CUADERNOS DE EDUCACIÓN SINDICAL # 20

EL MEXICANO

   

 

Cuadernos de Comunicación Sindical


Secretario General: Evaristo Pérez Arreola
Secretario de Prensa y Propaganda: Alberto Pulido Aranda
Elaboración de los Cuadernos: Alberto Pulido A., Agustín Castillo L., Armando Altamira G., Amador Osorio O., Esperanza Paredes, Ángel Alvarado (Tipografía), Gustavo Godínez (Diseño)
Mecanografía: Graciela Barrón Arnulfo Jiménez (Impresión). Trabajo de Apoyo: Gabriel Caballero y Vicente González.

Distribución Gratuita
Editados por la Secretaría de Prensa y Propaganda del STUNAM

 
   

 

Presentación

Si intentamos buscar una referencia fundamental para introducirnos en el campo de la literatura de las "grandes aventuras", sin lugar a dudas y de manera obligada tendremos que acercarnos a la obra de Jack London (1876-1916) y recrearnos como lo han hecho ya varias generaciones con obras como La llamada de la selva o Colmillo Blanco o a cuentos como El Mexicano que ahora publicamos para ustedes en este número de los cuadernos de Comunicación sindical.

En El Mexicano, de manera por demás genial, London nos va desmenuzando las andanzas de un revolucionario mexicano, siempre participe en la primera línea de la lucha social, de carácter muy duro y con instintos casi animales, que se enrola en los cuadriláteros, con el fin de obtener recursos financieros para llevar adelante los preparativos de la Revolución Mexicana.

Sale al balcón la disección que London hace de los sentimientos de muchos mexicanos que trabajan al otro lado del Río Bravo. Quienes muchas de las veces son de carácter desconfiado, pero eso si muy astutos, como Riveranuestro pugilista revolucionario, y con mucho tacto se saben aprovechar de la personalidad mercantilista deyanqui, para aprovecharse de ella y sacar unos dólares.

El Mexicano forma parte de la obra literaria del periodo progresista de Jack London, cuando tuvo contacto Contacto (1910) con personalidades del magonismo en California.

“Posteriormente, London se fue desinteresando en la revolución mexicana, y en 1914 en plena regresión de sus ideas políticas, consiguió de la revista Collier's –un contrato para actuar como corresponsal de guerra en la Veracruz invadida por los norteamericanos. London fue a Veracruz y publicó varios artículos en mayo de 1914, que mostraban una notable involución en sus planteamientos políticos hacia la revolución mexicana. El país se vengó de él, y una parte de su estancia la pasó en cama con una disentería brutal.

"Este fue el último contacto del escritor norteamericano con México". ("Bajando la Frontera". Paco Ignacio Taibo II).

Después de haber leído estas líneas, ya nos hemos ubicado en el momento histórico y hemos palpado las personalidades de London y su pugilista El Mexicano.

Ahora nos toca gozar con este cuento, saborearlo. Y bueno, salud. (Alberto Pulido A.)


Nadie conocía su historia; menos aún los de la junta revolucionaria. El era su "pequeño misterio", su "gran patriota", y a su modo trabajaba con tanto ardor por el advenimiento de la revolución mexicana como ellos. Los de la junta no reconocieron inmediatamente este hecho, pues ninguno de ellos simpatizaba con él. La primera vez que se presentó en su local, siempre lleno de gente atareada, sospecharon de él, al creerlo un espía: uno de los agentes secretos de Porfirio Díaz. Y de cierta manera tenían razón para sospechar a cada paso, pues muchísimos camaradas se encontraban en las prisiones militares y civiles de los Estados Unidos, mientras a otros se les hacía cruzar la frontera, y allí, en México, se les ponía en fila y se les fusilaba contra los muros de adobe.

El primer encuentro con el desconocido no los impresionó favorablemente en modo alguno. El muchacho no tenía más de dieciocho años y aparentaba tener aún menos edad. Dijo que se llamaba Felipe Rivera y que deseaba trabajar para la revolución.

