar lápices y cuadernos y empezaron a preocuparse por obtener las mejores armas del mercado internacional “Contra la voluntad de José Antonio Y hasta contra sus esperanzas, la dialéctica natural de su movimiento impulsaba a la Falange hacia una carrera de violencias” (Payne).

Así fue como la revolución civil desembocó en una auténtica guerra. Un conflicto casero que se internacionalizara sin salir de sus propias fronteras poniéndose en juego intereses de muchas partes ajenas al lugar. Todos intentando rescatarla. Lo secular quería salvarla. La religiosidad también quería salvarla. Luego veremos que, en ese estado de cosas, precisamente los que no querían salvar- a la democracia española eran los que se decían países democráticos. Cuando les convino simplemente dieron el reconocimiento al dictador Franco Y arrojaron a la basura el proyecto de libertad y democracia que tanto habían cantado en el mundo a nombre de la España Republicana. La primera potencia que reconoció a Franco fue Inglaterra:

“El 16 de noviembre, el gobierno inglés, para la protección de sus intereses, se decidió a reconocer de FACTO al gobierno de Burgos” (Broue).
Para dar una idea de lo que fueron las Brigadas Internacionales, del bando republicano (pues en cierto modo también hubo Brigadas Internacionales del lado nacionalista, aunque nunca se llamaron así), Longo dice que, nada más en el batallón “Dimitrov” se hablaban doce idiomas distintos y que esto representaba siempre un problema de entendimiento. Broue agrega que “El 9 batallón de la 14 brigada se conoció con el nombre de “Batallón de las nueva nacionalidades”.

También deja constancia que, por conveniencia de inflar los números, ha habido exageraciones entre escritores de todas las tendencias políticas, quienes hablan de “cientos de miles”, pero que las cifras máximas de las Brigadas fluctuaron entre 30 mil y 50 mi combatientes en su mejor momento. Propone un contingente de 50 mil, pero: “Si estimamos el efectivo de una brigada en 3,500 hombres, lo que es un máximo, pues las brigadas rara vez tuvieron completos sus efectivos”. André Malraux dice que no pasaron de 25 mil (dato citado por Broue).

La mitad del mundo socialista se fue a España a luchar contra Franco, desbordando valor y entusiasmo, pero pocos sabían el arte de la guerra. Es cierto que fueron reforzados por esos internacionales que eran veteranos de la primera guerra mundial, pero “buena parte de estos jóvenes llegan al frente sin haber empuñado jamás un arma. Algunos caen antes de haber disparado la primera bala” (Longo).

Este mismo autor relata que los combatientes a favor de la República “Van al frente en mangas de camisa o en ropa de trabajo, vestidos con el MONO, que durante semanas de lucha distingue a los republicanos. Pero al llegar la noche, sin mejor defensa, sufren por el frío y la humedad.

Durante la batalla, una vez agotados los cartuchos que se llevan en los bolsillos como el mejor tesoro, los combatientes se encuentran de pronto inermes y deben abandonar las posiciones. Con frecuencia regresan tranquilamente a sus casas, a la ciudad”.

Los voluntarios por el lado de Mussolini se agruparon en la organización CORPO TRUPPE VOLONTARIE (CTV). Esto de voluntarios, ya lo anotamos debe leerse entre líneas, al menos en lo que se refiere a soviéticos (para el lado republicano) y a los italianos (de Franco). Los enviados de Stalin eran hombres bien preparados en lo militar y en la política. Los de Mussolini no se quedaban atrás. Eran en parte voluntarios captados en los locales del partido fascista y otros habían salido directamente de los cuarteles. Como fuera, todos ellos, de un bando o de otro, percibían su paga mensual.

Las Brigadas Internacionales eran financiadas por los partidos antifascistas de sus respectivos países. El ejemplo más patente de ello lo constituyó el batallón “Garibaldi” de los italianos. Pero organizaciones de otros países podían patrocinar también a Brigadas de otras nacionalidades con este mismo fin. Longo apunta: “En Francia se encuentran ya Nenni y Nicoletti. Su intención es la de asistir al congreso de las TRADE UNIONS inglesas y pedir ayuda a favor de los garibaldinos en España”.

De todas maneras la República debió asumir muchos de los gastos de esos voluntarios de otros países en alojamiento, víveres y ropa. Sobre todo si se piensa que cientos de combatientes debían ser retirados heridos de los frentes y llevarlos a las ciudades donde permanecían inactivos convalecientes. Broue apunta que en enero de 1939, cuando la defensa de Barcelona: “En Barcelona, sobrevivir se había convertido en el primero de los problemas. Todo faltaba: ya no había carbón, ni electricidad. Las tiendas estaban vacías; inclusive en el mercado negro, la penuria se había generalizado”.

En ocasiones esto producía rivalidades con los mismos españoles republicanos a los que habían ido a ayudar. Como las Brigadas Internacionales estaban más pertrechadas podían dar mejores batallas y con frecuencia hubo descontento. Cuando a los voluntarios españoles socialistas se les terminaba el parque, abandonaban la lucha y regresaban a la ciudad, como hemos visto. Los internacionales en cambio seguían luchando.

En parte a esto se debe que la historia de la guerra registre un ligero mayor empuje en estos que en los españoles. No es que les faltara valor, lo que les faltaban eran balas. La batalla de Teruel, y más tarde la del Ebro y las defensas de Madrid, fueron los escenarios donde los combatientes españoles, de los dos bandos, reafirmaron que pelear corno cualquier otro guerrero en “Teurel fue quizá, como dijo Rojo, la resurrección de la grandeza moral” del combatiente.