La visión del muchacho le produjo la impresión de algo siniestro, terrible e inescrutable. Sus ojos negros parecían los de una serpiente. En ellos brillaba una pasión contenida, y reflejaba una inmensa y concentrada amargura...

Aquel muchacho enjuto era lo desconocido, representaba una amenaza que aquellos revolucionarios honestos y corrientes no podían comprender, ya que el odio ardiente que sentían hacia Porfirio Díaz no era más que el repudio de cualquier patriota común.

-Muy bien dijo fríamente-. Usted desea trabajar por la revolución. De acuerdo. Quítese la chaqueta, cuélguela allí, yo le indicaré el lugar, venga, allí donde hay unos cubos y trapos. El piso está sucio y hay que fregarlo un poco. Usted lo hará aquí primero y luego en la otra pieza. Hay que lavar también las escupideras. ..y limpiar los cristales de las ventanas.

-¿y todo ello será por la revolución? -preguntó el muchacho.
-Si señor, por la revolución -contestó Vera.

Día tras día vino a realizar su trabajo de fregar, barrer y limpiar. Vaciaba la ceniza de las estufas, traía el carbón y encendía el fuego antes que el más diligente de los revolucionarios, se sentara ante su mesa de trabajo.
-¿Podría dormir aquí? -preguntó una vez.

¿Así era la cosa, no? Ya estaba mostrando las uñas al agente del tirano Díaz. ..Porque dormir en las salas de la junta significaba tener acceso a sus secretos, a las listas de afiliados, a las direcciones de los camaradas que actuaban en México. La solicitud fue denegada. Rivera no volvió a hablar del asunto. Nadie sabía dónde dormía, ni cómo se ganaba la vida, ni donde comía. Una vez, Arellano le ofreció un par de dólares. El muchacho se negó a aceptarlos moviendo la cabeza. Cuando Vera quiso saber el motivo de esta negativa, él dijo simplemente:

-Yo trabajo por la revolución.

Cuando, en cierta ocasión, se debían dos meses seguidos de alquiler y el dueño amenazó con el desahucio, Felipe Rivera, el enjuto y mal vestido limpia pisos, fue quien puso sesenta dólares en monedas de oro sobre la mesa de May Sethby.

La situación era difícil. Ramos y Arellano se jalaban los bigotes con desesperación. Las cartas tenían que ser despachadas lo más pronto posible, y el correo no concedía, por desgracia, crédito a los que no podían comprar los sellos para enviar su correspondencia. Entonces fue cuando Rivera se puso el sombrero y se marchó sin decir nada. Cuando regresó algunos días después, traía en las manos los mil doscientos sellos que le hacían falta a May Sethby para despachar las cartas retrasadas.

-¿No creen que este hombre recibe dinero de Díaz?

-dijo Vera a sus camaradas.

Todos fruncieron las cejas y nadie pudo manifestarse esta vez decididamente. Felipe Rivera, el que fregaba los pisos por la revolución, continuó trayendo dinero a la junta cada vez que hacía falta.

Pese a todas estas demostraciones de adhesión, los revolucionarios no confiaban en Rivera. Ninguno lo conocía en realidad. Su vida era distinta a la de ellos. El muchacho no hacía nunca ninguna confidencia y rechazaba toda intimidad. A pesar de lo joven que era, tenía su presencia una fuerza tal, que dejaba cohibidos a los demás.

-Este hombre seguramente ha llevado una vida infernal -alegaba Vera-, Nadie que no ha sufrido terriblemente tiene esa mirada. ..y no es más que un muchacho.

-Tiene un carácter endemoniado -dijo May Sethby. Este hombre no tiene corazón. Es despiadado como el acero, agudo y cortante como una espada.

Yo, francamente, no tengo miedo de Díaz ni de sus matones. Creérmelo. Pero tengo miedo de este muchacho. Es el aliento de la muerte.

Pero Vera fue el primero en persuadir a los demás para que tuvieran confianza en el muchacho y le encomendaran una delicadísima misión. Había que restablecer la línea de comunicación entre los Engels y la Baja California. Tres camaradas habían caído ya en la empresa. Los habían hecho cavar su tumba antes de fusilarlos.

Juan Alvarado, el comandante federal, era un verdadero monstruo. Frustraba todos los planes de los revolucionarios.

Felipe Rivera recibió las instrucciones y partió en dirección al sur. Cuando volvió semanas después, la línea de comunicación se encontraba ya restablecida y todo el mundo sabía Que Juan Alvarado había muerto.

Lo habían encontrado en su lecho con un puñal que le atravesaba el corazón.

Yo se lo advertí, el peor enemigo de Díaz es este muchacho. Si él lo conociera, lo temería más que a ningún otro revolucionario. Es un hombre implacable. Es la mano castigadora de Dios.

El carácter endemoniado a que aludía May Sethby, y que todos los demás presintieron, se había puesto ya en evidencia materialmente. Se aparecía allí con un labio cortado, con una contusión en la mejilla, con una oreja hinchada. Era seguro que participaba en broncas, por aquellos lugares donde iba a dormir, a comer, a ganar dinero, donde vivía de manera desconocida para sus correligionarios.

-¿Pero de dónde sacará dinero? -preguntaba Vera-.

Me acabo de enterar de que ayer pagó la deuda del papel de imprenta, unos ciento cuarenta dólares.

Las ausencias y el modo de ganarse la vida de Rivera eran realmente misteriosos.

En cierta ocasión, Arellano lo había encontrado componiendo un texto a altas horas de la noche, allí en la oficina de la junta, y había visto que los nudillos de sus dedos estaban recientemente lastimados y que su labio, partido en otro sitio, todavía sangraba.

Se aproximaba el momento culminante. El desencadenamiento de la revolución dependía de la junta. Pero ésta se encontraba más necesitada de dinero que nunca. Los patriotas habían entregado sus últimos centavos y las posibilidades por ese lado estaban completamente agotadas. Las cuadrillas de obreros -peones fugitivos de México- contribuían con la mitad de sus escasos jornales.

El éxito de la revolución estaba en juego. Hacía falta un heroico esfuerzo final para inclinar la balanza a favor de la revolución.

Los revolucionarios conocían su país. Una vez desencadenado el movimiento en México, éste sería incontenible. Toda la maquinaria opresiva de Díaz caería como un castillo de naipes. La frontera estaba lista para levantarse en armas.

Pero no había dinero para dar fusiles a las manos impacientes por utilizarlos. Se conocían algunos traficantes de armas que estaban dispuestos a venderlas y a entregarlas rápidamente. Pero los recursos de la junta ya se habían invertido en promover la revolución.

Rivera se encontraba de rodillas fregando el piso de la sala, con sus desnudos brazos empapados en agua jabonosa. Los dirigentes le oyeron decir de pronto en voz alta:

-¿Cinco mil dólares arreglarían el asunto?

Ellos no hicieron más que mirarse mutuamente asombrados. Vera se movía y resollaba. No podía hablar, pero al instante sintió una fe inmensa en la palabra del muchacho.

-Hagan el pedido de los fusiles -dijo Rivera. Y lanzó luego la más larga andanada de palabras que hasta entonces le habían escuchado-: Sé que el tiempo apremia...

Dentro de tres semanas les entregaré los cinco m il dólares. ¿Estamos de acuerdo? El tiempo será más cálido entonces y se podrá combatir mejor. Además, no lo puedo hacer en menos tiempo.

Vera quiso ir contra la fe que sentía. La cosa era realmente increíble.

-Usted está francamente loco...-dijo.

-He dicho que dentro de tres semanas -reafirmó Rivera- Hagan el pedido de los fusiles.

Se puso de pie, se arregló las mangas de la camisa y se puso la chaqueta.

-Hagan el pedido, les repito. Y ahora, hasta pronto camaradas.

Después de mucho apresuramiento y sofocación, después de muchas llamadas telefónicas y malas palabras, tenía lugar una reunión nocturna en la oficina de Kelly. Kelly se traía muchos, negocios entre manos, pero, en esta ocasión, no se sentía muy feliz. Había logrado traer desde Nueva York a Danny Ward para que se enfrentara en el ring con Billy Carthey. La pelea debía realizarse al cabo de tres semanas; pero, desde hacía dos días, Carther se encontraba mal herido en el lecho. El accidente se le había ocultado a los cronistas deportivos. Y no había nadie a quien pudiera reemplazar al púgil herido.