Muchos de los voluntarios nacionales, y también de los internacionales, creyeron en un principio que apaciguar las cosas era cuestión de pocas semanas. Pero la guerra empezó a alargarse y los combatientes se fueron cansando. Muchos soldados de Mussolini se pasaban a las fuerzas de la República y después ya con más libertad dejaban el frente de batalla, llegaban a la ciudad española más próxima y buscaban su regreso a Italia.

Los españoles, enfrentados entre sí y dejados a sus propios recursos, hubieran protagonizado una acción golpista más o menos como tantas que ha habido en este siglo por todo el mundo. Lo que le dio grandiosidad al conflicto fue que ahí chocaron intereses demasiado fuertes. Su panorama de guerra fue distinto a lo que conocemos como movimiento armado de la Revolución Mexicana (aunque aquí fueron más años e igual cantidad de muertos que allá) debido a que aquí solo había una potencia extranjera dirigiendo a las facciones contrarias, Estados Unidos. En cambio en España eran varios países dirigiendo, todos ellos muy fuertes, incluido Estados Unidos.

Hacia mediados de 1938 el comité de No Intervención decidió retirar a las brigadas Internacionales de los dos lados. En el fondo fue un teatro la tal medida: “La evacuación de los extranjeros que combatían en España constituyó una comedia diplomática, por ambas partes. Se hizo sin control, pero en medio de ceremonias ruidosas, de desfiles de patéticos adioses” (Broue).

De las dos partes se retiraron, efectivamente, heridos o combatientes cansados, pero eran reemplazados por gente descansada. Cuando al fin, en 1939, los frentes de guerra de la República se hundieron y hubo que cruzar los Pirineos para salvar la vida, muchos de estos combatientes eran todavía de las Brigadas Internacionales. Entre los que huían hacia Francia “figuraban 700 de los últimos internacionales que se habían quedado en Cataluña hasta el último momento y qué cruzaban la frontera el 7 de febrero tan sólo” (Broue).

México también contempló este aspecto de las Brigadas. Avni escribe que “cuando el gobierno republicano español decidió disolver las Brigadas Internacionales y México tuvo que admitir algunos de los voluntarios, que no podían regresar a sus países de origen, Cárdenas ordenó a su embajador de España, Adalberto Tejeda, enviar a México a todos los alemanes, austriacos e italianos: más tarde ofreció asilo a todos los ex miembros de las Brigadas oriundos de países del este de Europa que, de haber regresado a sus países, habrían sido perseguidos por los gobiernos fascistas. Ello incluía 313 polacos, 98 checos, 56 rumanos y otros de diversas nacionalidades”.

La república tuvo una existencia de lo más inestable desde el principio. Con un enemigo respaldado por poderosos aliados de Italia Alemania, contaba además con ministros de partidos políticos y organismos sindicales jalando más o menos en una misma dirección ideológica, pero en la práctica enfrentándose entre sí, estorbándose sus respectivos planes de trabajo día tras día.

Juan Peiró, encargado del Ministerio de Industria, escribió a este respecto: “Podría decirse que, a cada iniciativa presentada por el ministro de industria, hemos tropezado con un sabotaje muy cordial, muy amistoso, pero sabotaje al fin. Muchas cosas han quedado por realizar, después de ser aprobados, porque no hemos tenido los medios necesarios para realizarlos. Y así se va escribiendo la historia” (Peirats).

También Federica Montseny, senadora anarquista de la CNT encargada del Ministerio de Sanidad y Asistencia, hace alusión a ese ambiente de intrigas (se refiere a los comunistas) que prevalecía en el seno de la República Democrática: “Nosotros trabajábamos desde la mañana hasta la noche realizando todos los trabajos. No teníamos tiempo para perder ni viajando ni celebrando conciliábulos, ni intrigando ni haciendo camarillas políticas ni preparando crisis” (Peirats).

La Pasionaria opinaba lo mismo: “El aglutinamiento común —la voluntad y la decisión de ganar la guerra—, se diluía frecuentemente, desaparecía, ahogada por las rivalidades y antagonismos (se refería a los anarquistas) de las diferentes fuerzas políticas y por las ambiciones personales de los dirigentes de estas... Las direcciones de los diferentes partidos políticos se negaron a toda acción común eficaz”.

La división interna que caracterizó a las fuerzas antifranquistas fue tan profunda que ni antes ni después se pudo disfrazar este hecho: Los socialistas estaban en contra de los comunistas, estos en contra de los anarquistas y los libertarios en contra de los comunistas. Ocasionalmente se unían para repeler otros ataques de Franco o para tomar la iniciativa en el combate, pero después del triunfo, o de la derrota, se volvían a separar y atacar entre sí. Y entonces lo ganado se perdía, o se perdía más de lo perdido.

En el lado nacionalista había también fuertes divisiones manipuladas por Franco con miras a enfrentar a sus seguidores para que no se unieran y pudieran disputarle el liderato. Esta táctica la practicó de manera constante hasta el final de sus días. Un ejemplo. Sancho Dávila, Agustín Aznar y José Moreno intrigaban fuertemente por hacerse cada uno de ellos del mando del partido de la Falange, después de la muerte de José Antonio Primo de Rivera. Esta incapacidad de los partidos políticos, o de los funcionarios, para ponerse de acuerdo y lograr la unidad, desembocaba siempre en el fortalecimiento de Franco como figura central, Payne es acertado cuando dice, refiriéndose al campo franquista ‘Entre los revoltosos no existía el menor vínculo político común”.

Aquí debemos decir algo sobre la falange, por haber sido, del lado franquista, el partido político que más importancia desarrolló. En el lado de las izquierdas había numerosas figuras principales pues eran partidos poderosos y varias organizaciones sindicales muy fuertes. Cada uno de estos grupos con sus pugnas internas propias queriendo imponer sus programas particulares. El resultado eran frecuentes y prolongadas asambleas, en donde se consumía demasiado tiempo. Del lado de los nacionalistas igualmente existían numerosas figuras principales, pero solamente había una jefatura: Franco. Tal situación permitía mayor efectividad en la coordinación de planes y en la acción para llevarlos a cabo.

La figura de la jefatura única, con su teoría de la minoría, había empezado a hacerse familiar desde algunos años atrás, cuando la Falange empezó a estructurarse. Entonces había tres figuras principales que eran Ruíz de Alda, Ramiro Ledesma Ramos y José Antonio Primo de Rivera.

Este triunvirato batallaba mucho también para sacar adelante el movimiento. Por eso, con el tiempo, apareció un grupo en el seno de la Falange que fue e! promotor de la figura única, la cual recaería en el último de los triunviros menciona dos: “Alegaban que no podían superarse las contradicciones internas, ni mantenerse un frente unido, ni imponer una ideología bien definida, al menos que dotase al movimiento de una autoridad jerárquica indiscutible” (Payne).

Pero no se crea que soñaban con un Duce o un Führer. Hablando de uno de los líderes de la Falange, Payne escribe: “Ruíz de Alda se sumó a los líderes jonistas, repudiando las ideologías extranjeras por considerarlas demasiado autoritarias”. Lo mismo dice que pensaban José Antonio Primo de Rivera y Ramiro Ledesma. Querían. Querían algo auténticamente español, pero no sabían a ciencia cierta qué. No les gustaba la democracia de las izquierdas bolcheviques, pero tampoco la teoría de la minoría de los nazis, ni tampoco el fascismo el cual “tiene una serie de accidente externos, intercambiables, que no queremos para nada asumir” dijo en una ocasión José Antonio Primo de Rivera (citado por Payne). En realidad José Antonio buscaba una revolución social bajo el sello de nacional sindicalismo.

La desesperación de ser barrido de la escena política por las izquierdas, bajo el recurso de encarcelar a sus dirigentes, (como finalmente lo hizo con José Antonio Primo de Rivera) hizo que la Falange aceptara ligarse con grupos que hasta entonces había evitado, como eran los monárquicos y los militares, y decidirse por el camino de apoyan la violencia: “Cuando la conspiración militar se hizo concreta, la Falange sólo podía sumarse a ella sino quería exponerse a ser aplastada por una derecha militante o por una izquierda victoriosa” (Payne).

La cara sanguinaria con que el mundo conoce a la Falange corresponde a la Falange de Franco. Pero la Falange fundada por José Antonio Primo de Rivera aspiraba en su nacimiento a ser una cosa distinta.

Años treintas en España las muchachas que querían militar en un partido político tenían que vencer primero la oposición de la familia, y con esto nos podemos imaginar la revolución que significó “La organización (se llamaba Sección Femenina de la Falange) creció de manera asombrosa durante la guerra y en 1939 contaba con 8O mil afiliadas” (Payne). Esta sección Femenina había sido fundada por Pilar, la hermana de José Antonio Primo de Rivera.

A partir de la muerte de José Antonio Primo de Rivera, en 1936, en la cárcel de Alicante, donde fue fusilado, para la Falange se perdieron las esperanzas de ser un partido nacionalsindicalista, político y culto. En adelante, y ya metidos todos en el mecanismo de la guerra, fue un instrumento paramilitar y, con frecuencia, el ejército regular sacaba a sus mejores combatientes y los absorbía con la perspectiva de mejores sueldos y oportunidades potenciales concretas. Payne da un dato del lugar importante que ocupaba la Falange en la composición de las milicias, que eran los grandes cuadros de apoyo en los frentes de guerra y en la retaguardia con los que contaban los ejércitos de Franco. En abril de 1937 eran “1 26 mil falangistas, 22 mil requetés y 5 mil hombres pertenecientes a otros grupos”.

Mas adelante acabarían siendo asimilados por completo en un partido único de los nacionalistas. “La línea ideológica de la Falange se había trunca do definitivamente con los trágicos acontecimientos de 1936” (Payne). Y más adelante: “En 1937 la mayoría de los miembros del partido carecían de toda formación ideológica.

Este autor relata que la fama de organización sangrienta, que tuvo la Falange después de la muerte de su fundador José Antonio, se debe a una hábil estratagema del ejército regular ya que, en lugar de ser esta institución la que ejecutara a grandes grupos, se servía de la Falange para que lo hiciera: “El ejército, principal responsable de la iniciativa y de la ejecución de esta política de asesinatos en masa, prefirió, en lo posible, utilizar a falangistas para esos menesteres”.

Pero también Payne deja asentado que a pesar de habérsele asignado el papel de verdugo, la Falange se preocupaba porque el derramamiento de sangre fuera el menor posible: “Sin embargo, la Falange fue el único movimiento dentro del grupo de las derechas, que trató de impedir que sus miembros se entregasen a crímenes arbitrarios, incluso en casos excepcionales”.