Kelly se había cansado de telefonear a algunas figuras notables del pugilismo para que se midieran con Danny Ward, pero todos le habían dicho que tenían contratos firmados más o menos para esa misma fecha.

Y en ese instante algo acababa de suceder que lo había esperanzado, aunque no mucho.

Kelly dialogaba con Rivera, y, examinándolo, le decía:

-¿Ha pensado bien en lo que viene a proponerme?

Un odio maligno se notaba en los ojos de Rivera; pero su rostro permanecía impasible.

-Le he dicho que puedo enfrentarme a Ward –fue toda su respuesta.

-¿Cómo está tan seguro? ¿Lo ha visto pelear? Rivera movió afirmativamente la cabeza.

-Ward puede vencerlo con una mana y con los ojos cerrados. Rivera se encogió de hombros.

-¿Qué me dices de eso? -le espetó el empresario de boxeo.

-Puedo vencerlo.

-¿Tú conoces a Roberts? Pues bien, debe llegar de un momento a otro. Lo mandé llamar hace rato. Siéntate y espera. Aunque francamente, por tu aspecto yo no veo posibilidad alguna de enfrentarte a Ward. Comprende que no vaya decepcionar al público presentándole una pelea deslucida. ..Esta vez, los asientos de primera fila valen quince dólares, como tú sabes.

Roberts llegó al fin; estaba ligeramente borracho. Era un individuo alto, delgado, de cuerpo flexible. Y su andar, lo mismo que sus palabras, era un deslizante suave y lánguido.

Kelly fue directamente al grano:

-Mira, Roberts, han estado anunciando a bombo y platillo que has descubierto a este joven mexicano. ..Ya sabes que Carthey anda con el brazo roto. Pues bien, este mestizo ha tenido la desfachatez de presentarse aquí y afirmar, nada menos, que puede remplazar a Carthey.

¿Qué dices tú de esto?

-Pues me parece muy bien, Kelly -respondió Roberts lentamente-. Este muchacho puede enfrentarse a él perfectamente.

Pero conozco a Rivera; es un muchacho de sangre fría. No hay quien le haga perder la calma. Además, pelea con las dos manos, y puede tirar golpes demoledores desde cualquier posición.

Este mexicano va a darle a Ward la ocasión de encontrarse con un talento originalísimo que dejará por lo menos, satisfecho al público.

-Está bien -dijo Kelly. Y agregó, volviéndose a su secretario-: Llama a Ward por teléfono. Le advertí que estuviera atento a mi llamada por si había algo de nuevo.

En ese momento Danny Ward llegó. Hizo una entrada triunfal. Venía hablando en voz alta acompañado de su manager y de su entrenador, traspiraba cordialidad, buen humor y dominio de sí mismo. Se intercambiaron saludos y algunas bromas; la entrada de Danny parecía provocar una alegría general. Era un buen actor y sabía lo útil que era para un hombre ambicioso el ser afable. Pero debajo de aquella apariencia risueña se agitaba un hombre fríamente calculador, un boxeador y un negociante despiadados. Todo lo demás era pura máscara. Aquellos que lo conocían o tenían relaciones de algún tipo con él, sabían que era duro como el hierro. Siempre estaba presente cuando se hablaba de negocios, y se decía que su manager no tenía otra función que la de servirle de vocero.

Rivera era el polo opuesto. Por sus venas corría sangre india y española; y allí se le veía sentado en un rincón, paseando su mirada de un rostro a otro y no perdiendo un detalle de lo que sucedía.

Cuando Danny oyó la proposición que le tenían reservada, evaluó con la mirada al antagonista que le proponían y dijo:

-íAsí que éste es el hombre! ¿y qué tal, compadre?

Los ojos de Rivera destilaban veneno, pero no dio señales de haber escuchado lo que acababa de decir Danny. No simpatizaba con ningún gringo; pero a este boxeador le tenía un odio tan intenso, que resultaba extraño aun tratándose de él.