El 1 4 de marzo de 1936 la República democrática prohibió la Falange. Sus principales dirigentes fueron encarcelados y otros pudieron escapar. Así, este partido político, de segunda importancia hasta entonces, se vio en la disyuntiva de desaparecer para siempre o rebelarse de manera frontal contra la República, ya fuera sola o en colaboración con otros. Pronto se encontrarían con el “prudente y muy influyente general Franco”. Así fue como la Falange pasó a ser, dentro de la sangrienta acción de la guerra, el principal partido político del Estado Español de los años posteriores.
Para desaparecer a la Falange, o más bien, para quitarle este nombre, Franco primero asumió el mando del partido, después lo fundió con otra organización (la Comunión Tradicionalista) y con los contingentes de las dos agrupaciones nació lo que iba a ser el partido único oficial del nuevo Estado Español. Este partido se llamó en adelante: “Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista”. Después, ya bajo la sombra de las potencias occidentales aliadas, la historia de este partido le estorbaba a Franco. La Falange se extinguiría como partido político hacia 1960.

Los dirigentes socialistas estaban de acuerdo que, de ganarse la guerra en España, por las izquierdas, era muy probable que la segunda guerra mundial, que para entonces era ya muy evidente, jamás hubiera empezado. Querían ganar la guerra en España para evitar la guerra en Europa y en el mundo. Pero, como tremenda contradicción, también querían empezar esta guerra general para salvar a la República, que ya para 1938 se consideraba insostenible por los republicanos españoles y por los que desde afuera los apoyaban.

Las potencias se dedicarían a cuidar para sí sus reservas de guerra y dejarían de pensar tanto en España y en apoyar a Franco. Hasta pensaron provocarla. En cierta ocasión Prieto, ministro de Defensa del lado republicano, tuvo la ocurrencia de atacar a la flota alemana del Mediterráneo con aviones de bombardeos: Tal réplica significaba la guerra con Alemania, Prieto lo sabía, pero esperaba que eso produjera la guerra europea, único medio, según el, de salvar a España” (Broue).

Pronto se dieron cuenta los españoles que el destino de esta guerra no estaba en sus manos. Que desde el exterior podía decidirse en una dirección o en otra. Veían los resultados, pero ya no podían penetrar las intenciones de las potencias. Algunos como Federica Montseny o La Pasionaria, deducían unas primeras razones, pero hubieran necesitado tener a la vista los resultados de los siguientes cincuenta años de historia para encontrar otros móviles relacionados con la dirección que entonces seguía su guerra.

En este punto no seguimos a Payne cuando dice que “después de 1898 no existía ninguna amenaza extranjera contra España”. En realidad todos estos países jugaron con el atraso social que España venía experimentando, desde décadas atrás, y que era lo que había puesto en ebullición a los españoles de todas las tendencias, desde el golpe de Estado en 1923 del general Enrique Primo de Rivera, padre de José Antonio.

Volvieron a actuar los antagonismos históricos, que siempre han tenido las potencias dentro del mismo continente europeo, con miras a fortalecer las posiciones incluso allende sus fronteras. En este punto los republicanos fueron algo ingenuos (tan ingenuos como Hitler cuando quería hacer alianza con Inglaterra). Los libertarios hablaban de la libertad del individuo y los comunistas de la dictadura del proletariado, pero los gobiernos cuidaban mucho sus áreas de influencia política y económica.

Estamos hablando aquí sobre todo de los países que en esos días se decían “democráticos” y que debieron haber echado toda la carne al asador para darle la victoria a la España de la Montseny. Con su anuencia y apoyo político, humano y técnico, esta España se metió en el callejón de la guerra y explícita y tácitamente estaban obligados a ello. Pero decidieron que perdiera. No fue Italia y Alemania las que tuvieron más empuje en el apoyo a Franco, sino que los aliados de la República se hicieron para atrás. Las izquierdas españolas se quedaron inermes y entonces Franco solamente necesitó de unos meses para convertirlas en polvo.

Creyeron de buena fe los socialistas españoles que los ingleses, sus eternos adversarios en Europa, en el mar y en América, los ayudarían para defender la República. Ya una vez Inglaterra había contribuido en favor de los Estados Unidos a que España perdiera sus inmensos dominios de América y ahora no iba a dejar que volviera a levantar cabeza, por más que, junto con Francia, hablara el hermoso lenguaje de la libertad y la democracia.

En el lado nacionalista también se incurrió en este descuido de la historia: “la alta burguesía española en general y particularmente los núcleos monárquicos eran anglófilos” (Payne). En realidad muchos carlistas (monárquicos) eran católicos antifascistas no porque repudiaran las ideas de Mussolini por sí, sino porque eran anglófilos.
Este antecedente histórico lo consignó la Pasionaria en su destierro en la Unión Soviética: “Ni la burguesía francesa ni el capitalismo inglés deseaban el triunfo de la España popular por múltiples razones, entre otras, por su constante enemistad hacia España, a la que necesitaban pobre, atrasada, para imponerle tratados ominosos y pactos leoninos. Para ello actuaron como lo hicieron”.

Además era difícil que Inglaterra aceptara quedar situada entre dos potencias comunistas. Rusia y el resto de la Unión Soviética como puerta de la profunda Asia, y España, en el suroeste europeo, con un puente ya establecido en Marruecos y el norte de África al final del cual estaba Palestina...

Palestina, esta es nuestra idea, era la carta que a la sazón jugaba Inglaterra en favor del proyecto sionista. Ya una vez España había expulsado a los judíos de su suelo y su influencia, andando el tiempo, podría hacerse presente de nuevo políticamente entorpeciendo tal programa por el que tanto había trabajado Inglaterra, en la primera guerra mundial, y los sionistas desde el siglo pasado.

Esta influencia no solo podía llegar a través de las dunas del desierto africano, sino en barcos sobre las olas del Mediterráneo, que por entonces dominaban Italia y Alemania y que conectaba directamente a España con Palestina.
La previsora Inglaterra no podía permitirse esa incertidumbre a despejar en el futuro. Había demasiadas cosas en juego. Para conjurar ese peligro potencial era mejor reconocer a Franco. Este también podría influenciar en el cercano oriente, pero ello dependía de si el Eje ganaba la guerra. Con una Alemania derrotada Franco se quedaría quieto, preocupado únicamente de no ser derrocado, y los palestinos podrían ser desplazados sin que nadie metiera las manos para impedirlo.

Y algo menos perceptible entonces todavía que el éxodo judío a Palestina, estaba lo que al parecer, aun hoy, sigue dándose sin apenas notarse y era abatir el eurocentrjsmo conocido en todo el mundo con el concepto genérico de lo “occidental” y transferirlo al norte del continente americano. De esa manera, los que apuestan que a Esta dos Unidos le quedan tan sólo tres años de primera potencia, abonan con ese confiado pensamiento el real desplazamiento de la capital de la cultura occidental hacia Norteamérica.

El temor enorme en esa época era que el asiacentrismo desplazara el eurocentrismo. Pocos se cuidaban de Norteamérica. Parece una broma que la capital del mundo tecnológico, y se espera que también el cultural, estaría después en Estados Unidos y ya no en Europa: “Auge que había empezado ya con el desplazamiento del poder político hacia los Estados Unidos, pues a éste habrá de seguir el desplazamiento cultural en la misma dirección” (Frost). Creemos que esto también influyó para quebrar el empuje vigoroso de la República española, pues no hay que olvidar el enorme bagaje cultural que a través de los siglos ha dado España al mundo occidental.

Al finalizar la segunda guerra mundial, muchos esperaban que los aliados derrocaran a Franco, pero fue “salvado finalmente al terminar la guerra gracias a la protección del vencedor norteamericano” (Broue). Franco no iba a externar la menor opinión en contra de los judíos en Palestina frente a Estados Unidos, gran impulsor y protector de este proyecto.

Longo dice al referirse al Pacto de Munich en septiembre de 1938, concluido por Alemania, Italia y los jerarcas de Inglaterra, y Francia, apoyados por los Estados Unidos: “En esta situación, los círculos dirigentes anglo—franco—americanos multiplicaron sus esfuerzos para asfixiar a la República Española”. Prieto, del gobierno republicano, exclamó: “Europa nos ha traicionado” (Broue).

Otra presencia que el pueblo en su casi totalidad no veía era la acción de la masonería española. La Pasionaria hace en su libro un examen de esta organización y le dedica un capítulo en el que la califica como “Actuando al dictado de fuerzas no nacionales”. En España, dice, la masonería siempre fue liberal, antifeudal, antimonarquísta, anticlerical, antiabsolutista: “Impulsando al proletariado a la lucha contra ellos, pero bajo la dirección de los partidos burgueses”. Agrega que a la postre también fue factor que contribuyó a la derrota de la República”.

En el lado nacionalista la cosa estuvo más grave para la masonería, pues no se quedó en la mera acusación intelectual. Cuando Payne relata la caída política de Salvador Merino, uno de los grandes dirigentes de la Falange, después de la guerra civil, escribe lo siguiente: “Durante su ausencia (Merino acababa de casarse y se encontraba de viaje de bodas) fue acusado de haber pertenecido a la masonería, acusación gravísima en una época en que centenares de masones, a los que se consideraba como los peores enemigos de la “nueva España”, habían sido ejecutados”.

Unos años antes Onésimo Redondo, organizador del sindicato de remolacheros en los años 1930, 1931, se expresaba en sentido análogo: “Todas las fuerzas agnósticas relativistas, germen de división, que habían adquirido cierto predominio en 1931 y aún desde 1875, debían ser barridas” (anotado por Payne).

En esa situación de inestabilidad los españoles recurrieron a un mecanismo de compensación. La Pasionaria cuenta que, de niña, iba a la playa cercana de su aldea minera y soñaba con México y Hernán Cortés. Los franquistas no se quedaban atrás: “Los jóvenes falangistas manifiestan ruidosamente su deseo de reconstituir una gran potencia ibérica” (Broue). Y más adelante: “España, pobre antes de la guerra, y arruinada después, no podía más que soñar con la grandeza sin esperar alcanzarla”. Los españoles de todos los bandos pensaron en un resurgimiento como primera potencia. José Antonio Primo de Rivera, que no se ubicaba en ningún extremo político, pero que a la vez todos le ponían la etiqueta de pertenecer al partido contrario, también decía: “Las luchas sociales, la miseria económica y las discordias políticas sólo se terminarán cuando los españoles volvieran a ser capaces de forjar su propio destino común en el mundo” (Payne). Este mismo autor apunta lo siguiente: “Los sueños imperiales resultaban francamente absurdos teniendo en cuenta los flacos recursos españoles... Se trata de un tradicionalismo patriótico, vuelto hacia el pasado, que predomina especial mente en la clase media castellana y entre los campesinos del norte”.