-Por Dios! -protestó bromeando Danny ante el empresario -.Ustedes no querrán que yo pelee contra un sordomudo.

-Es un buen muchacho, creérmelo, Danny -dijo Roberts saliendo en su defensa-. Y te dará una buena pelea.

-Supongo que tendré que llevarlo suave. Es decir, si no se extralimita en el ring.

Qué le vamos a hacer...Acepto el papelito este sólo por el público...

Vamos a ver el contrato. ..Claro está que tendremos el sesenta y cinco por ciento del dinero de las entradas. Pero lo dividiremos diferente; pido para mi el ochenta por ciento. ..-y, dirigiéndose al manager, agregó-: ¿No le parece?

-Tú tendrás el veinte por ciento. ¿Comprendes?

-prosiguió Kelly, dirigiéndose a Rivera.

El mexicano movió negativamente la cabeza.

-¿Cuánto viene a ser el sesenta y cinco por ciento de las entradas? -preguntó Rivera.

-Oh, puede ser cinco mil, quizás llegue a unos ocho mil dólares -explicó Danny-. Tu parte será unos mil o mil seiscientos dólares. Linda tajadita para dejarse vapulear por un tipo de mi reputación. ¿Qué le parece?

Entonces Rivera dijo algo que les quitó el aliento: Se hizo un silencio de muerte.

-Hace ya tiempo que estoy en este juego y sé lo que hago. No aludo a los aquí presentes ni al árbitro. Pero muchas cosas pueden pasar. Cosas que pasan cuando hay apostadores y gangsters por medio.

¿Qué dice el mexicano?

Rivera dijo que no, moviendo la cabeza.

Danny explotó. Toda su cortesía se había esfumado.

-¿Qué se cree el indio ese? Me dan ganas de patearlo aquí mismo.

-El ganador se lleva todo -repitió con una calma inalterable.

-¿De verdad crees que puedes vencerme? –gritó Danny.

Rivera hizo un gesto afirmativo.

Ni en mil años podrías vencerme -le espetó Danny.

-Entonces, ¿por qué no acepta? -le ripostó Rivera-.

Si me puedes ganar tan fácilmente por Qué no se lleva todo el sesenta y cinco por ciento.

-¡ Lo haré! -gritó Danny con convicción-. Pero le advierto que voy a darle una paliza en el ring. Casi nadie se dio cuenta de que Rivera entraba al ring. Sólo se dejaron oír algunos escasos aplausos. El público no confiaba en él. Rivera era el desdichado cordero que iría a parar a las manos del gran carnicero Danny.

El muchacho mexicano se sentó en su esquina y se puso a esperar. Los minutos pasaban lentamente. Danny se estaba haciendo esperar. Esta era una vieja artimaña, pero siempre le daba buenos resultados al tratarse de púgiles novatos.

Resiste hasta el máximo de tus fuerzas. Estas son las instrucciones de Kelly.
Esto no era muy alentador. Pero Rivera le hizo caso omiso. El mexicano despreciaba realmente esta forma de lucha de los odiados gringos.

Lo cierto era que odiaba el boxeo. Solamente a partir del día en que empezó a trabajar para la junta, se dedicó a pelear por dinero; lo ganaba fácilmente así.

Pero el no analizaba estos hechos. Su pensamiento estaba exclusivamente dirigido a ganar la pelea. Tenía que ganarla, costara lo que costase.

Danny Ward peleaba por dinero, y por la buena vida que suele proporcionar el dinero.

Rivera veía las blancas paredes de las fábricas de Río Blanco. Veía a los 6 mil trabajadores hambreados y macilentos, junto con los niños de siete y ocho años que trabajaban horas interminables por diez centavos al día.

Diez minutos habían transcurrido ya y el muchacho continuaba en su rincón. Danny no daba señales de vida, evidentemente pensaba explotar al máximo su treta.

Pero en la memoria de Rivera se seguían sucediendo las ardientes visiones: la huelga, o mejor dicho, el paso patronal de Río Blanco, porque los trabajadores de este pueblo habían ayudado con recursos económicos a sus hermanos huelguistas de Puebla.