Apenas al año siguiente del inicio del conflicto, pero cuando ya muchas esperanzas de triunfo se estaban perdiendo para la República, se ofreció por Negrín un programa mínimo bastante modera do. En él se garantizaba poder volver casi al antiguo modo de vida: respeto de la propiedad privada. Ya no se hablaba tan insistentemente de internacionalismo y en cambio la misma Pasionaria buscaba la expresión: “Unión Nacional”; libertad de creencias religiosas: “Las misas privadas fueron autorizadas y, el 1 5 de agosto de 1 937, en Valencia, se celebró la primera misa oficial en el inmueble que ocupaba la delegación vasca... Todas esas decisiones tenían como miras tranquilizar al extranjero” (Broue).
Era tarde. Franco no quería escuchar una sola palabra procedente de los comunistas. Ni siquiera la palabra “capitulación”. Los quería muertos. El, como también los otros grandes grupos del Frente Popular que luchaban por la República, tenían la idea que seguían órdenes directas de Stalin para apoderarse del control total de España. Eran, al decir de Broue, un “Estado dentro del Estado”.

Podría tal vez entrar en pláticas con los socia listas, republicanos y hasta con los anarquistas, pero no con ellos. Buscando terminar el conflicto de manera que se facilitaran las cosa, que hubiera siquiera un mínimo de entendimiento con los nacionalistas, para rescatar lo que se pudiera de puestos claves en el nuevo gobierno que se avecinaba, y evitar un final sangriento como era de suponerse, el 5 de marzo tuvo lugar lo que se llamó la Junta Casado, y no fue más que un cuartelazo al presiente Negrín queriendo dejar asentado con esa maniobra las condiciones aceptables por Franco, pues “Todos los sindicatos o partidos del Frente Popular figuraban en ella, con excepción del PC” (&oue).

Los comunistas aún tenían fuerzas suficientes para enfrentar a la Junta Casado, pero el gobierno de Negrín al aparecer consideró estéril que siguiera derramándose sangre a esas alturas, y al día siguiente, el 6, el sector comunista del gobierno abandonó España en un avión y sus componentes volaron para Francia. En él iban Negrín y del Vayo: “Con ellos salieron los dirigentes comunistas, políticos como La Pasionaria, Uribe, militares como Lister, Modesto, Hidalgo de Cisneros, Nuñez Maza”.

Mientras tanto los oficiales comunistas tomaban de todas maneras las armas en Madrid para enfrentar a Casado. Dos de ellos, dice Broue, “Castro y Hernández parecen haber combatido, en aquella época, la actitud de capitulación de su dirección, y sobre todo, la huida de La Pasionaria”.

Empezó así el absurdo cuadro de una guerra entre iguales, teniendo a las puertas a las poderosas fuerzas nacionalistas que podían acabar con todos ellos juntos en cualquier momento.

En una sola semana hubo todavía dos mil muertos del Frente Popular que se hacían la guerra entre sí en los alrededores de Madrid. Madrid, la de la leyenda para todos los bandos. La inconquistable hasta entonces para Franco debido a las valientísimas cuatro batallas que habían hecho los republicanos a costa de miles de vidas, estaba derrumbándose ahora sola en virtud misma de la guerra mutua entre las anteriormente heroicas izquierdas defensoras, ahora enemigas irreconciliables.

Franco no tenía que hacer sino esperar sin disparar un solo tiro para entrar a barrer lo que quedara de escombros del inmenso simbolismo que era la ciudad de Madrid. En ese lugar habían muerto demasiados miles de españoles republica nos, así como de internacionales, y ahora ya era nada.

El 12 de ese mismo mes “un folleto del PC hizo un llamamiento para que terminaran los combates fratricidas” y el 25 salió, de un pequeño aeródromo cerca de Cartagena, un avión llevando a 50 militantes comunistas”.

Pero de todas maneras Franco no quería negociar. Exigía capitulación. Ante esto, “La junta pidió barcos al extranjero, especialmente a Londres y a Paris” (Broue), para que el mayor número de comprometidos pudieran abandonar España. En Alicante se amontonaban por lo menos 45 mil personas. Pero Londres y Paris no respondieron. Solamente salió un barco francés con 40 pasajeros.

El final nos lo relata Broue: “En algunas partes unos cuantos centenares de combatientes se hicieron matar o se suicidaron. Centenares de miles abandonaron el frente, pero en su mayor número fueron finalmente capturados”. Terminó la guerra civil española el 31 de marzo de 1939.

“En 1 944 un funcionario del Ministerio de Justicia le entregó, a un corresponsal de la Associated Press, una hoja de papel en la que figuraba el número de presos políticos que se suponía habían sido ejecutados desde el final de la guerra: 192, 684” (Payne) y en seguida el autor explica que esta cifra “se refiere únicamente a las ejecuciones dictadas por la administración de la justicia desde abril de 1939 a junio de 1944 y no incluye las ejecuciones llevadas a cabo por el ejército”.

Wiskemann relata que “El 19 de mayo de 1939 tuvo lugar en Madrid el desfile de la victoria de los nacionales, en el que tomaron parte los italianos. El 22 de mayo se celebró en León el desfile de despedida de la Legión Condor” de los alemanes.