A sus oídos llegó un gran rumor, como el del mar, y vio entonces a Danny Ward a la cabeza de sus entrenadores y ayudantes, avanzando por el pasillo central. La concurrencia aplaudía frenéticamente al héroe destinado a triunfar. Todo el mundo lo aclamaba en voz alta. Todo estaba a su favor.

Aquellos que se encontraban lejos del cuadrilátero no podían suprimir su entusiasmo y, gritaban sin cesar: " i Danny! oye, Dannyl" Lo cierto es que la ovación, casi unánime, duró por lo menos cinco minutos.

Danny, inclinado hacia Rivera, le tomó las dos manos con las suyas y las estrechó con visible cordialidad, sin dejar de sonreír junto al rostro de su contrincante.

Los labios de Danny se movían como diciendo palabras cariñosas, y la concurrencia aplaudió de nuevo tal demostración de caballerosidad. Pero sólo Rivera escuchaba estas palabras susurradas:

-Oyeme, rata mexicana -dijo con odio mientras sus labios seguían sonriendo-. Te voy a aplastar como a una cucaracha. -¿Me entiendes?

Rivera permanecía inmóvil, sin levantarse de su asiento. Lo único que hacía era mirar a Danny Glacialmente con desprecio.

Cuando el favorito se quitó la bata, surgieron por todas partes exclamaciones de admiración: "¿Oh! iAh!" Se trataba realmente de un cuerpo perfecto, flexible, sano y dinámico.

Una especie de lamento surgió del público cuando Spider Hagerty le quitó el suéter a Rivera por encima de su cabeza. El cuerpo del muchacho parecía más delgado debido a su piel morena. Tenía músculos poderosos, pero no eran tan visibles como los de su adversario.

Mantente tranquilo, Rivera. Danny no puede matarte, recuérdalo. Te atacará furiosamente al principio, pero no te dejes coaccionar. Cúbrete, pelea. a distancia, y no te olvides del clinch. No puede hacerte mucho daño. Hazte la idea de que se trata de una de aquellas peleas de entrenamiento. ¿Entendido?

Rivera no dio señal alguna de haber escuchado ni una sola palabra.

La campana dio la señal y empezó la lucha. El público bramaba de satisfacción. Nunca había visto un comienzo tan convincente. Los periódicos habían dicho la verdad. Se trataba de una rencilla personal. Danny recorrió las tres cuartas partes de la distancia que los separaba como un rayo para fulminar a su adversario. Y atacaba no con un golpe, ni dos, ni tres, ni una docena; parecía un remolino dando golpes, un torbellino de destrucción. Rivera no estaba visible; se encontraba abrumado, sepultado bajo la avalancha de puñetazos que le venían desde todos los ángulos, lanzados por un verdadero maestro del boxeo.

Aquello no parecía una lucha, sino un asesinato. Cualquier público, salvo el que asiste a los encuentros boxísticos, habría agotado toda la gama de emociones en aquel primer minuto.

Luego cuando quedaron separados los púgiles, se pudo ver rápidamente que el labio superior del mexicano estaba cortado y que su nariz sangraba.

Luego sucedió algo desconcertante. El torbellino arrasador cesó súbitamente. Rivera estaba solo en medio del ring. y Danny, el terrible Danny, yacía de espaldas sobre la lona.
Cuando el árbitro contó cinco. Danny empezó a incorporarse; y cuando contó siete, se quedó apoyado sobre una de sus rodillas, listo para levantarse después que se contara nueve y antes que se dijese diez.
A los nueve segundos el árbitro le dio a Rivera un empujón. Aquello era una injusticia, pero le daba a Danny la posibilidad de levantarse, con la sonrisa otra vez en los labios.

Las reglas del juego establecían que el árbitro debía separar a los boxeadores en tal caso, pero éste no lo hizo, y Danny se quedó prendido de Rivera como una lapa, y segundo a segundo se fue recuperando. Si Danny lograba resistir hasta el final de ese minuto, entonces dispondría de otro minuto en su esquina.

-La pegada que tiene este indio es algo espantoso –le confió Danny al entrenador en su esquina, mientras los ayudantes lo atendían con la mayor solicitud.

El segundo y el tercer rounds resultaron tranquilos.

En el cuarto, ya se había recuperado. Su excelente condición física, le había permitido recobrar todo su vigor. Pero ya no empleaba sus tácticas de torbellino. El mexicano había demostrado que no hacían mella en él. Por eso empezó a echar mano de sus mejores técnicas pugilísticas.

Rivera desarrolló una desconcertante defensa con el directo de izquierda. Una y otra vez, ataque tras ataque, se retiraba lanzando su izquierda que empeoraba las heridas de Danny alrededor de la boca y en la nariz.

En un momento dado, se dedicó a pelear cuerpo a cuerpo y neutralizó la izquierda del mexicano. Maravilló al público peleando así, sobre todo cuando culminó el ataque lanzando desde adentro un formidable uppercut que levantó a su adversario por el aire y lo dejó tendido en la lona. Rivera apoyó el cuerpo sobre una rodilla, mientras el árbitro contaba apresuradamente los segundos.

Durante el séptimo round, Danny colocó de nuevo su diabólico uppercut. Pero esta vez solamente logró que Rivera se tambaleara. Sin embargo, aprovechó la oportunidad para darle otro golpe demoledor que lanzó a Rivera a través de las cuerdas. El cuerpo del muchacho fue a caer sobre las cabezas de los periodistas que se encontraban abajo; y éstos lo subieron a la plataforma del ring, que quedaba fuera de las cuerdas.

El público no hacía más que aplaudir y gritar:

-iMátalo. Danny, mátalo!

Pero Rivera aguantaba, y el aturdimiento se le fue pasando. El muchacho pudo recuperarse. Aquéllos eran los odiados gringos y todos eran injustos. Y, en medio de su desvanecimiento, las visiones habían seguido bullendo en su cerebro.

Allí estaban ante su vista los fusiles. Cada rostro odioso de aquéllos era un fusil. Y él luchaba por obtener fusiles; él era los fusiles: él era la revolución; luchaba por toda su patria, por su México.

El público empezó a encolerizarse. ¿Por qué razón no se dejaba dar la paliza que estaba destinado a recibir?

Pero Rivera se negaba a ser vencido. En el noveno, el público volvió a recibir otra sorpresa. En medio de un clinch, Rivera se zafó del abrazo con un movimiento ágil, y en el estrecho espacio que quedaba entre los cuerpos, su derecha se levantó poderosamente desde su cintura. Danny cayó otra vez al suelo y tuvo que acogerse al conteo para recuperarse. El público estaba anonadado.

Rivera no hizo ni siquiera la tentativa de atacarlo cuando se levantó al noveno segundo, pues veía que el árbitro bloqueaba al caído, haciendo todo lo contrario de lo que había hecho cuando él se encontraba en la misma situación.
Dos veces, en el décimo round, Rivera logró lanzar su uppercut de derecha, desde la cintura hasta la mandíbula de su adversario. Danny estaba desesperado.

Los ayudantes de Rivera apenas lo atendían durante los intervalos. Sus toallas se agitaban, pero no era muy abundante el aire que impulsaban hacia los pulmones del boxeador.

En el décimo cuarto round, logró tirar al suelo a Danny, y él se quedó de pie con los brazos en los costados, mientras el árbitro contaba. En la esquina opuesta, Rivera había estado escuchando algunos rumores sospechosos. y así pudo escuchar que Michael decía a Roberts más o menos lo siguiente:

-Tiene que hacerlo, Danny tiene que ganar. Si no, creo que voy a perder hasta la camisa. He apostado una enorme suma de dinero y la perderé si el mexicano resiste hasta el decimoquinto.

Y a partir de ese instante. Rivera no tuvo más visiones. Los gringos estaban tratando de engañarlo. Una vez más tiró a Danny contra el suelo y permaneció de pié con los brazos caídos.

-Basta ya, condenado. Tienes que dejarte vencer, Rivera. Haz lo que te digo y tienes garantizado tu porvenir.