Franco había ganado. Sin embargo las potencias que lo habían llevado al triunfo en breves años perderían la guerra y entonces conocería dificultades políticas muy serias y tuvo que aprender a sortearlas.

Tanto en España como en América muchos esperaban la caída de Franco para cuando terminara la segunda guerra mundial, por haber estado su ascenso fuertemente respaldado por Italia y Alemania. Sin embargo sería Estados Unidos los que lo salvarían de su inminente caída: “El nombramiento de un embajador norteamericano (1950) en Madrid fue la señal para que, una tras otra, las potencias occidentales reconocieran nuevamente al régimen franquista” (Payne).

En lo económico debió enfrentar un panorama desolador pues la destrucción de las ciudades, industrias y el campo, estaba por todas partes y el hambre del pueblo había que sumar la atención de innumerables heridos de guerra. La España nacionalista había gozado de cierta abundancia dentro de la guerra porque ocupaba zonas poco pobladas, pero en cuanto dominó todo el país “la prosperidad aparente de la España nacionalista se desvaneció a medida que el gobierno de Franco tuvo que tomar a su cargo a las regiones superpobladas y mal abastecidas de Barcelona, Madrid y de Levante (Broue).

La situación económica, en la España de Franco de Posguerra, es contradictoria aún entre los historiadores que no son sospechosos de posiciones partidistas. Payne asegura que “En 1950 España estaba en pleno florecimiento capitalista. El margen de beneficios de los grupos económicos era elevadísimo y las empresas aumentaban constantemente su capital social”.

Así termina el aspecto epopéyico, diríamos glorioso de la contienda. Poético, como hubieran escrito Novalis y Nietzsche. Pero es en este punto en que da comienzo la parte más cruel de la guerra española: el exilio.

Francia tuvo que aceptar a centenares de personas que, huyendo de Franco, cruzaron su frontera o llegaron por mar. Fueron encerrados en campos de concentración llamados los “campos de la muerte”: Avni describe: “Terribles condiciones reinantes en los campos de concentración de Saint Cyprien, Gurs, Rivasaltes y otros”. Y mientras esto sucedía, unos meses después estalló la segunda guerra mundial y muchos de ellos, combatientes ya cansados por todo lo que habían pasado en España y lo que querían era recuperarse, organizarse y volver a vivir, fueron lanzados de nuevo a participar en la resistencia de los MAQUISARDS franceses. Entonces conocieron de cerca no a paisanos franquistas sino a esa maquinaria de guerra que Hitler había preparado con todo cuidado.

No sabemos que Inglaterra haya admitido refugiados, y si lo hizo debió haber sido en número muy reducido. En cuanto a los que fueron aceptados por Rusia “a menudo fueron dispersados, aislados, colocados en condiciones de trabajo que el clima, difícil de soportar para mediterráneos, hacía más penosas todavía” (Broue).

En estas condiciones tan afrentosas, donde los refugiados españoles parecían lo peor de la humanidad en cuantas puertas tocaban, cuando apenas unos meses atrás eran el ejemplo más grande a seguir por todos los países democráticos, Broue menciona la actitud del gobierno mexicano que “abrió sus fronteras, libremente, a todos los que deseasen encontrar refugio en el país”. En 1939, “La corriente de refugiados que entraban en Francia se convirtió en Febrero en alud. El 27 de febrero Inglaterra y Francia reconocieron oficialmente al gobierno de Franco y el 1° de abril se rindió lo que quedaba del ejército republicano. Había en esa época unos 400 mil a 500 mil refugiados, entre civiles y militares en el sur de Francia” (Avni).

El presidente Lázaro Cárdenas dio un apoyo casi sin medida a la emigración española, y tanto que de colaborador, en un principio, se convirtió en protector de la misma. Gestionó ante la Francia de Vichy que los españoles refugiados entonces en su suelo no fueran entregados a los alemanes que habían invadido a la sazón Francia. Para prevenir una sorpresa de Hitler, alquiló dos castillos cerca de Marsella y alojó en ellos a los españoles bajo bandera mexicana.

Después hizo gestiones ante Francia y también ante Estados Unidos de conseguir barcos para transportar a los refugiados. Luego entró en pláticas directas con Alemania a fin de que esos barcos no fueran hundidos en alta mar cuando se encontraran surcando las aguas rumbo a México. Finalmente, “México se declaró dispuesto a acoger a todos los españoles refugiados en Francia, sus colonias y protectorado” (Avni).

Ya en México tuvieron que descubrir en carne propia que en el inconsciente colectivo del pueblo mexicano siempre están presentes las atrocidades de la conquista española y las de la colonia (“El mexicano no vive su pasado como tal, en él la vieja pugna está siempre presente”, Frost). Sin embargo pronto aprendieron a conocer la connotación que el mexicano daba cuando decía “gachupín” que cuando decía “refugiado”.

No obstante la disposición de Cárdenas para con los refugiados, no se crea que fue la vida en rosas cuando estos estuvieron en México. Aquí se encontraron con una corriente nacionalista bien organizada haciendo presión al presidente para que parara el flujo de inmigrantes; con el sinarquismo, semejante a los requetés de España, a los españoles franquistas ya establecidos en el país; la situación por demás incómoda que significa el que Estados Unidos le estuviera recordando al pueblo mexicano que a los españoles los admitía en tanto a los cientos de judíos que, perseguidos de cerca por los nazis, también quería entrar en México pero que sin embargo a estos no tan fácil se les abrían las puertas. Finalmente el asesinato de Trosky en México, por un agente de Stalin, pues los refugiados españoles, sino los anarquistas, si los comunistas, habían actuado en la España Republicana bajo la sombra de Stalin, y eso también los señalaba en algunos sectores de México.