-Perderás de todas maneras -añadió Spider Hagerty-.

El árbitro arreglará las cosas. Hazle caso a Kelly y déjate ganar.

Rivera no dio ninguna respuesta.

-Al sonar la campana, Rivera sintió que había algo extraño a su alrededor. El público no lo advirtió. Danny mostraba de nuevo la seguridad que tenía al principio del combate. La confianza con que avanzaba, asustó a Rivera.

El otro quería entrar en un clinch. Seguramente esto era necesario para consumar la treta. y en la siguiente acometida hizo como si aceptara el clinch, pero en el segundo justo en que iban a juntarse, Rivera se lanzó velozmente hacia atrás. Desde la esquina de Danny surgió entonces un grito de "iFoul!" Rivera los había engañado.

Danny maldijo abiertamente a Rivera y quiso obligarlo a entablar combate, pero éste lo esquivó.
-¿Por qué no peleas? -preguntaban muchos, rabiosamente, dirigiéndose a Rivera- cobarde! cobarde!

iMátalo, Danny! iMátalo!

Al fin, en el decimoséptimo round, Danny obtuvo buenos resultados con su táctica. Rivera se tambaleó al recibir un duro golpe.

Entonces fue cuando Rivera, que no había hecho más que fingir, lo cogió desprevenido y le metió un derechazo en la boca. Danny cayó pesadamente al suelo. Cuando se levantó, su adversario volvió a tirarlo de espaldas con otro derechazo entre cuello y mandíbula. Tres veces repitió esta maniobra. Ningún árbitro podía intervenir para descalificar a un boxeador por estos golpes limpios.

Danny, aunque maltrecho, volvía heroicamente a pelear. Kelly y otras gentes que estaban cerca del ring, empezaron a reclamar la intervención de la policía para detener aquello, a pesar de que los hombres de Danny se negaban a tirar la toalla.

había tantas maneras de hacer trampas en este deporte de los gringos! Danny, de pie, apenas se sostenía y avanzaba con vacilación. El capitán y el árbitro se acercaban hacia Rivera, cuando éste lanzó su último puñetazo. Y ya no hubo necesidad de intervención policíaca, porque Danny no se levantó más de la lona.

-¿Quién ha ganado ahora? -preguntó el mexicano.

El árbitro tomó la mano enguantada del vencedor y la levantó de mala gana.

No hubo felicitaciones para Rivera. Este se dirigió a su esquina. Sus rodillas temblaban bajo el peso de su cuerpo y sollozaba de agotamiento. Ante sus ojos, los rostros se nublaban por el maréo y la náusea que sentía. Luego recordó que aquellos rostros representaban para él fusiles. AIIí estaban los fusiles realmente. La revolución podía seguir adelante.


CUADERNOS YA EDITADOS
1. "Muero como viví ¿Cómo decirles Adiós?" Seis Cartas de Vanzetti.
2. "Historia del Primero de Mayo". (Primera Edición).
3. "Carlos Marx. 1883-1983". Recopilación.
4. Alberto Pulido A. "Bertolt Brecht: Intelectual Comprometido".
5. "Agresiones Armadas Yanquis contra México". Cronología.
6. Luis González Obregón. "Las Calles de México".
7. Alberto Pulido A. "El Asalto a San Bruno".
8. J. Grigulevich. "Zapata y Villa en la Ciudad de México.
9. "El Rock y su Contenido Social".
10. "Un día Dos de Octubre de 1968". Antología.
11. Raúl Macín. "Rubén Jaramillo. Un Profeta Olvidado".
12. "De Indios y Vaqueros".
13. "Sandino y Nicaragua".
14. Luis Brito García "Rajatabla".
15. Historia del Primero de Mayo. (Segunda Edición).
16. Francisco Martínez de la Vega. "Manuel Buendía:
un hombre, una huella, un ejemplo".
17. Marco A. Sagastume. "Cuantos para niños sobre De-
rechos Humanos. (Antología).
18. "RENATOgramas de LEDUC". Recopilación.
19. Alberto Pulido A. "La línea dura en el Rock".
20. Jack London. "El Mexicano".