Sin embargo, junto a los que otros españoles refugiados habían vivido en países del mundo, todo esto eran un mero aspecto histórico, intelectual, existencial pero contingente, con el que se podía llegar a convivir, o encontrar la solución, o la dolorosa y lenta adaptación. En suma, se podía seguir viviendo.

Trasladados así abruptamente, de una semana para otra, de su tierra natal a otra casi extraña, México, tuvieron que empezar a aprender a vivir en un medio diferente en el cual habían nacido y se enfrentaron al proceso “por el cual los inmigrantes sufren determinadas modificaciones en su cultura originaria por la influencia del nuevo medio geográfico y social” (Frost).

Niños huérfanos españoles fueron adoptados por familias mexicanas, o españolas ya en México, o fueron organizados de alguna manera como aquellos famosos “Niños Cantores de Morelia”. Angelina Muñiz escritora mexicana nacida en Hyéres, Provenza... Parte de una rama española que se desgajó durante la guerra civil de 1936 nos revela “algunas profundidades del alma española en el exilio de aquel tiempo, sin raíces, sin fe: en busca de identidad: en el exilio y en la separación... La búsqueda de nacionalidad: exilio español y México”.

Se desligaron así de su España a la que habían querido transformar y provocaron un impacto a donde llegaron, pero “La mayoría de los países de lengua española de la América Latina se han beneficiado de manera considerable con la aportación intelectual y cultural de los republicanos españoles, que han pasado a ocupar un lugar en las empresas, los periódicos, las universidades” (Broue).

Todavía organizaron en México algunos grupos culturales que les recuerda a su querida tierra: bailes, música, vestidos, fechas. Paralelamente de eso pasaron a ser parte del pueblo mexicano y a vivir juntos un destino común.

Bibliografía

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WISKEMANN, Elizabeth, LA EUROPA DE LOS DICTADORES Siglo Veintiuno Editores, S.A.
México, 1978.


CUADERNOS YA EDITADOS
1. “Muero como viví ¿Cómo decirles Adiós? Seis cartas de Vanzetti.
2. “Historia del Primero de Mayo”. (Primera Edición).
3. “Carlos Marx 1883—1982 Recopilación.
4. “Bertolt Brecht: Intelectual Comprometido
6. “Agresiones Armadas Yanquis contra México”. Cronología.
6. “Las calles de México”. Luis Gonzalez Obregón.
7. “El asalto a San Bruno” Alberto Pulida A.
8. “Zapata y Villa en la Ciudad de México”. .J. Grigulevich.
9. “El Rock y su Contenido Social”.
10. “Un día Dos de Octubre de 1968’. Antología.
11. “Rubén Jaramillo. Un Profeta Olvidado’. Raúl Macln.
12. “De Indios y Vaqueros”.
13. “Sandino y Nicaragua”.
14. “Rajatabla”. Luis Brito García.
16. “Historia del Primero de Mayo”. (Segunda Edición).
16. “Manuel Buendía: un hombre, una huella, un ejemplo”. Fco. Martínez de la Vega.
17. “Cuentos para niños sobre Derechos Humanos”. (Antología). Marco A. Sagastume.
18. “RENATOgramas de LEDUC”. Recopilación.
19. “La línea dura en el Rock’. Alberto Pulido A.
20. “El mexicano”. Jack London.
21. “Los Wobblies, Activistas Sindicales”, Morais Boyer.
22. “Loa Literatos Malditos’. Antología.
23. “Una modesta proposición” .Jonathan Swift.
24. “150 Frases Célebres”. Recop. de Alberto Pulido A.
26. “Paris la Revolución de Mayo”. Carlos Fuentes.
26. “El movimiento del 68 en la Poesía”. Recop. de Alberto Pulido A.
27. “Loa mensajes del Blues”. Recop. de Alberto Pulido A.
2g. “El Ajedrez en la Literatura”. Recop. Fernando Contreras G.
29. “EJ Cuentista. Horacio Quiroga. Esperanza Paredes.
30. “Me llamo barro aunque MIGUEL me llame”. Miguel Hernández.
31. “Muere una planta y nace el pulque’. Egon Erwin Kiscli.
32. “Cápsulas del Pensamiento Político de Sartre. Recop. de Alberto Pulido A.
33. “Sobre algunas Sectas y Sociedades Secretas”. Recopilador Fernando Contreras O.
34. los trabajadores de la UNAM!”. (Antología). Armando Altamira G.
36. “Los Rockeros le cantan al amor”. Recop. y notas: Alberto Pulido A,
36. “Ala Orilla del Alba”. Vidal Flores Hernández.
37. “El Erotismo en la Literatura”. Recop. y notas: Alberto Pulido A.
38. “La Cadavérica y el Mexicano”. Recopilador: Antonio Muñoz M.
39. “La Literatura, las mujeres y el Rock”. Alberto Pulido A.
40. “Maquiavelo El Centauro: El poder en “El Príncipe”. Jaime Gallegos O.
41. “Problema y Solución del Alcoholismo”. Arturo Gallegos G.
42. “Con un poco de amor...”. Luis Nuño Abaonza.
43. “El Invierno Español de 1936”. Armando Altamira G.